Por J. Michael Feazell

“No entiendo. ¿Por qué Dios permite que cosas tan horribles sucedan todos los días en el mundo, si puede impedirlas si lo quisiera? ¿Acaso a Dios no le importa?”

Si, a Dios le importa. Pero dudo que alguien pueda contestar esa pregunta de una manera enteramente satisfactoria. He aquí lo que sí sabemos: La mejor manera de entender a Dios y nuestro sufrimiento es mirando a Jesucristo. Vea usted, Jesucristo es Dios. Jesucristo es humano también. Dios se hizo humano, sin dejar de ser Dios, por nosotros. Eso es a lo que nos referimos cuando decimos que Cristo fue completamente Dios y completamente hombre.

Cuando decimos que Jesucristo es el Hijo de Dios, no queremos decir que es algo menor que Dios, u otro ser además de Dios. Queremos decir que Él es Dios, y como Dios, tomó la condición humana por nosotros.

“No veo qué tiene esto que ver con nuestro sufrimiento. Y no puedo ver cómo Jesús puede ser Dios y el Hijo de Dios a la misma vez. Y no entiendo todo esto de la Trinidad de todos modos. Pero parece que estás cambiando el tema. Quiero saber por qué Dios no pone fin al horrible sufrimiento si es todopoderoso y tan bueno”.

Está bien. Y es justamente por eso que tenemos que hablar acerca de Jesucristo. Porque al entender a Jesucristo entendemos por qué Dios permite el sufrimiento humano.

Jesucristo es Dios en la carne. Fíjate que dije es, no fue. Jesús fue, es, será, y siempre será Dios en la carne. Cuando el Hijo de Dios asumió humanidad, tomó la condición humana en sí mismo, o sea, en Dios. Y al hacer eso, purificó a la humanidad, la redimió, y le dio comunión eterna, o un compañerismo correcto, con Dios el Padre. Como humano, tomó todo el pecado humano y la corrupción en sí mismo, y por medio de su crucifixión y muerte, todo pecado humano y la corrupción encontraron su fin.

Pero la muerte no pudo retener al Hijo de Dios hecho carne. Él fue resucitado, no como un espíritu o como un Hijo de Dios descarnado, sino como el mismísimo hombre Jesucristo que murió por nosotros, aunque glorificado. Eso es a lo que nosotros los cristianos nos referimos cuando decimos que creemos en la “resurrección corporal”. Nos referimos a que el mismo Jesús fue resucitado, el mismo Jesucristo completamente humano y completamente Dios que fue crucificado por nosotros. Él fue resucitado con un cuerpo humano glorificado. Se nos dice que cuando seamos resucitados de los muertos, tendremos un cuerpo glorificado como el de Jesús; como el cuerpo que Jesús tiene todavía (Filipenses 3:21).

Cuando seamos resucitados, seremos completamente humanos, no completamente Dios y completamente humanos como Jesús. Pero en nuestra humanidad resucitada, seremos como el capitán de nuestra salvación, Jesucristo el crucificado y resucitado Hijo de Dios es en su humanidad. Él es completamente humano.

Cuando decimos “completamente humano”, no queremos decir lo opuesto a “en parte humano”. Decimos “completamente” en el sentido de “todo lo que la humanidad había sido destinada a ser”. Queremos decir incorrupto, intacto, sin mancha. Queremos decir, directamente sacado de la sala de muestras; perfecto, sin abolladuras, sin moho, sin manchas, sin rasgones, sin gasto de las llantas, brillante, puesto a punto, lubricado, lleno de combustible, lavado y listo para manejar, como nosotros deberíamos haber salido. Sin Cristo, el ser completamente humanos sería imposible para nosotros.

Sería imposible porque cada uno de nosotros comenzó en el depósito de chatarra. Éramos cacharros viejos, que desperdiciábamos combustible, agujereados como coladores, con llantas gastadas y no emparejadas, rayados, con la pintura descolorida y los asientos rotos, abollados, sucios, enmohecidos, montones petardeando estancados en segunda velocidad. Eso es debido a la maldad, una condición que compartimos con el padre Adán y la madre Eva a medida que traqueteamos contentamente juntos en el escape sofocante de la falta de confianza en Dios.

