Por John Halford

Hace alrededor de quince años conocí a un viejo soldado. Un soldado muy anciano. Frank Sumpter tenía más de cien años cuando lo conocí. Era uno de los pocos veteranos que habían luchado en las trincheras de la Primera Guerra Mundial, que duró de 1914 a 1918. Frank está muerto ahora, como todos aquellos que lucharon con él y contra él. El último veterano conocido de la Primera Guerra Mundial murió en Australia en mayo del año 2012.

Deseaba conocer a Frank porque era una de las pocas personas que tenían recuerdos personales de un suceso destacado que aconteció en la Navidad del primer año de aquella guerra devastadora hace cerca de un siglo. El cuerpo del viejo soldado estaba frágil pero su mente estaba todavía alerta y centrada. Me contó una historia fascinante.

El escenario del conflicto

El horrendo conflicto que la historia recuerda como la Gran Guerra se había estado alimentando en Europa durante años. En la última parte del siglo XIX Alemania se había convertido en una nación unida formidable, y se sentía amenazada por sus vecinos. El resto de Europa, en cambio, estaba alarmada por el creciente poder de Alemania.

Gran Bretaña había sido el súper poder indesafiable de entonces, pero Alemania se estaba convirtiendo en un serio rival. El líder alemán, el Káiser Wilhelm II, era nieto de la Reina Victoria de Inglaterra, y las dos naciones no eran enemigos naturales. Pero a medida que las tensiones políticas y económicas crecían en el continente, se reunían las nubes de la tormenta.

Para agosto de 1914 Europa estaba lista para la Guerra y el atentado mortal contra el Archiduque de Austria, perpetrado por un loco, fue el catalizador. Alemania invadió Bélgica, y Gran Bretaña y Francia habían prometido acudir en defensa de la pequeña nación. Cientos de miles de jóvenes británicos, alemanes y franceses salieron alegres a luchar por el Rey, el Káiser o por la patria. Ambos bandos esperaban una victoria rápida. “En casa para Navidad” era el lema patriótico.

Pero no iba a ser así. Un crudo invierno se asentó sobre el campo de batalla, y ninguno de los bandos pudo lograr una victoria rápida. Para diciembre de 1914, los dos grandes ejércitos estaban inmovilizados y atrapados en una línea de trincheras que iba desde las costas de Bélgica a los Alpes. Las bajas de ambos lados eran horribles mientras luchaban para ganar o volver a conquistar unos pocos metros de tierra.

Pronto se hizo obvio que esta guerra sería diferente de todo lo que el mundo había visto antes. No se decidiría por dos o tres batallas decisivas. Los soldados en el frente vivían durante semanas, o meses, hundidos en el fango hasta sus rodillas y literalmente al alcance de sus rifles los unos de los otros. Una vez habían compartido el mismo entusiasmo juvenil, la misma creencia de que estaban luchando por una causa que valía la pena. Pero a medida que el invierno tomaba posición, los amigos y los enemigos se fueron dando cuenta que, lejos de estar en casa para Navidad, estaban atrapados en las grises trincheras, siendo carne de cañón de la primera guerra industrializada moderna.

Luego en la noche anterior a la Navidad de 1914 empezó a suceder una cosa sorprendente. Frank Sumpter recordaba: “Los alemanes empezaron. Las trincheras estaban a poco más de 70 metros de distancia, con rollos de alambrada con púas separándonos. Al caer la noche de Navidad las tropas alemanas voceaban: “Feliz Navidad, Tommy”. Nosotros devolvíamos el saludo: “Feliz Navidad, Feliz Noel”. Luego los alemanes nos invitaron a salir y empezamos a movernos.

“Los oficiales se enfadaron en gran manera y nos ordenaron: ‘¡Vuelvan a las trincheras!’. Pero nosotros los ignoramos. No teníamos sentimientos de animosidad hacia los individuos en el otro lado. Éramos soldados, y los soldados no se odian los unos a los otros. Alargamos las manos a través de los rollos de alambrada y nos dimos un apretón de manos con las tropas alemanas.

“Un hombre me preguntó de dónde era yo, y se lo dije. Luego él me dijo: ‘¿Conoces el bar Jolly Farmer?’, y yo le contesté que sí. Entonces añadió: “¡Yo era el barbero de la barbería que había al lado!’. En lo que dependía de nosotros no había odio entre nosotros”[1].

Intercambios similares empezaron a darse a lo largo de la línea de fuego. Los soldados alemanes adornaron sus líneas con velas y con algo parecido a árboles de Navidad. En la noche de Navidad y en el Día del Nacimiento, los hombres que solo unas horas antes habían estado tratando de matarse los unos a los otros cantaban villancicos y canciones a lo largo de las trincheras. Los soldados dejaron sus enfangadas trincheras y se saludaron los unos a los otros en la tierra de nadie. Compartían bebidas, comida y cigarrillos. Algunos incluso jugaron al fútbol.

Los soldados de ambos lados escribieron a casa contando este evento extraordinario. Un soldado alemán escribió: “¿Es posible? ¿Van a dejarnos los franceses en paz la noche de Navidad? Luego escuché una canción festiva que venía del otro lado. Un francés cantando un villancico con una voz maravillosa de tenor. Todos estábamos en silencio, escuchando en la quietud de la noche.

