Cuando se escucha hablar de vida eterna, inmediatamente nuestros procesos mentales nos llevan al concepto de Dios, porque todos sabemos que Dios es eterno. Quizá por nuestra naturaleza temporal no somos capaces de imaginarnos el vivir eternamente sin que nos vengan a nuestra mente las imágenes del ciclo de la vida (nacer-crecer-reproducirse-morir), vida física, temporal, finita.

Sin embargo, Dios nos comparte su naturaleza espiritual en un paquete que incluye la vida eterna, que tal vez para muchos no tenga sentido vivir para siempre soportando las malas influencias, los dolores y el deterioro de nuestro cuerpo. Tal vez esto también nos impida buscar a Dios, aún después de que Él nos ha llevado a su Hijo Jesucristo. Pero Dios nos ama de tal manera como Él sólo puede amar (eternamente) y nos ha llenado de eternidad; invitándonos a vivir una vida santa para que, cuando nuestro cuerpo se deteriore por completo, Él nos regale otro pero de naturaleza gloriosa, así como se lo dio a nuestro Señor Jesús.

Veámoslo desde el principio: nuestro origen no es físico, sino espiritual y eterno: Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo. Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad, para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado. (Efesios 1:3-5).

Ser santos y sin mancha delante de Él es para siempre, porque estar delante de Dios, verlo cara a cara (1 Juan 3:2-3; Apocalipsis 22:4), no es para un rato sino por la eternidad, ya que Él es eterno.

Y, ¿Cómo es que se nos ha dado la vida eterna?

Las Sagradas Escrituras dicen en Juan 6:40 y Juan 6:44 que hemos sido llevados por el Padre al Hijo, y el Hijo nos hace una promesa de seguridad y verdad al enunciar que seremos resucitados en el día final; para eso Jesús ya ha sido resucitado con un cuerpo glorioso; y tal como Él es, así seremos nosotros, sus hermanos. Al ser resucitados por el poder que resucitó a Jesús y que el apóstol Pablo anhela que conozcamos, la muerte ya no tiene poder sobre nosotros, porque será el último enemigo que caiga a los pies de Jesús.

El poder que tiene Jesús y la autoridad que le ha sido conferida hace posible que simples mortales, pero con orígenes eternos, puedan gozar de esa vida que comparten el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

El mismo Jesús, nuestro hermano, Salvador, Redentor, Señor y Dios nos quiere en Él, que seamos uno con Él, así como Él es uno con el Padre y el Espíritu (Juan 17:22-23)

Entonces, ¿Qué es la vida eterna?

En palabras de Jesús, la vida eterna es: “que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo a quien tú has enviado” (Juan 17:3)

Ahora veamos este nuevo cuestionamiento: ¿Cómo llegamos a conocer a Jesús?

Conocemos a una persona cuando pasamos mucho de nuestro tiempo con ella, de tal manera que llega el día en que sabemos lo que le agrada o disgusta, sabemos cómo reacciona ante las manifestaciones de la vida, adivinamos sus pensamientos y nos identificamos totalmente con ella.

Así como el Padre conoce al Hijo y al Espíritu; así como el Hijo conoce al Padre y al Espíritu; de tal manera quiere Jesús que lo conozcamos y nos conozcamos para poder gozar de la eternidad de Dios, traducida en regocijo y amor desbordante; que hace que las cosas del mundo nos parezcan insignificantes.

Dios nos ha abierto la mente y el corazón a sus verdades, así que no desechemos esta gracia tan enorme y eterna que se nos ha dado porque así ha sido su voluntad.

Aceptemos la invitación a conocer más a Dios pasando mucho tiempo con Él en soledad, en silencio, en oración, en estudio de su palabra, en ayuno; pero además, pasemos tiempo llevando su presencia ante quienes aún no lo conocen para que el gozo sea cumplido allá en cielo cuando los pecadores se arrepienten; así como haciendo el bien, tal como Jesús lo hizo cuando vivió su vida física. Regalemos de nuestra vida (tiempo), a quienes lo necesitan. Habrá que anunciar que fuimos destinados desde la eternidad para ser santos y sin mancha delante de Dios, por y para la eternidad.

En esta temporada cuando recordamos a los niños, a la madre y al padre, no nos olvidemos que pertenecemos también a una familia de dimensiones eternas la cual quiere que pasemos muchas horas en comunión familiar, llámese hogar, iglesia o comunidad.

Anhelemos pasar la vida eterna en una comunión dinámica y viva, que no tiene fin.

¿No le emociona esto? No desechemos la voz de Jesús que pide: “Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo” (Juan 17:24).

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