Cuando las personalidades van en contra de Dios, ya sean humanas o espirituales, el resultado es la maldad. La maldad se puede definir como cualquier cosa que no está en comunión con Dios, que se opone a Dios. Es esta maldad, esta insensata falta de confianza en Dios, esta usurpación por parte de la humanidad de la fiel y amorosa paternidad divina de Dios sobre nosotros, la que corrompe y trata de destruir todo lo que Dios originalmente hizo y que debía ser bueno.

Abuso de la libertad

¿Puede Dios impedir que sucedan cosas malas?

Sí, Él puede.

Entonces, ¿por qué no lo hace?

Considera esto: Acontecen cosas malas porque las personas tienen la libertad de hacer cosas malas.

A veces, las personas son descuidadas, desconsideradas o egoístas, lo que resulta en crear situaciones y circunstancias que pueden y casi siempre hacen daño a otros. A veces son perezosas, avaras o cobardes, y por esa razón, las personas son heridas. A veces, las personas hasta son odiosas, malvadas y crueles.

¿Qué sucedería si Dios detuviera todas las consecuencias de las decisiones y acciones humanas? Les quitaría el sentido. Si Dios siempre nos detuviera antes de que hiciéramos algo malo, entonces estaría quitándonos nuestra libertad para tomar nuestras propias decisiones. Si Dios nos quitara la libertad de pensar por nuestra propia cuenta y tomar nuestras propias decisiones, entonces no habría posibilidad para nosotros los humanos de tener una relación con Dios libremente elegida.

Dios le dio a los humanos libertad, verdadera libertad; una libertad apoyada por la propia libertad de Dios, pero no una libertad independiente de Dios (no existe tal cosa como libertad totalmente independiente de Dios). Pero en Adán, los humanos hemos abusado de esa libertad eligiendo en contra de Dios, lo que es elegir contra nosotros mismos, porque solo en Dios podemos los seres humanos ser lo que en realidad somos.

Esa rebelión ha hecho que la humanidad sea menos de lo que fue creada para ser. Está en total oscuridad en cuanto a quién es Dios y de su absoluta dependencia en Él. En medio de esta ceguera, los humanos ya no tienen la comunión con Dios de la cual en una ocasión disfrutaron Adán y Eva. En su lugar, lo mejor que pueden hacer es palpar a Dios en la oscuridad con la esperanza de que lo puedan encontrar (Hechos 17:27).

La redención

Así como la humanidad cayó dentro del pecado y la corrupción, no obstante, el Verbo de Dios, en quien fueron creadas todas las cosas (Colosenses 1:16) también ha hablado la nueva palabra de redención (v. 20), la nueva creación, la cual es la misericordiosa redención de todas las cosas (Efesios 1:9-10). Por la gracia de Dios, como son mantenidos por Dios en Cristo, los humanos pueden elegir confiar en su Señor. Por su propia cuenta, nunca podrían hacer eso.

Por un lado, su corrupción lo prevendría. Por otro, la criatura es incapaz de encontrar al Creador por su propia cuenta. Tal encuentro es posible solamente por el misericordioso don de Dios de sí mismo. En esta libertad otorgada por Dios, los humanos pueden confiar en Dios o no confiar en Dios. Pueden aceptar o rechazar su soberanía sobre ellos. Aun si rechazan a Dios, claro está, Dios no es menos Dios, y ellos no dependen menos de Él para su existencia, aunque ellos rehúsen creerlo.

Pero la vida es más que la mera existencia. Dios desea que sus hijos humanos sean lo que Él los creó para ser: completamente humanos, no las chatarras quebradas que el pecado ha hecho de ellos. Para hacer de los humanos lo que Él quería que fueran, Dios tomó a la humanidad quebrantada dentro de sí mismo y la arregló. Él se hizo carne, Dios en la carne, Dios encarnado. Él vino como uno de nosotros para reconciliar a la humanidad consigo mismo.

Pero no vayamos a pensar que esta reconciliación es un tipo de quimioterapia divina que Dios finalmente inyectó en un mundo incurablemente enfermo para salvar a unos que iban a vivir después de Jesús en tiempo cronológico. No, esta reconciliación es algo que el Hijo de Dios, quien es el eterno Verbo de Dios, por medio de quien fueron hechas todas las cosas (Juan 1:1-3), ha hecho, y ha estado haciendo desde la fundación del mundo (Apocalipsis 13:8).

