liberados
Por  Joseph Tkach
Los judíos celebran la Pascua como un recordatorio anual del tiempo en que Dios los rescató de la esclavitud en Egipto. Sin embargo los cristianos esperamos algo más. La Pascua del Nuevo Testamento no es un día ni tampoco un ritual, sino Jesús mismo.
Esperamos en Jesús porque él es el único medio a través del cual somos rescatados de la esclavitud del pecado.
«Si se mantienen fieles a mis enseñanzas«, dijo Jesús, «conocerán la verdad, y la verdad los hará libres» (Juan 8.32) Los líderes judíos quedaron perplejos con esa afirmación. «Nosotros somos descendientes de Abraham y nunca hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo puedes decir que seremos liberados?» (v. 33)
Cierto, los judíos eran descendientes de Abraham, pero eso no significaba que no necesitaran ser liberados. Jesús se los dijo, «Cualquiera que peca es esclavo del pecado» (v. 34) La gente está esclavizada por su propia tendencia hacia el pecado –esclavizados por sus propios deseos. Todos pecamos, y todos necesitamos ser liberados.
Liberados por Jesús
La verdad nos libertará, dijo Jesús, pero la verdad no es simplemente cuestión de decirle a la gente ciertas verdades. Podemos recitar verdades hasta el cansancio, pero si la gente no cree a la verdad, de nada le servirá. Y, ¿qué es la verdad? Jesús es la verdad, y el camino, y la vida (Juan 14.6).
Somos liberados al creer en Jesús, no por conocer ciertas verdades. Tenemos que creerle a él, no a nuestra particular interpretación de esas verdades. Somos falibles, pero podemos confiar en que Jesús puede darnos aquello que no somos dignos de merecer.
Notemos cómo Jesús, en lugar de darle más información a sus interlocutores, les plantea en cambio otra metáfora: «El esclavo no se queda para siempre en la familia, pero el hijo sí permanece para siempre en ella» (Juan 8.35)
No es lo que usted sepa, parece estar diciendo él, sino que ya usted es parte de la familia. La información no nos hace parte de la familia de Dios, pero Jesús sí.
Tenemos una correcta relación con Dios únicamente a través de Jesús, el hijo de Dios.
Así, pues, Jesús dice: «Así que si el hijo los libera, ustedes serán verdaderamente libres» (v. 36) Él nos libera del pecado al colocarnos en la familia de Dios.
Aún continuamos luchado contra el pecado (algunos pecan más que otros), pero estamos siendo rescatados de sus garras, y de sus consecuencias.
Parecería que Jesús se dirigiera únicamente a los maestros judíos, pero sus palabras aplican a cualquiera que se resista a su mensaje: «Ustedes quieren matarme, porque no aceptan mis palabras» (v. 37)
Ellos no querían escuchar lo que él les decía. En cambio, sí hacían caso a sus propias tradiciones religiosas, enfatizando el hecho de pertenecer al linaje de Abraham. «Ustedes hacen lo que escucharon acerca de su padre», les dijo Jesús (v. 38)
Jesús estaba desafiándolos, tal como lo había hecho en muchas de las discusiones de las que nos habla el evangelio de Juan. Él sabía cómo responderían ellos y se propuso usar las respuestas que le dieran como un trampolín para enseñarles aun más.
«Abraham es nuestro padre», respondieron ellos (v. 39) «No, no lo es» replicó Jesús. «Si fueran hijos de Abraham, entonces harían las cosas que él hizo»
«Ustedes quieren matarme«, dijo Jesús, «Abraham no haría tal cosa«. De modo que repitió la acusación: «Ustedes hacen las obras de su padre» (v. 41)
Así pues, pensaron los judíos, si Abraham no es una respuesta lo suficientemente buena, subiremos el nivel. «El único Padre que tenemos es Dios. No somos esclavos ni tampoco hijos ilegítimos«, dijeron –somos de hecho ciudadanos libres en la familia de Dios.
La respuesta de Jesús probablemente era más de lo que ellos podían aceptar: «Si Dios fuera su Padre, ustedes me amarían… Ustedes pertenecen a su padre, el diablo, y ustedes quieren cumplir los deseos de su padre» (vs. 42-44)
«Les digo la verdad«, dijo él,«pero no pueden escuchar lo que les digo«. Ellos oyeron las palabras pero no las creyeron. «La razón por la que ustedes no escuchan es porque no pertenecen a Dios» (v. 47) Para ser libres, necesitamos pertenecer a Dios –y podemos pertenecer a él únicamente si Jesús nos libera.
La consecuencia del pecado
Cuando pecamos, actuamos como hijos del diablo. Cuando hacemos sus obras, recibimos lo que merecemos: la muerte. Necesitamos ser liberados de esto también. Bien lo dijo Jesús: «El que guarda mi palabra, nunca verá muerte» (v. 51) Yo lo rescataré de la pena de muerte. Yo lo rescataré del poder del diablo.
¿Cómo logró esto Jesucristo? Lo hizo al morir en la cruz. Lo hizo al aceptar las consecuencias del pecado aunque nunca cometió pecado. Aceptó la injusticia, de modo que pudiera brindar gracia a todo su pueblo.
Él derrotó al diablo en su propio terreno, por así decirlo, despojando al diablo, quitándole su autoridad de sobre nosotros. Él no cedió nada ante el diablo, antes bien invalidó la autoridad de este gracias al justo precio que pagó por todos nosotros.
Jesús vino para destruir la obra del diablo, dice 1 Juan 3.8.
Jesús dijo que él vino a juzgar al mundo –a pronunciar el juicio sobre una sociedad que por el engaño de Satanás rechazó el amor de Dios.
Pero su juicio no solo fue sobre el mundo –sino que incluye a aquel que lo llevó a descarriarse: «Ahora es el tiempo para juzgar a este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera» (Juan 12.31)
¿Cómo echa afuera Jesús al diablo? «Cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo» (v.32) Como dice Juan en el versículo 33, Jesús se estaba refiriendo a su propia crucifixión. Por su muerte en la cruz, él nos liberó del maligno, y está invitando ahora a más personas a la libertad.
«El príncipe de este mundo no tiene poder sobre mí«, dijo Jesús (Juan 14.31) No me puede forzar a hacer su voluntad –no me puede forzar a pecar. Fue una batalla cósmica, una prueba de voluntad, y Jesús mostró que su voluntad era más grande que las tentaciones de Satanás.
Como humano, Jesús rechazó hacer las obras del diablo, y en su injusta muerte, demostró que Satanás no tiene el derecho de gobernar. Él hizo más que pagar el precio por nuestros pecados –él invalidó el derecho de Satanás para gobernar.
Se trata de un asunto de autoridad, y Dios se la ha dado a Jesús: «Le has dado al Hijo la autoridad sobre las naciones para que les dé vida eterna a todos aquellos que le has dado» (Juan 17.2).
Somos liberados de la autoridad del maligno, llevados al reino de Dios, a la familia de Dios, donde tenemos libertad eterna y vida eterna. Él nos rescató del pecado, de nosotros mismos, de Satanás, y de las consecuencias del pecado.
«Pues los hijos participan de la carne y de la sangre«, nos dice Hebreos 2.14-15. Jesús, «participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo, y hacer libres a aquellos que estuvieron en la esclavitud por el temor de la muerte«.
Y esa es la Verdad que nos hace libres.

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