J. Michael Feazell

Marcos 1:40-45

Un hombre que tenía lepra se le acercó, y de rodillas le suplicó: –Si quieres, puedes limpiarme.

Movido a compasión, Jesús extendió la mano y tocó al hombre, diciéndole: –Sí quiero. ¡Queda limpio! Al instante se le quitó la lepra y quedó sano.

Jesús lo despidió en seguida con una fuerte advertencia: –Mira, no se lo digas a nadie; sólo ve, preséntate al sacerdote y lleva por tu purificación lo que ordenó Moisés, para que sirva de testimonio.

Pero él salió y comenzó a hablar sin reserva, divulgando lo sucedido. Como resultado, Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo abiertamente, sino que se quedaba afuera, en lugares solitarios. Aun así, gente de todas partes seguía acudiendo a él.

No vamos a hablar sobre la mendicidad pidiendo a Jesús de rodillas para que nos sane. Yo supongo que mucha gente ha tomado este pasaje como un ejemplo de qué hacer cuando deseamos ser sanados de una aflicción. Sino acerca de cómo muchas personas se han decepcionado al encontrar que Jesús no respondió a ellos de la misma manera que respondió a este leproso.

Así que no tiene ningún sentido pretender que si vamos a Jesús de rodillas y le rogamos por una sanación, la recibiremos seguramente. Creemos que Jesús nos ha dado la más grande curación de todas. Sanándonos de nuestros pecados. Pero él no siempre sana nuestras dolencias físicas. Confiamos en que él hace lo que es correcto y bueno para nosotros y sabemos que está con nosotros en nuestros sufrimientos.

Ni vamos a hablar sobre el ofrecimiento de sacrificios que Moisés ordenó para limpiarnos. Mucho se ha dicho y se ha escrito sobre las diferencias entre el antiguo y el nuevo pacto; No hay ninguna necesidad de cubrir eso de nuevo aquí.

Obedecer o no obedecer

La lección que vamos a considerar en este artículo tiene que ver en el por qué Jesús no quería que el leproso sanado dijera a nadie sobre su curación. Jesús le dio una fuerte advertencia al leproso sanado: «Mira, no se lo digas a nadie». Pero el leproso no obedeció a Jesús. Salió directamente a comentar libremente acerca de lo sucedido. Como resultado de la desobediencia de este hombre, «Jesús ya no podía entrar en ningún pueblo abiertamente, sino que se quedaba afuera, en lugares solitarios. Aún así, gente de todas partes seguía acudiendo a él».

¿Debemos aplaudir al leproso sanado, o debemos lamentar su desobediencia a la advertencia que le dio Jesús? Yo soy renuente al intentar contestar esa pregunta, excepto para decir que yo he descubierto que es más inteligente obedecer a Jesús que no obedecer a Jesús.

En el mundo de hoy tenemos la percepción de lo que las personas dicen sobre Jesús por cualquier cosa, podemos aceptar que es la actividad más importante en la cual podemos estar involucrados. Así que cuando leímos que el leproso sanado salió y empezó a hablar libremente, extendiendo la noticia, tenemos que cuidarnos de entusiasmarnos y desear en tener esa misma alegría fervorosa y evangelística. Por esa razón, a muchos de nosotros nos gusta magnificar curaciones y otros milagros anunciándolos y publicitándolos para el evangelio.

Pero Jesús no quiso que ese hombre saliera y extendiera la noticia. Jesús quiso que su identidad como sanador de enfermos permaneciera en silencio. En el versículo 34, leímos que Jesús no permitía a los demonios hablar porque ellos conocían quién era él. Similarmente, en el capítulo ocho, Jesús pregunta a los discípulos: «¿Quién dice la gente que soy yo?» Pedro contestó: «Tu eres el Cristo». Jesús respondió advirtiendo a los discípulos en no decir a nadie sobre él. Eso es muy opuesto de lo que nosotros podríamos haber esperado. Nosotros queremos que todos sepan de Jesús. Pero Jesús no quiso que todos supieran de él. ¿Por qué?

