Una lección acerca de la fe


Salió Jesús de allí y fue a su tierra, en compañía de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga. — ¿De dónde sacó éste tales cosas?—decían maravillados muchos de los que le oían—. ¿Qué sabiduría es ésta que se le ha dado? ¿Cómo se explican estos milagros que vienen de sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María  y hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están sus hermanas aquí con nosotros? Y se escandalizaban a causa de Él. Por tanto, Jesús les dijo: —En todas partes se honra a un profeta, menos en su tierra, entre sus familiares y en su propia casa. En efecto, no pudo hacer allí ningún milagro, excepto sanar a unos pocos enfermos al imponerles las manos. Y él se quedó asombrado por la incredulidad de ellos. (Marcos 6:1-6)

Por Mike Feazell

Cuando el profeta Samuel estaba buscando al hombre correcto para ungirlo rey sobre Israel, Dios lo envió a la casa de Isaí. La abuela de Isaí había sido la moabita Rut, y su bisabuela había sido Rajab, la infame mujer de Jericó. Una familia poco probable en la cual encontrar al más famoso rey de Israel. Pero si eso no era suficiente, cuando Isaí trajo a su hijo mayor y más logrado para encontrarse con Samuel, Dios dijo: “No, Samuel, no es él”.
Samuel pasó por los siete hijos de Isaí, y Dios le dijo “no” a cada uno. Perplejo, Samuel le preguntó a Isaí: ¿Estás seguro que son todos tus hijos?
“Sí”, dijo Isaí. “Son todos. Bueno, excepto por David, por supuesto, pero no hay manera de que él pueda ser el que tú estás buscando. Él no es nada, sino sólo un niño pastor. Él está allá afuera con las ovejas—definitivamente no es material para ser rey”.
Todos los hijos de Isaí asintieron y un par de ellos se rieron burlonamente: “Definitivamente no es material para ser rey”.
“Escucha, Samuel”, le dijo Isaí. “Todos estos muchachos que están aquí son buenos. ¿Por qué no le preguntas otra vez al Señor? Porque puedes apostar tus zapatos que si alguno de mis hijos va a ser rey, será uno de estos. David no es nada especial, y francamente, las cosas aquí van mejor cuando él está allá afuera con las ovejas”.
Samuel sacudió su cabeza, viendo la imponente fila de los hijos de Isaí. Altos, guapos, y probablemente buenos guerreros, se figuró él. ¿Por qué el Señor siempre tiene que escoger a los que terminan abajo? Sonrió él. Samuel mismo también había sido una selección poco probable, piensa sobre ello. Si no hubiera sido por el voto alocado de su mamá, él podría haber sido un niño normal, en vez de crecer en el tabernáculo limpiando la ropa y acarreando agua para el ancianoElí.
Samuel dijo: “No, el Señor dice que no es ninguno de ellos. Mejor manda que traigan del campo a David. Con el Señor, nunca se sabe. Tuve que sacar a Saúl de detrás de un montón de sacos de grano. Ese muchacho estaba temblando como una hoja de olivo”. Con una risa, el profeta añadió: “El Señor no ve a las personas como nosotros las vemos. Él no se fija en la apariencia ni en todas esas tonterías”.
Tú sabes lo que pasó. Los hermanos de David debieron haber estado un poco ofendidos, de que David el hermano menor, fuera ungido rey en vez de alguno de ellos. Quizás se sintieron un poco como los hijos de Jacob, que se enojaron por la forma en que Jacob consentía al pequeño José, como que se daba por sentado que los hijos mayores fueran sólo un poco más que manos para el trabajo.
No fue diferente con Jesús. ¿Cómo puede ser que alguien con el cual tú creciste, alguien que podrías haber visto crecer, alguien cuyos hábitos e idiosincrasias a menudo te hacían enojar, de repente empezara a actuar como si pensara que era alguien? ¿Quién se cree que es éste galileo?
Woody Allen dijo una vez: “No querría pertenecer a algún club que me tuviera como miembro”. O quizás fue Mark Twain. O Groucho Marx. O todos ellos. De cualquier manera, la gente de Nazaret debió haber tenido una póliza similar: “Cualquier persona de por acá tiene que ser un perdedor; sólo míranos. No, no nos importa si Él puede hacer milagros, éste tipo tiene que ser un fraude”.

Así Jesús dijo Su famoso dicho: “En todas partes se honra a un profeta, menos en su propia tierra, entre sus familiares y en su propia casa” (Marcos 6:4 NVI). Podría ser que tu no lo recuerdes así, pero no te olvides que la versión Reina-Valera tiene casi dos veces la edad de los Estados Unidos, y un poco de español moderno es bueno para el alma. De todas maneras, Jesús lo dijo en arameo, y ninguno de nosotros lo podríamos pronunciar, incluso si lo hubiéramos estudiado, porque entender la pronunciación de alguien que vivió hace 2000 años, es diferente a leerlo hoy en día.

Pero nos estamos desviando del tema. La lección que estamos sacando de éste pasaje es que estamos mucho más enamorados de extranjeros impresionantes que lo estamos de gente que ya conocemos bastante bien. Eso, tú sabes, ayuda para dar cuenta de los deslices sexuales. Todo está en el misterio. Si tú realmente supieras cuál era el problema en el que te estabas metiendo esa noche, de la misma manera que lo saben los familiares y amigos de él/ella, te mantendrías a un millón de kilómetros de distancia. Pero he aquí que, tenemos más respeto por la gente que ni siquiera conocemos, que por aquellas personas que sí conocemos.
Fue en Nazaret donde creció Jesús, donde Él pudo sanar sólo a unas pocas personas. ¿Por qué? Porque posiblemente ellas no creían que Él podía ser un sanador. No podían aceptar a uno de ellos mismos como alguien mayor que ellos, incluso si significaba dejar pasar la sanidad que Él podía haberles traído. La fe y la humildad no viajan la una sin la otra. Confiar en Jesús significa verte a ti mismo, en necesidad de Él. Conocer tu necesidad de Él, genera confianza en Él. Él está en el pueblo, tu pueblo, ahora mismo. Confíale tus cargas. Deja que Él te de reposo. Eres tú a quien Él ha venido a ver.

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