enferma photoPor Keith Hartrick

Soy miembro del consejo de administración de una revista Cristiana Británica. No somos una agencia de orientación, pero a menudo las personas nos escriben para pedirnos ayuda. No estamos preparados para contestar a todas y cada una de las cartas que recibimos, pero hay algunas de las que no podemos ignorar. Recientemente nuestro editor me mandó precisamente una de esas cartas, y me pidió que orase acerca de su contenido.

Permítanme citar algunos extractos de la misma.

“¿Serían tan amables de orar por mí y por mi familia? La semana pasada me comunicaron que nuevamente volvía a padecer de cáncer, la segunda vez en 20 años…. El año pasado me comunicaron que era diabética. Estoy asustada. No puedo orar, ya que no sé cómo hacerlo…. Muchos pensamientos negativos me vienen constantemente a la mente…. Mi marido está muy preocupado.”

“No tengo amigos en quienes puedo confiar…ellos en el pasado me fallaron. Uno incluso me maldijo…. Ahora pienso que todas estas cosas malas me han sucedido por su maldición. Desde que mi madre murió ha sido una desgracia tras otra. Creo que Dios me odia. No le puedo culpar – Yo también me odio.”

La verdad es que esta carta me afectó profundamente. La leí con lágrimas en mis ojos, sintiendo la tristeza de esta persona y el pesar en cada una de sus líneas. Está claro que esta mujer estaba totalmente abatida, desanimada y sufriendo de depresión. No estoy capacitado para ofrecer ayuda en esas áreas, aunque comprendía lo suficiente como para sugerir que ella debería buscar ayuda profesional.

La línea más perturbadora de su carta, la que más resaltaba, la que me gritaba con tono agudo, era esta: “Creo que Dios me odia. No le puedo culpar –Yo también me odio.”

Pues bien, como ministro, y como Cristiano que también ha sufrido sus numerosos altibajos, sí estoy capacitado para ofrecerla algunos consejos acerca de esto. No hay nadie – nadie- a quién Dios odie.

¿Pero cuántos de nosotros nos sentimos así a menudo, verdad? Quizás no lleguemos al punto de desesperación que esta lectora había alcanzado. Pero sí nos sentimos indignos del amor y protección de Dios, llevándonos incluso a sentir miedo de acudir a Él en oración precisamente por esa indignación que nos inunda.

Desafortunadamente, muchas personas pueden ver la declaración de esta mujer como una falta de fe y preguntarse cómo puede una persona que se considera “cristiana” pensar que Dios la odia. Seguramente le dirían: “No digas tonterías”. Necesitas recuperar la compostura. Deberías avergonzarte por pronunciar semejantes palabras acerca de Dios.” Incluso harán referencia a distintas escrituras esperanzadoras para mostrar que no hay motivo alguno para que un cristiano llegue a deprimirse tanto.

Pues, están equivocados.

Sin necesidad de críticas

Y aun suponiendo que estuvieran en lo cierto, esto no es precisamente lo que esta señora necesita escuchar en estos momentos. No necesita de crítica ni de corrección. Necesita de alguien que la escuche y con quién pueda compartir sus problemas sin prejuicios ni soluciones instantáneas. Nuestra sociedad puede llegar a machacar tanto a las personas hasta hacerlas sentirse emocionalmente agotadas. Si a esto le añades la presión de convivir con una enfermedad que constantemente amenaza tu vida y la comparativamente reciente pérdida de una madre entonces es fácil entender por qué pueden llegar a sentir que Dios les ha maldecido. Le puede suceder aún al siervo más grande de Dios – como Elías.

Poca gente había trabajando tan duro, o arriesgado tanto en el servicio de Dios como lo hizo Elías. Pero, sucedió inmediatamente tras uno de sus triunfos más importantes (pueden leer la historia en libro del Antiguo Testamento 1ª Reyes, capítulo 18) que le encontramos exhausto, asustado, deprimido y preparado para poner fin a todo.

La Biblia nos narra cómo salió corriendo hacia el desierto, se sentó bajo un árbol y le dijo a Dios, “Señor, ya no puedo más. Toma mi vida; no soy más que mis antepasados.” 1º Reyes 19: 4-5. Entonces se tumbó debajo del árbol y se durmió.