En otras palabras, en algún sentido que no entendemos, Dios siempre ha (en todo sentido que podemos entender siempre) tenido algo de la humanidad en sí mismo: Dios nos reconcilió a sí mismo en Cristo antes de la fundación del mundo.

El Ser por medio del cual todas las cosas existen continuamente (Hebreos 1:3), quien como el Verbo divino continuamente pronuncia todas las cosas a la existencia, es también el mismísimo que continuamente reconcilia todas las cosas con el Padre. Su palabra de reconciliación para nosotros nos restaura al Padre tan seguramente como su palabra de creación nos da existencia en primer lugar. Él es tanto Creador como Reconciliador, y siempre lo ha sido. Él es el Cordero inmolado desde la fundación del mundo.

El representante perfecto

¿Cómo lo hizo Jesús exactamente? Él vino en lo que la Biblia llama “la plenitud del tiempo” (Gálatas 4:4; Efesios 1:10), o exactamente cuando el tiempo era apropiado. Para repetir: no pienses que la expiación de Jesús es buena solamente para los que vinieron después de Él en el tiempo. Eso sería olvidar quién en realidad es Él. Él vino en el tiempo apropiado para toda la humanidad, tanto antes como después de Él. Vino como un Dios sacrificado por nosotros, o sea, en Jesucristo, Dios se dio a sí mismo, el perfecto humano sin pecado, como ofrenda de su misma perfecta humanidad para Dios. Solo Jesucristo, Dios en la carne, pudo hacer ambas cosas.

¿Cómo pudo Jesús dar esta ofrenda de perfecta humanidad al Padre en una manera que reconcilia a toda la humanidad a Dios?

Lo hizo al tomar sobre sí mismo todos los pecados de la humanidad (Juan 1:29; 1 Juan 2:2), llegando a ser en sí mismo la humanidad pecadora alejada y enajenada de Dios (2 Corintios 5:21; Mateo 27:46), y sufriendo la muerte en nuestro lugar (Romanos 5:8).

Él pudo hacer eso porque, como Dios, Él es contra quien el pecado se ha cometido y el que ha sido rechazado y despreciado en nuestro pecado, y como uno de nosotros, Él es el representante perfecto de todos nosotros. Él, como Hijo del hombre, puede tomar nuestros pecados en sí mismo y aguantar lo más recio de nuestro conflicto con los poderes del mal. Como el Hijo de Dios, puede perdonar nuestros pecados y restaurar nuestra comunión quebrantada con Dios.

La muerte vencida

Espera un momento. Dijiste que Cristo murió por nosotros, en lugar nuestro. Pero en caso de que no lo hayas notado, nosotros todavía morimos de todos modos. ¿Cómo funciona eso?

Te estás adelantando en la historia, pero es muy buena pregunta para no contestarla ahora. Sí, todavía morimos. Pero debido a Jesús, la muerte es la mismísima cosa que se vence con la resurrección. Porque Jesús ha tomado la muerte en sí mismo y así la ha derrotado, cuando morimos, somos llevados a la muerte de Jesús.

Cuando Jesús murió, debido a quien Él es, la muerte misma no pudo contenerlo; la misma muerte fue devorada por la victoria.

Ya que el Hijo de Dios, el Señor de la Vida, tomó la muerte por nosotros, cada muerte humana es una participación en la muerte de Jesús (Juan 12:32). Y la entrada en la muerte de Jesús termina en nuestra resurrección dentro de la resurrección de Jesús. Tal como la muerte no puede contener a Cristo, así la muerte, debido a que Cristo murió por nosotros, no nos puede contener a nosotros tampoco, precisamente porque estamos, por la gracia de Dios, en Cristo.

¿Entonces todos son resucitados, aun Hitler y Stalin?

Sí, todo el que muera será resucitado (Apocalipsis 20:12). Ya que el Hijo de Dios se hizo humano por la humanidad, y murió y fue resucitado por la humanidad, todos los humanos mueren en la muerte de Cristo y son resucitados en su resurrección. No hay ninguna otra resurrección a la cual los humanos puedan ser resucitados sino la de Jesús. Si Jesús no hubiera muerto y resucitado por nosotros, ningún humano sería resucitado. Pero lo hizo, y lo hizo porque el santo y todopoderoso Dios trino está lleno de gracia y misericordia y libre de ser quien quiere ser con nosotros.