El secreto mesiánico

¿Por qué Jesús querría que sus discípulos no dijeran a nadie sobre él? Aquí estaba él en forma visible, en carne y sangre, haciendo milagros, trabajando, caminando y predicando por todo el país. ¿Qué mejor tiempo para que sus seguidores lleven a las personas la noticia sobre él y decir quién era? Al contrario de hoy, cuando debemos decirles a las personas que confíen en un Jesús invisible en la fe, allí Jesús estaba en la carne. Pero Jesús era claro, fuerte, e incluso severo diciendo: «no digan a nadie quien soy».

Quizás una de las razones porque Jesús dio esta disposición es para no exponerse a las expectativas de las muchedumbres que lo siguieron. ¿Qué querían? ¿Qué estaban buscando?

En el capítulo 11, encontramos una pista. Cuando Jesús entró en Jerusalén la semana antes de que fuera crucificado, «Muchos tendieron sus mantos sobre el camino; otros usaron ramas que habían cortado en los campos. Tanto los que iban delante como los que iban detrás, gritaban: –¡Hosanna! –¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! –¡Bendito el reino venidero de nuestro padre David! –¡Hosanna en las alturas! (Marcos 11:8-10).

Cuando la gente oyó que Jesús era el Mesías, se pusieron contentos de recibir la noticia. El problema estaba en las definiciones y expectativas. Lo que las personas esperaron que el Mesías fuera e hiciera era bastante diferente de lo que Jesús el Mesías vino a ser y hacer. Las personas esperaron a un rey que reuniría a las personas y con la bendición de Dios, llevarlos a la victoria de sus conquistadores romanos y restaurar el reino de David en toda su gloria. No entendieron todo lo que era el mesianismo. Su idea del Mesías era diferente de la idea de Dios acerca del Mesías. Cuando oyeron el término, lo entendieron mal, porque habían sido condicionados a esperar algo más.

Con esta perspectiva, se pone más claro por qué Jesús no quiso que sus discípulos o aquellos que él sanó, propagaran la noticia sobre él. No era el tiempo oportuno para que las personas oyeran sobre él. El tiempo correcto para que las noticias se extiendan era después de que Jesús hubiera sido ejecutado y resucitado. Sólo entonces pudo ser real el propósito de Dios de anunciar al Mesías y se conoció lo que era.

La lección

En nuestro mundo hoy, hay muchos conceptos sobre Dios. Si usted habla con 10 personas en la calle, encontrará probablemente 10 opiniones diferentes sobre quién es Dios, lo que es Dios, cómo Dios trata con los seres humanos y lo que Dios espera de nosotros. Estudios de George Barna han mostrado que incluso entre los cristianos, las ideas sobre quién es Jesús, qué es la gracia y cómo funciona, el pecado, el perdón, la fe, el arrepentimiento, la obediencia, etc., varía ampliamente. ¿Cuántas más ideas sobre Jesús existirán entre los no cristianos?

Suponga que yo me acerco a un extraño sentado en la banca del parque y le pregunto si conoce a Jesús. Suponga que la idea del extraño sobre Jesús sea de un melenudo, espigado y de apariencia debilucha. Suponga que su madre le decía que a Jesús no le gustaba cuando él jugaba a las cartas, Suponga que su exposición más frecuente a la palabra Jesús estaba en una cartulina sucia “¿conoce a Jesús?» pegado en un cartel en el garaje de su departamento.

¿Cuál sería probablemente la primera impresión que este hombre tendría de mi y mi pregunta? ¿Eso promovería el evangelio?

Suponga, por otro lado, yo me reúna con ese hombre y durante un período de tiempo desarrolle una relación con él. Suponga que nos hacemos amigos. Suponga que yo no era un flagrante hipócrita y que mi vida y la manera en que yo normalmente traté a este amigo reflejaron el amor de Dios. Suponga que él averiguó, como los amigos normalmente lo hacen, que yo soy un cristiano. ¿Eso llevaría a cambiar su perspectiva mal entendida de Jesús y la cristiandad a una perspectiva más exacta?

