Martha Liliana Achury

La misión que tenemos las mujeres en este mundo, es forjar y educar al hombre. Tomando como significado la palabra “hombre”, no al género masculino, sino al hombre como género humano.

Creada fue la mujer por Dios; tomada y formada de la costilla de Adán; tan cerca de su corazón, que es por el hombre la más amada; representada en su madre, abuela, esposa o hija. Por haber sido formada del hombre, la mujer y el hombre estamos hechos para ser unidad, para complementarnos con sabiduría.

Si logramos conocernos a nosotras mismas, a encontrar en nuestro interior esas bellas cualidades, o dones con los que nos “equipó” Dios, y a la vez podemos estudiarlas y desarrollarlas para beneficio de todos, alcanzaremos un gran objetivo, como lo es el educar a nuestro hermano, esposo, padre o hijo.

Como base de esta educación debemos tener en cuenta que no somos iguales al hombre, tenemos diferencias. Debemos apoyarlo, sin pretender superarlo o menospreciarlo, educarlo sin reprimirlo, amarlo sin que se sienta atado y permitir que nos proteja sin subestimarnos.

Hoy en día la mujer se desenvuelve en campos en los que anteriormente estaba limitada su participación. Por lo tanto debe desarrollarse ampliamente y ser muy versátil, para cubrir las expectativas familiares y sociales que le depara día a día.

El sector laboral cuenta con un porcentaje de mujeres trabajadoras, que en muchos de los casos supera en número al de los hombres. La demanda de mano de obra femenina crece debido a su gran calidad y a la responsabilidad y profesionalismo con que las mujeres desempeñan su trabajo. Así que debemos aprovechar sabiamente el protagonismo con el que contamos, como pilares de la familia y la sociedad. Somos ejemplo y enseñanza para nuestros hijos, apoyo en todos los sentidos para nuestro esposo, miembro esencial de nuestra iglesia y elemento primordial como capital humano.

Las manifestaciones de cariño, propios de la mujer, son una herramienta ideal en la formación de los lazos afectivos con cada uno de los miembros de la familia. Así logramos en un ambiente armonioso el positivo desarrollo físico, mental, sentimental, afectivo y espiritual de nuestra familia; enfocándonos en la principal necesidad de cada individuo. Es conveniente en este punto investigar el lenguaje de amor que se debe utilizar con cada persona.

Los hombres construyen el mundo, organizan sociedades y establecen reglas; pero son las mujeres las que hacen a los hombres. Si el hombre es inteligencia y mente creadora, la mujer es intuición e inspiración; si el hombre es fuerza, la mujer es amor; la fuerza domina, el alma engrandece. En nuestras manos está encauzar esta fuerza, moldeándola con ternura, guiándola con amor para conseguir que desemboque en un hermoso fin, cual es la formación de valores y la realización del hombre y por consiguiente de nuestra casa, iglesia, comunidad y país.

Martha Liliana Achury, asiste con su esposo, un bebé y tres niñas a la IDU en Bogotá

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