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Una  regla  periodística dice que el informador   nunca debe  ser  la  noticia, pero en esta ocasión me vais a permitir que lo sea. Hace pocos días celebré mi sexagésimo cumpleaños. No hace mucho esto habría significado la aproximación al final de la vida, pero hoy es bastante probable que las personas de mi edad tengamos todavía cerca de un tercio de nuestra vida por delante, especialmente en España donde su población, estadísticamente, tiene una expectativa de vida que es de las más longevas del planeta. Por supuesto, no podemos negar que hay países donde llegar a los sesenta es sobrepasar con creces la expectativa de vida de la mayoría.

Pero por mucho que nos diga la publicidad en sentido contrario, no podemos negar que cuando pasas de los sesenta años no puedes pretender que eres joven todavía. Y si no que se lo digan a los cientos de miles de parados de larga duración que, teniendo incluso menos de cincuenta años, les cierran las puertas del empleo diciéndoles que son mayores. Lo que es una injusticia, además de una pesada carga social para nuestra nación, y una sangría ingente de experiencia, de madurez y de bien hacer que se está desperdiciando por causa de no se sabe que infame acuerdo no escrito de las sociedades que llamamos avanzadas, pero que están llenas de profundas y dañinas contradicciones.

Un buen porcentaje de los lectores de Verdad y Vida estáis también vi- viendo en vuestra septuagésima década. No nos sentimos “mayores” en nuestras mentes, e incluso puede que nos sintamos un poco molestos si alguien nos cataloga así. Aunque  esto puede ser bueno en algún sentido, no lo es que las personas teman envejecer y hagan todos los esfuerzos posibles, e imposibles, por aparentar que son más jóvenes de lo que son en realidad.

Nuestra cultura postmoderna ha despojado del valor que hasta no hace mucho tenían, y aún siguen teniendo en otras culturas, la sabiduría y la experiencia que solo  pueden proporcionar los años. Es posible que tengamos más prosperidad económica, pero más miseria espiritual y en todo lo que tiene que ver con los valores.

Dios le dio honor a las canas emblanquecidas con el paso de los años, que hacen que las personas crezcan en sabiduría y experiencia para entregar, como don preciado, a las generaciones siguientes: “Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano, y de tu Dios tendrás temor. Yo el Señor” (Levítico 19:32).

Pero hoy desgraciadamente no es así. A los ancianos se les ignora, se les arrincona como a muebles viejos en un desván, sino es para venderles sueños imposibles de recuperar la  juventud. ¿Por qué este despropósito de la sociedad actual de dar la espalda e infravalorar a las personas en el último tercio de su vida? ¿No muestra la ausencia de sentido en la vida? Quizás el temor al más allá después de la muerte. O posiblemente el vacío de no estar dejando a la siguiente generación la huella en la práctica de la fe que se supone nos corresponde dejar.

La encuesta que realizó el CIS (Centro de Investigaciones Sociológicas) del 1 al 9 de Julio último incluía solo dos preguntas de índole religiosa, pero que arrojan bastante luz sobre la posición de la población española con respecto a las creencias y la práctica de las mismas.

A la pregunta: “¿Cómo se define usted en materia religiosa: católico/a, creyente de otra religión, no creyente o ateo/a?”. Las respuestas fueron las siguientes: Católico/a 70,7%; creyente de otra religión 2,3%; no creyente 15,1%; ateo/a 9,7; no contesta 2,3%. Hace me- nos de diez años el mismo CIS señalaba que más del 86% de los españoles se consideraban creyentes. Hoy la suma de los no creyentes y los declarados abiertamente ateos representa un 24,8 ¡Un cuarto de la población española! ¿Qué responsabilidad tenemos los creyentes?

Pero eso no es todo. Las cifras de la segunda pregunta muestran lo inconsecuentes que somos los españoles con respecto a nuestra práctica de la fe que decimos profesar. A la pregunta: “¿Con qué frecuencia asiste usted a misa u otros oficios religiosos, sin contar las ocasiones relacionadas con ceremonias de tipo social, por ejemplo, bodas, comuniones o funerales? Según la encuesta del CIS, las respuestas fueron las siguientes: Casi nunca 60,2%; varias veces al año 15,0%; alguna vez al mes 8,2%; casi todos los domingos y festivos 13,9%; varias veces a la semana 2,0%; no contesta 9,7%. Es decir, que solo un 15,9%, del 73% que se declararon creyentes, están siendo consecuentes en cuanto a asistencia a los servicios religiosos. ¿Qué respuestas obtendríamos si les preguntásemos sobre otros aspectos de su fe, como si están dando testimonio de su creencia a otros, o si están sosteniendo económicamente a su iglesia o ministerio de una forma consistente?

La fe si no se vive está muerta, y se convierte solo en un ejercicio intelectual individual que no deja impronta alguna en los demás. Es de vital importancia que los creyentes, mayoritariamente los que tenemos más de sesenta años, empecemos a ser consecuentes y honestos con nuestra fe si queremos, como debemos, mostrar a la siguiente generación lo vital que es tener una relación viva personal con Cristo. Verdad y Vida está humildemente tratando de ser consecuente. ¿Nos ayudarás para que podamos seguir viviendo y compartiendo el mensaje de Cristo cada vez con más personas?


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