Reflexiones Trinitarias
Por Rubén Ramírez Monteclaro

ciudad

“Para que todos sean uno. Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado”. (Juan 17:21)

Aunque Dios dice, a través del libro de los Proverbios, que debemos obtener sabiduría, muchos seres humanos la han buscado en el mundo y se han llenado de ella. Digo en el mundo porque la sabiduría que Dios nos invita a buscar y a encontrar, no es la de este mundo, sino la de Dios. El ser humano busca la sabiduría por su propia cuenta y por sus propios medios; de la misma manera que Adán y Eva la buscaron por su propia voluntad, no la de su Creador.

Hoy en día acusamos los efectos de esta búsqueda porque la sabiduría del mundo trae como consecuencia: una condición enfermiza de poder, arrogancia, orgullo, necedad, egoísmo y anhelos de ser reconocidos como sabios para recibir el reconocimiento de los demás, la mirada y el aplauso, alimento vano que sólo llena instantáneamente el orgullo y la vanidad; y, tal como lo dijo nuestro Salvador, esa es su única recompensa.

Pero la sabiduría de Dios trae recompensa eterna: “Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo”. (Efesios 1:3) (NVI en todo el texto).

Cuando el Espíritu Santo me abrió el entendimiento y pude leer con otros ojos la Escritura de Juan 17, no hice más que asombrarme de la riqueza de la sabiduría de Dios y la verdad de mi existencia gestada en Jesucristo por mi amoroso Padre.

Ahora lo predico y declaro: ¡Cuánta verdad encierra las siguientes palabras: Y ésta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado”. (v. 3)!

Dios nos invita a conocerlo realmente, con un conocimiento tan profundo que implica la más sublime y excelsa intimidad. Tal vez por eso el apóstol Pablo nos dice que nuestra relación con el Dios Trino debe ser semejante a la relación que se establece entre cónyuges en el matrimonio. No es casual que Dios haya dicho acerca de la relación marital que “Ya no son dos sino uno”.

¿Qué tanto conoce usted a Jesucristo? ¿Qué tanto ha intimidado con Él?

¿Piensa usted como Dios? ¿Adivina los pensamientos de Jesús? ¿Sabe cuáles son sus planes eternos?

Porque todo ello conlleva el conocerlo, lo cual se traduce en su propia vida: “la vida eterna”.

Al llevar a término su obra, Jesucristo establece un diálogo con su Padre (quien también es nuestro), un diálogo en la más excelsa y sublime intimidad.

Jesús, tomando el lugar de la humanidad entera, le dice a Papá: 1«Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti, 2 ya que le has conferido autoridad sobre todo mortal para que él les conceda vida eterna a todos los que le has dado… 4 Yo te he glorificado en la tierra, y he llevado a cabo la obra que me encomendaste. 5 Y ahora, Padre, glorifícame en tu presencia con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera”. (Juan 17:1-5)

¡Cuánta confianza en esa divina intimidad para decirle a Papá que no se olvide que en ese momento ya no es nada más el Hijo Eterno del Padre, sino que ahora lleva consigo a toda la humanidad transformada, perdonada, redimida y perfecta, tal como Él es!

Jesús le recuerda a Papá que “nadie viene a mí si tú no lo traes” (Juan 6:37, 44); por eso le dice:  «A los que me diste del mundo les he revelado quién eres. Eran tuyos; tú me los diste y ellos han obedecido tu palabra. 7 Ahora saben que todo lo que me has dado viene de ti, 8 porque les he entregado las palabras que me diste, y ellos las aceptaron; saben con certeza que salí de ti, y han creído que tú me enviaste. 9 Ruego por ellos. No ruego por el mundo, sino por los que me has dado, porque son tuyos. 10 Todo lo que yo tengo es tuyo, y todo lo que tú tienes es mío; y por medio de ellos he sido glorificado. 11 Ya no voy a estar por más tiempo en el mundo, pero ellos están todavía en el mundo, y yo vuelvo a ti. »Padre santo, protégelos con el poder de tu nombre, el nombre que me diste, para que sean uno, lo mismo que nosotros”. (Juan 17:6-11)

Al llegar a estas alturas del diálogo divino, el Espíritu nos revela lo más sublime que oídos humanos hayas escuchado: Me dice que “Yo soy de Papá y he sido entregado a Jesús para que en su nueva humanidad participe activa y verdaderamente de esa relación de intimidad, de entrega y recepción, de descubrimiento y de dejarme descubrir, de amar y ser amado, de entregarme todo entero porque Él se ha entregado todo entero a mí en una danza de dinámica sinergia eterna”. Tal parece que esta es una escena de una novela de ciencia-ficción, de cuyo género soy aficionado, pero no es ficción, es la pura verdad porque es la Palabra de Dios.

Muchas han sido las veces que he escuchado la voz de Papá y de Jesús que me dicen: “… para que sean uno lo mismo que nosotros… para que yo esté en ellos y tú en mí” (vv. 11, 21, 22, 23, 26)

Y esta verdad tan sorprendente ha quedado registrada en la carta de amor de Papá a sus Hijos Amados con el divino propósito de: “para que el mundo crea que tú me has enviado” (v. 21)

En Hechos 16:31 el apóstol Pablo le dijo al carcelero de Filipos: “sólo cree en Jesús y serás salvo”, esto implica lo mismo que “para que el mundo crea que tú me has enviado”.

¿Cree usted en Jesús y toda su obra redentora y transformadora?

¿Cree usted en la Palabra de Dios?

¿Se da cuenta de que Jesús es su vida?

¿Conoce realmente a Jesús?

La respuesta a esta última pregunta es vital para su vida, porque si conoce verdaderamente a Jesús, entonces conoce usted su verdadera identidad.

Se da cuenta de que es un Hijo Amado del Padre y que como Hijo Amado usted vive en un abrazo eterno recostando la cabeza en su amoroso pecho, en una intimidad que trasciende el entendimiento y la eternidad.

Esta es la nueva humanidad, pero esta vida y este mundo alejado de Dios no nos permiten ver nuestro verdadero estado, así que Dios mismo, cuando ya nos conocemos, nos da la comisión de pregonar a la humanidad quién es en Jesús y, por tanto, quién es en Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nos pide vivir en unidad, en un solo cuerpo, que es la iglesia: el mismo cuerpo humano de Jesús (v.23): 23… Permite que alcancen la perfección en la unidad, y así el mundo reconozca que tú me enviaste y que los has amado a ellos tal como me has amado a mí”.

En Jesús, Papá nos ha constituido en herederos ni más ni menos que de su misma gloria.

Si en este momento no se siente santo, redimido, perdonado y transformado por nuestro hermano mayor, Jesús, no se preocupe, el Padre ya ha establecido nuestra vida; Jesús nos ha llevado al mismo seno de Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Sólo déjese amar por su Padre, quien es Padre de todos los seres humanos, por ello Jesús “no se avergüenza de llamarnos hermanos”.

¡Felicidades afortunado lector! Usted es y será por siempre un Hijo Amado de Papá.

Viva plenamente como lo que es y siempre será: el Hijo o la Hija amados del Padre.

Y todo esto es por obra y gracia de Jesús.

Nuevamente. ¡Felicidades!  ◊


Ruben-RamirezRubén Ramírez Monteclaro es profesor de Educación Primaria y Secundaria y Pastor Regional de Comunión de Gracia Internacional en Veracruz, México.


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