Un día José quien es un agricultor, salió a su parcela para ver qué necesitaba la siembra; pero al llegar al límite de su propiedad, se dio cuenta de que más allá de su lindero, había un campo que le pareció maravilloso. Como no había nadie que le diera permiso de pasar, pensó que podía hacerlo sin que el dueño se diera cuenta; así que se internó en un terreno lleno de hermosos árboles de diferentes especies, había un riachuelo por demás agradable a los ojos y fresco al paladar, también pudo ver animales silvestres que paseaban libremente.

De pronto, escondido entre las raíces de un árbol frondoso, vio algo que le llamó la atención; sobresalía un poco un trozo de madera que le pareció no tan común, así que se acercó y comenzó a cavar con las manos hasta que se dio cuenta de que era un cofre; con su azadón fue descubriendo la tierra hasta que pudo sacarlo; al abrirlo se quedó maravillado, el cofre estaba lleno de joyas de diferentes formas: ágatas, rubíes, esmeraldas, perlas… Fue tanta su emoción que volvió a esconder el cofre en la tierra, cuidando de que nadie pudiera descubrirlo como él lo hizo. Al terminar, regresó a su casa y platicó acerca del hallazgo con su esposa e hicieron un plan: localizar al dueño del terreno y proponerle la compra del mismo; de esa manera, se adjudicaría el terreno y ¡el cofre lleno de joyas!

¿Qué le pareció esta anécdota?

Si usted fuera José, ¿haría lo mismo?

¿Escondería nuevamente el hallazgo para poder comprar todo el terreno?

¿O se lo llevaría a su casa, menospreciando la belleza del campo donde lo encontró?

Bueno, existe una historia semejante que nuestro Padre celestial nos ha contado; una historia que ha trascendido el tiempo, el espacio y la materia. Una historia de dimensiones cósmicas.

Veamos de qué se trata: »El reino del cielo es como un tesoro escondido que un hombre descubrió en un campo. En medio de su entusiasmo, lo escondió nuevamente y vendió todas sus posesiones a fin de juntar el dinero suficiente para comprar el campo”. (Mateo 13:44)

A diferencia de la primera historia, ésta sí es verdadera. Veamos los detalles:

  1. El reino del cielo es la vida misma del Dios Trino, a la cual nos ha llevado Él mismo en Cristo.
  2. El tesoro es la humanidad creada, engendrada y adoptada por el Padre en Cristo.
  3. El tesoro fue perdido en algún lugar del tiempo y el espacio.
  4. El tesoro fue descubierto porque estaba escondido entre la inmundicia del pecado y la muerte.
  5. El hombre es nuestro Padre celestial.
  6. Vender todas sus propiedades es dejar su divinidad, humillarse y descender como un siervo en la humanidad de Jesús. (Filipenses 2:5-)
  7. El dinero de la compra es la misma vida de Jesús hombre, pagado en la cruz del Calvario.
  8. Desde el fondo de la inmundicia, Dios nos ha comprado por precio (la sangre de Jesús) para su gloria.
  9. La sangre derramada de Jesús es suficiente para comprar (adoptar para la familia) a toda la humanidad, ¡Junto con la misma creación!

Dios nos habla en lenguaje humano para que podamos entenderlo mejor: Él nos dice que encontró un tesoro; en realidad, Dios sabía dónde estaba escondido su tesoro más valioso, pero se adjudicó la prerrogativa de ignorar la circunstancia para regocijarse en el mismo acto del hallazgo. Desde la oscuridad de la inmundicia del pecado, emerge un pequeño vislumbre de la santidad de Dios porque nos hizo a su imagen y semejanza y el pecado, por ninguna circunstancia, puede mantenerla oculta para siempre.

Pero quizá el acto más sublime y trascendente es que dejó el valioso tesoro escondido por un poco de tiempo para traerlo a casa junto con el campo; o sea, con toda la creación: “Los cielos y la tierra”, para poder redimirnos junto con nuestro entorno; por eso nos dice que la intención fue comprar todo el campo porque en ese campo (planetas, galaxias, nebulosas, estrellas, la tierra, los animales, nuestro entorno físico) estábamos escondidos nosotros, los humanos, que tenemos por siempre su imagen y semejanza.

[pullquote]La parábola nos muestra el gran amor de Papá por sus Hijos Amados y por nuestra casa, porque a esta casa (redimida, santificada y transformada) quiere venir a vivir para compartir por siempre su vida junto a sus joyas más valiosas: sus Hijos Amados en quienes se complace.[/pullquote]

En el contexto de ese amor entendemos el propósito por el cual vino a la inmundicia de un establo, a vivir como extranjero, despreciado y rechazado socialmente, permitiendo le pusieran precio a su cabeza, a ser vituperado y exhibido en un espectáculo público, reservado a los peores delincuentes; porque aquí, en este mundo, estaba escondido su tesoro.

Nos compró con el precio de la sangre de su inocente Hijo Amado para tener toda la autoridad de acabar con los efectos del pecado y de la muerte.

Como su Hijo Amado no puede morir, nos resucitó junto con Él y nos llenó de autoridad, nos hizo herederos de su excelsa gloria.

Ahora se regocija junto a toda la creación porque ha llevado a cabo su contrato de compraventa; ahora Él es el dueño de un campo trasformado y redimido; ahora ese campo ya no “gime con dolores de parto esperando la manifestación gloriosa de los Hijos de Dios” (Romanos 8:19-21); y en ese campo cada uno de nosotros, los que hemos creído y creerán después en Jesús, disfrutamos por siempre de la relación de amor de Padre, Hijo y Espíritu Santo. Ahora, en Jesús, gozamos del amor en una dinámica de sinergia espiritual que trasciende la materia, el tiempo y el espacio.

Así como el Padre escondió nuevamente el tesoro encontrado, nos ha vuelto a esconder en este campo que todavía acusa los efectos del pecado y de la muerte, para completar la redención total de la humanidad que todavía vive y vivirá en esta tierra, en esta galaxia, esperando el momento supremo de comenzar una nueva vida en unos cielos nuevos y una tierra nueva con Padre, Hijo y Espíritu Santo, en santa comunión por siempre. Amén.

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Revista Odisea Cristiana – Agosto 2015

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