Dios con nosotros

Pero si Hitler y Stalin son resucitados, ¿cómo es eso justo?

Buena pregunta. La respuesta es que no es nada justo. Pero entonces tampoco es justo que tú y yo seamos resucitados. La Biblia nos dice que todos pecaron y no alcanzan la gloria de Dios (Romanos 3:23).

Nosotros solo merecemos la muerte. Sé lo que quieres decir. Quieres decir que algunas personas son mucho más malas que otras, y que es justo que a las personas les paguen con la misma moneda.

Diré una cosa más acerca de la resurrección. El hecho de que todos van a ser resucitados no significa que todos serán salvos. Aunque en Cristo todos son reconciliados con Dios, solo aquellos que confían en Cristo son salvos, y como ya hemos visto, para la mayoría, esa bendición no viene antes de la muerte.

No estoy seguro de que entiendo lo que estás diciendo. ¿Cómo puede alguien ser reconciliado, pero no salvo?

Para Dios hacerse humano es reconciliar a la humanidad con Dios. Dios es fiel a su humanidad en Cristo, y Él ha establecido nuestra humanidad en Cristo, a quien le es fiel.

Eso probablemente todavía es desconcertante. Déjame decirlo así: Dios –Padre, Hijo y Espíritu Santo– es un Dios, la Santa Trinidad, perfecta en unión y en perfecta comunión. El Padre desea eternamente que el Hijo sea humano para nuestro bien, y el Espíritu Santo lo hace de esa manera. Ya que Cristo es Dios en la carne, el humano perfecto para nuestro bien y en nuestro lugar, o sea, humanidad perfecta para la humanidad, y el Espíritu Santo nos une al Hijo en perfecta unidad, somos, debido a que somos humanos en Cristo solamente (no hay ninguna otra manera de ser humano porque Cristo es humano por nosotros), reconciliados con Dios en Cristo.

¿Me lo puedes aclarar más?

Tratemos así: Cristo reconcilió a todo el mundo con Dios al hacerse humano por nosotros. Él es uno con Dios, o sea que eso nos hace uno con Dios, y es cierto simplemente porque Dios dice que así es. ¿Es mejor así?

Ahora entiendo esa parte. Pero ¿cómo es entonces que algunos no son salvos?

Lo que impide que una persona reconciliada sea salva es la incredulidad. No confía en Dios. Es así de sencillo. El que no confíe en Dios no es salvo. Aunque Dios le dice “Sí” a cada persona mediante Cristo, si la persona le dice “No” al “Sí” de Dios, o sea, no confía en Él, entonces, no puede gozar del fruto del “Sí” de Dios para ella.

No es, ten en mente, que su “No” es más fuerte que el “Sí” de Dios, o que su “No” niega el “Sí” de Dios. El “Sí” de Dios todavía es “Sí” y siempre lo será. Pero ese “Sí” de Dios para la persona es rechazado en su “No”, lo que es realmente loco, pero no obstante tolerado por Dios porque su “Sí” incluye nuestra libertad para decir “No”.

Decirle “No” a Dios es decirle “No” al amor de Dios, a la gracia de Dios, a la misericordia de Dios, a la autoridad de Dios, a la sabiduría de Dios, al poder de Dios. Es como sentarse muriéndose de hambre y de enfermedad en la oscuridad solo, sin nada, pensando que uno es autosuficiente, y preferir ese estado al gozo y la libertad del banquete eterno de Dios. Decirle “No” a Dios es convertirse uno mismo en Dios (como una vela de cumpleaños creer que es el sol).

¿Así que hay esperanza para todos?

Ya que Cristo vive, sí hay esperanza para todos.

Pero ¿acaso ya no ha decidido Dios de antemano quién será salvo y quién no lo será?

Por un lado, sí, pero por el otro, no se cumple hasta que lo cumpla con nosotros en el tiempo y el espacio en Cristo.

Sí, porque Dios desea que todos sean salvos. La misma humanidad es elegida o escogida para la salvación en Cristo, el Elegido para la humanidad y en quien toda la humanidad es elegida.

Pero, no, porque Dios no solo tiene el propósito de la salvación humana en Cristo, Él también cumple su propósito en Cristo, y ese cumplimiento toma lugar concretamente en el espacio y tiempo de la historia, una historia que ha sido redimida en Cristo.

