por Rubén Ramirez Monteclaro

En esta época de descubrimientos científicos y escepticismo religioso en las altas esferas académicas, pero también de avivamiento del fervor religioso entre las demás personas, cabe hacerse esta pregunta: ¿Por qué y para qué ser un cristiano? ¿Qué no se puede ser musulmán, budista o de otra denominación ideológico religiosa? ¿Qué valores mueven tu vida? ¿Qué esperas de esta vida y más allá?

La respuesta a estas preguntas puede marcar el rumbo de tu vida. Para comenzar debemos ir a la fuente del conocimiento verdadero; pero, ¿Cuál es el conocimiento verdadero? He aquí un gran dilema, sin embargo no es tan intrincado si sabemos llegar a dicha fuente.

Habrá que ver qué nos ofrece por ejemplo, el budismo: la iluminación, personal y única; pero ¿Para beneficio de quién? ¿Sólo de la persona que lo logra, o para todos sin distinción?

Aunque el islam tiene en común con el judaísmo las Sagradas Escrituras, cuando menos el Antiguo Testamento, nos presenta a Mahoma como El Gran Profeta, cuyas enseñanzas no son “malas”, sin embargo se ha hecho mal uso de ellas.

Sólo por citar a dos corrientes religiosas de este mundo; pero ¿Qué del cristianismo? ¿Cómo consideras a Jesucristo? ¿Cómo un gran profeta como a Mahoma? ¿Por qué ha tenido y sigue teniendo tantos seguidores hoy y a través de la historia?

Veamos lo que dice la Biblia: Las Sagradas Escrituras dicen llana y sencillamente que Jesucristo ES el Hijo de Dios (Mateo 3:17; 17:5) (Marcos 1:11; 9:7) (Lucas 3:22) (2 Pedro 1:17)

Jesucristo dice también ser el Hijo del Hombre, lo que nos hace concluir que Él tiene dos naturalezas: la divina y la humana; pero ¿Por qué? El Dios creador de todo lo que existe –Padre, Hijo y Espíritu Santo– dispuso en su voluntad crear hijos suyos, siendo Él Espíritu, a partir de seres humanos, y para eso, el Hijo encarnó en un ser humano para iniciar la creación de una humanidad diferente, ya no hecha nada más a imagen y semejanza de Dios, sino en Dios mismo. El Hijo, al encarnar en el hombre Jesús, convierte a una humanidad mortal, finita y corrupta, en una humanidad eterna, infinita, en comunión perfecta y eterna con el Padre y el Espíritu Santo.

Dios es un Dios de relaciones eternas y perfectas, lo demuestra en la forma en que se relacionan el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, haciéndose uno solo. Así quiere que nosotros nos relacionemos los unos con los otros, en una unidad perfecta, fundada en su propia naturaleza: el amor.

Así lo estableció cuando creó el matrimonio (Génesis 2:24) (Mateo 19:5) (Efesios 5:31), para darnos una probadita de la relación pericorética que tienen el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; de la misma manera quiere también que tengamos esa misma relación entre todos los seres humanos.

Así lo estableció cuando fundó Su Iglesia, al darle naturaleza corporal (1 Corintios 12:12; 27); cada miembro de la Iglesia es una parte del cuerpo de Cristo, y si Cristo es UNO con el Padre y con el Espíritu Santo, entonces nosotros gozamos y vivimos una relación de intimidad, entrega y descubrimiento con Dios mismo, quien nos comparte su misma naturaleza (2 Pedro 1:4).

Cristo, cuando vivió en la carne, permitió que el Padre viviera en su cuerpo y que Él – Cristo– dependiera totalmente del Padre.

Por tanto, Jesucristo nos deja ejemplo para que también nosotros vivamos nuestra carne dependiendo totalmente de Él, hasta poder decir como el apóstol Pablo: Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.” (Gálatas 2:20 RV60)

Por tanto, en el presente, para Dios nuestra naturaleza humana mortal, finita y corrupta está muerta, crucificada en el cuerpo mortal de Jesús, pero viva por la misma vida del Cristo resucitado y glorificado.

Ahora podemos vivir y gozar de la misma relación eterna que viven el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo porque Cristo y nosotros somos uno, nos tiene en sí mismo, formamos parte de su cuerpo glorificado (Colosenses 2:12).

¿Quién en el mundo nos ofrece vivir por siempre en una relación de intimidad con el Dios creador y omnipotente? ¿Quién nos acepta tal como somos, sin discriminación de ninguna índole? Nadie, sólo Dios, a través de la encarnación, vida, muerte, resurrección y glorificación de Cristo.

Por eso y por muchísimo más que la Biblia nos revela, yo no pregunto: ¿Por qué ser un cristiano? Yo digo: gracias Dios porque me permites ser un cristiano.

Y usted, ¿Se atreve a ser un cristiano? ¿Se atreve a entregar el control de su vida a Cristo? ¿Se atreve a dejar a Dios ser Dios y convertirse en un instrumento de su obra en la tierra? Espero en Dios que sí y bienvenido a la hermandad que es el mismo cuerpo de Cristo.

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