Un tiempo para plantar….

Eclesiastés 3:1-8 indica que hay «un tiempo para todo, una estación para cada actividad bajo el cielo». Entre éstos hay «un tiempo para plantar y un tiempo para segar la mies» y «un tiempo para estar callado y un tiempo para hablar”. El tiempo para extender las noticias sobre Jesús vino después de su resurrección, no durante su ministerio; hasta después de su resurrección no podría haber suficiente entendimiento de quién era él realmente. Incluso los discípulos eran consistentemente ignorantes sobre la identidad plena de Jesús y su misión hasta después de la resurrección (Marcos 6:52; 8:17).

El mismo principio se aplica hoy. Las personas no están a menudo listas para oír y comprender quién es Jesús hasta que experimenten en su vida la resurrección en su gente, la iglesia.

“Mantengan entre los incrédulos una conducta tan ejemplar que, aunque los acusen de hacer el mal, ellos observen las buenas obras de ustedes y glorifiquen a Dios en el día de la salvación”. (1 Pedro 2:12). Pedro no dice: «Presionen a sus vecinos inconversos para que tomen una decisión». Su enfoque es que los creyentes tengan una conducta honorable. ¿Por qué? Porque a través de nuestra conducta honorable, nuestros vecinos incrédulos ven al Cristo viviente en acción. Pedro dice que esto producirá su creencia en el momento que Dios elija («cuando él venga a juzgar al mundo» implica que Dios está cronometrando, no nosotros).

“Lo más importante de todo», dice Pedro, es que nosotros «continuamos mostrando el amor profundo por cada uno” (1 Pedro 4:8). En una similar forma, Pablo escribió, «Siempre que tengamos la oportunidad, debemos hacer lo bueno a todos, sobre todo a nuestros hermanos y hermanas en Cristo» (Gálatas 6:10).

Su instrucción en cuanto a la evangelización es que debe estar centrada en el testimonio de una vida piadosa en Cristo, no en un discurso bien ensayado. Nuestras vidas en él demuestran a las personas lo que Jesús realmente es.

La percepción correcta

“Más bien”, escribió Pedro “honren en su corazón a Cristo como Señor. Estén siempre preparados para responder a todo el que les pida razón de la esperanza que hay en ustedes”. (1 Pedro 3:15). Cuando una persona pregunta por nuestra esperanza cristiana, porque vivimos con Cristo como Señor de nuestra vida, entonces esa persona tiene una perspectiva más exacta de Jesús porque él o ella han visto a Jesús en nosotros. Ellos preguntan porque el Espíritu los incita, y el catalizador para tener el Espíritu es nuestra conducta piadosa en Cristo, el Señor de nuestra vida.

Y nuestra conversación, dijo Pablo, debe ser «siempre amena y de buen gusto. Así sabrán cómo responder a cada uno» (Colosenses 4:6). Las personas escuchan a los amigos. Las personas escuchan a aquellos que han demostrado que se preocupan por ellos. Las personas escuchan cuando la relación es real, no artificial.

Pedro escribió: » Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas” (1 Pedro 4:10). Dios nos ha bendecido ricamente como partes activas de su obra de construir el cuerpo de Cristo, la iglesia, y extendiendo la mano con el evangelio a los no creyentes. La gran herramienta que él nos ha dado es su propia vida, viviendo en nosotros por el Espíritu Santo y reflejada por la manera en que vivimos.

Para reflexionar

¿Que dones le ha dado Dios? ¿Cómo los maneja?

¿La generosidad de Dios fluye a través de usted?

¿A quién lo está dirigiendo Dios para que usted lo conozca mejor?

Cuando oramos por otras personas tendemos a mostrarles un cuidado más activo. ¿Por cuáles amigos o vecinos no creyentes está usted orando activamente?

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