Toda la humanidad es escogida, o predestinada por Dios para ser elegida en Cristo, y Dios cumple su propósito en Cristo en toda la humanidad a lo largo de toda la historia.

O sea que en un sentido, Dios sabe, pero en otro sentido Dios está obrando en el tiempo y en el espacio con nosotros en Cristo su voluntad para la humanidad, y Él lo sabe porque lo está cumpliendo de acuerdo con su propósito, lo cual lo ordena en Cristo, quien es el Elegido para nosotros.

¿Es eso la predestinación?

Sí y no. Sí, en el sentido de que Dios predestina a toda la humanidad para la salvación, y elabora esa salvación con nosotros en Cristo libremente y concretamente en el tiempo y en el espacio. No, en el sentido de que Dios no ha predeterminado antes de todo el tiempo y creación quién va a ser condenado y quién será salvo. Más bien, Él activamente obra sus propósitos con nosotros en la creada libertad real de tiempo y espacio e historia.

Entonces ¿nuestras decisiones importan?

Sí, nuestras decisiones importan. Importan porque son decisiones tomadas en Cristo, en quien vivimos y nos movemos y somos. En otras palabras, nosotros importamos y nuestras decisiones y elecciones importan porque Dios, en su libertad no creada de ser quien es con nosotros, nos ha reconciliado misericordiosamente consigo mismo en Cristo, quien se hizo humano por nosotros.

Por la gracia de Dios, nuestras decisiones correctas son las decisiones de Cristo, y nuestras decisiones malas son redimidas en Cristo y hechas sus decisiones si nos rechazamos a nosotros mismos y confiamos en Él como nuestro Salvador, Señor y Dios; o sea, si nos arrepentimos y creemos el evangelio.

Además, nuestro arrepentimiento (volvernos a Dios como pecadores necesitados de misericordia) y nuestra fe (confianza en Dios de que es quien es y capaz de hacer lo que ha prometido para nuestra salvación) son originadas, impulsadas y cumplidas en Cristo por medio del Espíritu Santo de acuerdo con la voluntad del Padre para con nosotros.

Esto significa que aún podemos confiar en Cristo para 1) abogar nuestra causa miserable y 2) tener por nosotros la fe necesaria para ser salvos.

La esperanza cristiana

Ahora, pasamos por eso para poder llegar a esto: Nuestras decisiones corruptas producen resultados corruptos y, como resultado, la humanidad sufre. Pero Jesucristo, el Humano perfecto en quien Dios ha establecido nuestra humanidad, también sufrió con nosotros y por nosotros. Aunque nuestra vida en esta tierra sea mala a causa del pecado, es redimida en Cristo. Por lo tanto, la vida que esperamos se cumplirá cuando lo acompañemos en su resurrección. Eso es cierto para todos los humanos que sufren y han sufrido en todas partes a lo largo de toda la historia cuyas agonías y llantos atormentados se unen a los gemidos cósmicos de la creación entera (Romanos 8:18-25; Apocalipsis 21:3-4).

No sabemos por qué Dios permite que los bebés sufran. O por qué algunas personas tienen que soportar desventajas mentales y físicas.

O por qué muchos se mueren de hambre, sufren enfermedades horrorosas o aguantan dolor indecible en cualquiera de las maneras innumerables en que los humanos han sufrido y continúan sufriendo.

Pero sí sabemos esto: Dios mismo sufrió en Cristo por todo ser humano que sufre, y lo hizo para poner fin a todo el sufrimiento, y cuando todo el mundo se siente a comer en el banquete eterno del Cordero, los llantos de gozo que se levantarán eclipsarán para siempre los gemidos de miseria de donde surgieron.

Esta esperanza es por la cual somos cristianos. El sufrimiento humano, tan malo como es, no es en vano, pero recibe significado eterno en el sufrimiento de nuestro Creador que nos ama tanto a pesar de lo que somos que está dispuesto a sufrir con nosotros y por nosotros para que en Él toda lágrima pueda al fin ser enjugada.

El último capítulo de las historias trágicas de las masas de humanidad ha sido escrito precisamente en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, en cuyo gozo eterno toda la humanidad es atraída continuamente por el poder incesante de su amor (Jn. 12:32).


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el dios que sufre

Revista Odisea Cristiana – Junio 2015

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