La «prueba de amor» durante el noviazgo

Consejos para Jóvenes

LA-PRUEBA-DE-AMOR

Una muchacha cristiana preguntaba acerca del trato que debía mantener con su novio. Ella lo amaba, pero él no estaba conforme con la clase de amor que ella le profesaba. Él quería algo más. Por eso insistía en que ella le diera la «máxima prueba de amor».

Pero lo que parecía tan aceptable -por lo menos a la vista de muchos-, a la referida muchacha la perturbaba y le estaba produciendo un conflicto de conciencia. No quería renunciar a su pureza, pero tampoco deseaba apartarse de su novio, a quien amaba. Finalmente, la señorita tomó una decisión heroica, de la cual no se arrepintió.

Este caso pinta la realidad de muchas otras parejas de novios que, malentendiendo la naturaleza del verdadero amor, se han iniciado en experiencias prematrimoniales. ¿Con qué resultado? Cuando vemos con cuánta frecuencia tienen que producirse matrimonios apresurados; o cuando sabemos de mujeres frígidas por causa del trauma provocado por un mal noviazgo; o almas cargadas de un fuerte sentimiento de culpa; o matrimonios jóvenes agobiados por la rutina y el aburrimiento, entonces decimos cuánto mejor es asegurar la felicidad conyugal, no cayendo en apresuramientos o apasionamientos de orden moral.

Zulema estaba de novia con Alberto. El le rogó y hasta le exigió la consabida «prueba de amor». Ella no supo decir que no. En realidad, pensó que sería una sola vez, pero no fue así. Esa primera ocasión fue seguida de muchas otras, hasta que la propia Zulema llegó a sentirse más amante que novia de Alberto. Y finalmente confesó: «Ya no soy libre, sigo con él porque no sé qué hacer. Tengo miedo. No soy feliz. Ya no puedo ser la futura esposa de Alberto, porque no soy la mujer con la cual él soñó. Continuamente me espanta la idea de quedar embarazada. En mi casa cada cosa que veo, cada mirada de mis padres es una reprensión por mi conducta libertina que ellos desconocen. Cuando estoy sola lloro y me siento morir».

La confesión sincera de Zulema, ¿no señala acaso el drama íntimo de muchas otras muchachas que se han iniciado en las relaciones prematrimoniales? Podrá aducirse que cuando existe el amor verdadero y responsable, o que cuando están a punto de casarse y saben lo que quieren, los novios pueden practicar las relaciones íntimas sin peligro ni traumas de ninguna clase. Pero quien así se exprese, ¿sabe realmente lo que dice?

Es verdad que hoy vivimos en la hora de la «autenticidad» y de la «revolución sexual». Pero estas expresiones no pueden revestir de lícito lo que declaradamente atenta contra el carácter sagrado del noviazgo, el matrimonio y la familia. Puede ser que tú estés de novio o novia, o que esperas estarlo en un momento futuro. Permíteme decirte entonces que la mejor prueba de tu amor no estará dada por la máxima entrega de tu cuerpo, sino por la entrega pura y leal de tu corazón al ser con quien esperas unir tu vida. El Creador ha dispuesto que sólo los esposos -y no los novios- sean «una sola carne» (Efe. 5:31).

Los mejores goces de la vida se logran cuando permanecemos leales al esquema de conducta que Dios nos ha trazado en las páginas de la Biblia. Las delicias de un corazón puro superan infinitamente al fugaz placer de la gratificación carnal.

El argumento es que así podrán conocerse mejor y asegurar una mayor armonía matrimonial desde un mismo comienzo. De ser cierto este argumento, esta práctica tendría que producir matrimonios más estables, porque los contrayentes se «conocieron» previamente.

Pero, ¿qué dicen las frías estadísticas acerca de los matrimonios que antes del casamiento tuvieron relaciones sexuales? Que tales matrimonios son los más inestables, con mayor índice de desavenencias y de separación. Eso sin contar que tal práctica da lugar a frecuentes casamientos de apuro, amargadas madres solteras, abortos traumatizantes, hijos abandonados o, en el caso de la mujer, la penosa sensación de haber sido usada como un objeto sexual, mayormente para la gratificación genital del varón.

Señorita, si necesitas tener alguna razón para rechazar la propuesta de la «prueba de amor», aquí te sugerimos cuatro. Podrías decirle a tu novio:

1. ¿Te gustaría que el novio de tu hermana le pidiera a ella esto mismo?

2. Con todo lo que nos conocemos y queremos, ¿te parece que necesitas esto para demostrarte que te quiero?

3. Si quieres que yo sea la madre de tus hijos, ¿cómo me propones una cosa así? ¿Qué dirías si el día de mañana el novio de nuestra hija le pidiera esto a ella?

4. Tú me pides una «prueba» de mi amor. Pues yo te pido una «prueba» de respeto hacia mí. ¿Tú quieres usarme o amarme?

5. Dios ha guardado a las relaciones sexuales para el matrimonio, y yo quiero obedecerle.

Pero si el caso fuese inverso, y fuera tu novia la que te provoca sexualmente, ¿qué harías tú? ¿Demostrarle que eres hombre y aceptar la provocación de ella? ¿O justamente por ser hombre decirle que lo que tú quieres es una mujer para novia y esposa, y no una liviana que podría serte infiel en cualquier momento?

El Apóstol Pablo declara: «Bienaventurado el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba» (Romanos 14:22). ¡Cuán fácilmente un joven puede arruinar su vida por causa de lo que apruebe al actuar de manera irreflexiva! Que tú puedas aprobar y practicar en tu comportamiento lo que sea noble y constructivo. ¡entonces serás bienaventurado!, es decir, tendrás dicha y bienestar.


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