Por Tina Dennis

El crecimiento es una experiencia dolorosa. Recuerdo cómo se reían de mí, cómo se burlaban y me excluían los demás. Esto parecería ser a lo que normalmente se enfrentan los niños, pero cuando uno se convierte en el hazme reír de todos, el ser ridiculizado se convierte en parte de la vida.

Algunos niños son crueles con aquellos que no son como ellos. Yo era diferente en muchas maneras. Era la de más alta estatura de mi clase, y tenía impedimentos físicos que no me permitían hacer todo lo que ellos hacían. Más tarde era aquella que era de esa iglesia rara. En mi pequeña mente yo razonaba que se me trataba de esa manera por ser una niña mala, y que todo era mi culpa.

Muchos han sido heridos durante su niñez, algunos por negligencia y otras formas de abuso, otros por no recibir el amor que con desesperación necesitan los niños. Podemos ser heridos no tan sólo en la niñez, sino también en nuestra vida diaria como adultos. Después de ser heridos, es natural sentir enojo, ira, tristeza y depresión.

Podemos reaccionar al daño sofocando el dolor o esperando simplemente que desaparezca. Pero las emociones que no son resueltas comúnmente sacan sus feas cabezas y furtivamente vuelven a surgir en nuestra vida diaria. Si no se maneja adecuadamente, el enojo puede tornarse en amargura, la cual nos puede destruir. Pero hay una manera de escapar.

Encontrando soluciones

Hace unos años tuve que volver a casa para asistir al funeral de mi hermano. Las emociones de los recuerdos de mi niñez se desbordaron a borbollones como de una cañería maestra rota. Tenía tanto enojo, sentimiento y dolor embotellado dentro de mí que si yo hubiera sido un cohete, me hubiera disparado hacia la luna.

Le pedí a Dios que me ayudara a encontrar las respuestas. Dios tiene muchos instrumentos que él usa para ayudar a cada uno de nosotros; uno de estos instrumentos son los consejeros profesionales. En muchos casos, un consejero es una persona segura con quien tratar las emociones negativas sin el temor de ser juzgado o de comprometer la reputación propia o la de otros.

El enojo, la ira, la tristeza y la depresión son emociones humanas. Dios las creó. La llave es manejarlas apropiadamente. El entender el concepto de la gracia, la misericordia y el amor de Dios fue como un ungüento en mis heridas.

Muchos tratan de ganar la salvación haciendo buenas obras y tratando de ser suficientemente buenos ante Dios. Mas Cristo murió por nosotros porque él sabía que no podríamos guardar la ley perfectamente o suficientemente bien, y su sacrificio nos salva a diario.

Cuando entendemos en nuestro corazón no tan sólo en nuestras cabezas que el amor de Dios es incondicional, y que él nos ama por lo que somos y por nuestra manera de ser, nos libera para amar y ser amados. Nuestra obediencia no tiene que proceder del temor o de otra razón que podamos tener, sino del amor y gratitud por todo lo que Dios ha hecho por nosotros.

La libertad del perdón

Esto conduce al perdón. Quizá hemos pedido muchas veces que Dios nos perdone como nosotros perdonamos a otros (Mateo 6:14-15). Pero el perdón y el amor provienen del corazón, no solamente del intelecto.

Puede ser difícil considerar con cuidado las experiencias traumáticas de nuestro pasado, y mucho más perdonar a aquellos que tuvieron parte en ello. Pero debido a que somos amados por Dios y él nos libera, ¿no querríamos hacer lo mismo con otros?

El amor no el juzgar y el perdón van de la mano. Perdonar es quitar cualquier culpa que hayamos puesto en quien sea o por lo que sea y desecharla. Perdonar no quiere decir que estamos de acuerdo con lo que se ha hecho o que lo condonamos, pero que ya no culpamos más a nadie.

Este proceso de expresar nuestras emociones y de aprender a amar y a perdonar toma tiempo. No es fácil perdonar, y en ocasiones es doloroso, pero es muy necesario.

«Así que aquel a quien ustedes perdonen algo», dijo Pablo a la iglesia primitiva en 2 Corintios 2:10, «también yo se lo perdono. Y se lo perdono, si es que había algo que perdonar, por consideración a ustedes y en presencia de Cristo» (Versión Popular).

Podemos perdonar a cualquiera que nos haya hecho daño.Todo daño es real, no importa quien sea el culpable. Ninguna persona u organización es perfecta o lo llegará a ser.

Este proceso es también acerca de aprender a ser responsables por nuestras vidas. Perdonar no depende en que las personas sean las primeras en decir que lo sienten. Eso sería bueno pero quizá nunca ocurra. No podemos cambiar el pasado, pero sí podemos cambiar cómo será el futuro, comenzando con el día de hoy.

El perdón nos da la libertad de ser más como Dios es, lo cual incluye tener amor incondicional. Continuaremos sintiendo las heridas y siendo heridos por otros porque somos humanos. Pero hay una manera de escapar. El peso de las emociones dolorosas puede ser aliviado, perdonando en verdad y siendo perdonados.

Tina Dennis es diaconisa en la congregación de Pasadena.

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