Seguramente que eso fue lo mejor que pudo haber hecho. Es muy difícil ver las cosas con claridad cuando estás agotado. Así que Dios le dejó descansar un rato. Y acto seguido, en vez de criticarle por su falta de fe, Dios comenzó a centrarle nueva y cuidadosamente sobre la obra a la que había sido llamado.

Dios comprende

Dios no deshecha a las personas cuando éstas se derrumban. Su amor por nosotros no depende de cuánto le amamos a Él. Los Salmos nos recuerdan:

“Porque como la altura de los cielos sobre la tierra, engrandeció su misericordia sobre los que le temen. Cuanto está lejos el oriente del occidente, hizo alejar de nosotros nuestras rebeliones. Como el padre se compadece de los hijos, se compadece JEHOVÁ de los que le temen. Porque él conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.” Salmos 103: 11-14.

El amor de Dios por nosotros no depende del estado de nuestra mente o la observación de unas determinadas normas y reglas. Tampoco depende de si estamos saludables y en buena forma o en dificultades o enfermos, ni de si somos gordos o delgados, altos o bajos, jóvenes o menos jóvenes, ni del color de nuestra piel, nuestro trabajo, posición financiera o nuestra familia.

Dios nos ama tanto que en Juan 3:16 se nos dice que él nos dio a su único Hijo por nosotros.

El apóstol Pablo recordó a los Cristianos de Roma, “Porque Cristo, cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos. Ciertamente, apenas morirá alguno por un justo; con todo, pudiera ser que alguno osara morir por el bueno. Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros.” Romanos 5:6-8

No estás solo

Sé que esto es difícil de entender. Somos tentados a pensar, “Si, bien, eso puede ser cierto para muchas personas, pero no para mí.” Y me identifico con ello porque yo también he pasado por altibajos en mi vida. Mis padres se divorciaron cuando yo tenía 8 años. Y la verdad es que entre mi familia con dos hermanos y una hermana, y la familia de mi esposa con una hermana – incluyendo nuestros padres – ha habido un total de 12 divorcios.

Mi hermana murió a la edad de 29 años, dejando atrás a dos niños pequeños. Uno de mis hermanos murió en un accidente de coche hace 12 años. Mi padre y uno de mis hermanos eran alcohólicos, muriendo mi padre a los 58 años como resultas del alcohol. Ambos pasaron largas temporadas en la cárcel. Mi propio negocio quebró y me llevó diez años para saldar todas mis deudas. Y como consecuencia de los cambios doctrinales en nuestra iglesia perdí a muchos buenos amigos.

Así que puedo entender con bastante claridad cómo se sentía esta señora durante ese periodo turbulento de su vida. A través de todo ello he llegado a saber que Dios me ama y le puedo asegurar a ella con total confianza que Dios también la ama. Al igual que te ama a ti.

No hay respuestas inmediatas ni fáciles en los momentos de sufrimiento y dificultad. A veces tenemos que perdurar a través del dolor. Solamente en retrospectiva podemos tener una perspectiva más ecuánime y sosegada de nuestras aflicciones, e incluso entonces nos preguntamos, “¿Por qué a mí?

No tengas miedo de pedir ayuda

No siempre tenemos las respuestas. En verdad, raramente las tenemos. A veces la vida es muy injusta y, al igual que Elías tuvo que aprender, caminar con Dios no significa que vayamos a vivir en una burbuja hermética que nos garantiza estar libre de sufrimientos, problemas u horribles depresiones. Así que no tengan miedo en solicitar ayuda profesional cuando lo necesite. Y tampoco tengan miedo en pedir oraciones y apoyo.

Antes de que termine, quiero recordarles una última cosa que Pablo escribió.

“¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?”

“¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.”

“¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada?” Romanos 8:31 – 35, El Mensaje Bíblico


Keith Hartrick es miembro de la revista La Pura Verdad, edición Reino Unido. Vive en Bradford, Inglaterra. Traducido por Antonio Rodríguez

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