¿Es nuestra imaginación, o puede que sea para llevarnos a un falso sentido de seguridad? ¿O es en realidad la victoria del amor de Dios sobre el conflicto humano?”.

Y de una carta escrita por el sargento A. Lovell del tercer regimiento de infantería:

“Subiendo al parapeto vi algo que recordaré hasta el día de mi muerte. A lo largo de toda la línea colgaban hojas de periódicos, linternas e iluminaciones de toda clase… Mientras miraba asombrado una canción empezó a sonar… Nuestros muchachos contestaron con vivas. Después un grupo de nuestros hombres salió de las trincheras e invitaron a los alemanes a encontrarse con ellos a mitad del camino para hablar. Y allí, entre luces, estaban, ingleses y alemanes bromeando y fumando juntos en la tierra de nadie. Salió un alegre viva de amigos y enemigos por igual”.

Los soldados dejaron sus enfangadas trincheras y se saludaron los unos a los otros en la tierra de nadie. Compartían bebidas, comida y cigarrillos.

El diario del teniente Geoffrey Heinekey, del Segundo Regimiento de la Royal West Surrey narraba un acontecimiento sorprendente mientras amanecía el día de Navidad en el frente: “La siguiente mañana sucedió la cosa más extraordinaria y más curiosa en la guerra. Algunos alemanes salieron, levantaron sus manos y empezaron a llevarse algunos de sus heridos, y nosotros salimos y empezamos a traer a los nuestros también. Los alemanes luego nos llamaron y muchos fuimos y les hablamos, y nos ayudaron a enterrar a nuestros muertos. Esto duró toda la mañana, yo hablé con algunos y debo decir que parecían hombres extraordinarios. Era irónico, allí, la noche antes, habíamos tenido una batalla terrorífica, y la siguiente mañana estábamos fumando juntos”.

Nadie dio órdenes de confraternizar así. Sucedió espontáneamente a lo largo de todo el frente. Era solo que Tommy, Fritz y Jacques habían tenido suficiente, y por “un breve momento brillante”[2] prevaleció la cordura sobre la locura. A los generales no les gustó. Se daban cuenta de que si lo soldados se hacían amigos, debilitaría su determinación para continuar la lucha. En algunos lugares el armisticio no oficial continuó hasta el Año Nuevo, o incluso después. Pero la lucha empezó de nuevo. Duró cerca de cuatro años más, hasta el minuto décimo primero, de la hora décimo primera, del mes décimo primero de 1918. Tan terrible había sido la carnicería que los políticos dijeron que había sido la guerra para acabar todas las guerras. Pero no lo fue. Veintiún años después los hijos de aquellos que lucharon en aquellas trincheras estaban de nuevo en las de la Segunda Guerra Mundial. Nunca acaba.

Por supuesto, hay otro camino, uno que la humanidad desea tomar pero no puede. Ese camino, el del amor, el de la paz, es un camino por el que la humanidad es incapaz de caminar. Incluso cuando estamos cansados de luchar, de odiar y de matar; incluso cuando derramamos lágrimas de pena y de angustia por nuestros hijos e hijas que son enviados a la guerra para volver rotos y traumatizados, o en bolsas para cadáveres; incluso así, siempre lo hacemos de nuevo. En las palabras del musical, Shenandoah, basado en la Guerra Civil de los Estados Unidos: “Ellos siempre tienen una causa santa para enviarte a la guerra”.

Jesús cambió todo eso

La Navidad es nuestra forma de celebrar la Encarnación, el que el Hijo de Dios se “convirtiera en humano” por amor a la humanidad. Se convirtió en uno de nosotros. Tomó nuestra causa en su propio ser. Vivió nuestra vida por nosotros (Colosenses 3:4). Murió nuestra muerte por nosotros (2 Corintios 5:14). Él es nuestra justicia (1 Corintios 1:30). Atrajo a todos los seres humanos, incluso a ti y a mí, a él (Juan 12:32). Nos ha hecho uno con él, uno con los demás, y en él, uno con el Padre (Juan 14:20). En Jesucristo, en lo que la Biblia llama “el día de su aparición”, llegará al fin el día en que “No levantará espada nación contra nación, y nunca más se adiestrarán para la guerra” (Isaías 2:4).

Hace noventa y ocho años, en Navidad, durante un momento brillante en medio de una horrible guerra, el espíritu y la esperanza de la paz transformó los corazones de los soldados en el frente. Viene el día cuando tal momento durará para siempre. †

[1] Louis Orgeldinger, Historia de Württembergische Regimiento de Infantería de Reserva Nº 246, Stuttgart, 1931.

[2] Lerner and Lowe, Camelot.


John HalfordJohn Halford falleció el 21 de octubre de 2014 después de una batalla contra el cáncer. Su impacto en nuestra denominación fue enorme ya que trabajó en muchas capacidades diferentes hasta su fallecimiento. Para aquellos que lo conocieron, su recuerdo perdurará en su vida y su ejemplo vivirá aún más.


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Este artículo fue publicado en la Revista Odisea Cristiana No. 50.

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