por Keith W. Stump
 

Mencione la palabra mayordomía, y muchos cristianos la relacionarán como un apelativo inevitable hacia el dinero.
Y no es de sorprender. Las únicas veces que la mayoría de cristianos oyen una discusión respecto a la mayordomía es cuando los ingresos financieros necesitan aumentarse. Los esfuerzos organizados efectuados por las iglesias y ministros para persuadir a la gente a dar regularmente dinero son a menudo llamados «campañas de mayordomía».
Claro, las iglesias y ministerios necesitan dinero–el dinero para publicidad, sueldos, evangelización, misiones y trabajos de caridad. La mayoría de los cristianos se identifica con estas necesidades y están ávidos de ayudar.
Pero la mayordomía va más allá de los problemas financieros. El énfasis moderno en la mayordomía del dinero ha opacado la importancia plena de este concepto bíblico importante.
Mayordomos del Evangelio
Un mayordomo es una persona que cuida propiedades que no son suyas. En algunas traducciones de la Biblia se usa el término de mayordomía y en otras traducciones más recientes como administradores.
El ejemplo bíblico clásico de un mayordomo es José, a quien el capitán egipcio Potifar lo puso a cargo de su casa (Génesis 39:4-6). Quizás el mayordomo mejor conocido en el Nuevo Testamento es el «injusto mayordomo» de Lucas 16.
Pero para los cristianos, la mayordomía involucra mucho más que la administración de una propiedad. En otra parte del Nuevo Testamento, el concepto de mayordomía se usa en un sentido metafórico o figurativo, indicando a los cristianos como «administradores de los misterios de Dios» (1 corintios 4:1- NVI) y «administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas» (1 Pedro 4:10, KJV).
Esta perspectiva tiene implicaciones profundas y de largo alcance para cada uno de nosotros. ¡La mayordomía primigenia de un cristiano no es solo aportar dinero sino involucrarse en el evangelio e implica el uso completo de la vida de en el servicio dirigido hacia Dios!
Dios ha confiado su evangelio a nuestro cuidado. Como mayordomos cristianos, nosotros somos responsables de cuidar el evangelio y transmitirlo fielmente a aquellos a quienes todavía permanece oculto.
Al mismo tiempo, los cristianos son mayordomos de los dones espirituales que Dios les ha dado. El apóstol Pedro explica que, «Cada uno ponga al servicio de los demás el don que haya recibido, administrando fielmente la gracia de Dios en sus diversas formas» (1 Pedro 4:10).
La mayordomía es la respuesta del cristiano a la comisión de Cristo de construir la iglesia y hacer discípulos en todas las naciones. Es el reconocimiento que todos los dones vienen de Dios y serán usados para su gloria y para el beneficio de sus hijos. Involucra nada menos que la dirección apropiada de la vida entera de uno y sus recursos.
En Su Servicio
Dios hizo el mundo y todo lo que hay en él. Todas las cosas son suyas. Él es la fuente de toda nuestra riqueza, todos nuestros talentos y todos los momentos de nuestras vidas. Nada que nosotros tenemos puede pensarse como ganado o que merezcamos. Todo lo que tenemos y todo lo que somos pertenece a Dios.
Como mayordomos de Dios, somos responsables hacia él, respecto al uso apropiado de lo que Él nos ha dado. Dios nos ha confiado estos dones para ser usados en su servicio. Él espera que vivamos nuestras vidas cuidadosamente, conduciéndonos como mayordomos sabios – en construir su iglesia, servir a otros, llevar más allá su trabajo en la tierra y desarrollar nuestro potencial personal.
Pero, usted podría preguntar, ¿Dios te ha dado la administración por él? Nuestro potencial respecto a la mayordomía puede subdividirse en tres “Tes”: nuestro tiempo, nuestros talentos y nuestros tesoros.


«Mayordomía es lo que alguien hace después de decir “yo creo”
W.H. Greever


Manejando Nuestro Tiempo

Dios nos llama a usar nuestro tiempo sabiamente, «aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos» (Efesios 5:16).
Hoy, muchos se abruman con los cuidados de esta vida — trabajos, quehaceres domésticos, los estudios, las finanzas, las relaciones. ¿Por qué? Porque ellos no han entendido el propósito de Dios en sus vidas y no han ajustado sus prioridades de acuerdo con Dios.
Nuestras prioridades personales determinan cómo manejamos nuestro tiempo. Aún la mayoría no tiene ninguna estrategia para la vida. Ellos encapsulan sus prioridades y erradas oportunidades sin tener en cuenta de su mortalidad o su responsabilidad a Dios.
Mientras Jesús estaba en la tierra, puso un ejemplo de servir, ayudando y compartiendo (Filipenses 2:5-7). Él les exige a sus seguidores que hagan el mismo, y resalta su importancia declarando: «Cualquier cosa que hagas por uno menor de estos hermanos míos, lo has hecho a mí» (Mateo 25:40).
Servir a Dios y servir a la humanidad son inseparables. Tal servicio es nuestra razón de ser: «Porque nosotros somos la hechura de Dios«, escribió el apóstol Pablo, «creados en Cristo Jesús hacer buenas obras» (Efesios 2:10).
Claro, hacer buenas obras requiere tiempo, reordenando y reorganizar nuestras vidas–quitando algunas cosas periféricas y no esenciales podemos disponer del tiempo que por otra parte no estaría disponible.
¿Tiempo para hacer que? Tiempo para segar el césped de un vecino anciano, tiempo para limpiar la casa de un inválido, tiempo para repartir comida a una familia necesitada, tiempo para servir en un comité de la iglesia, tiempo para acompañar a una viuda anciana al mercado, tiempo para visitar a un enfermo, tiempo para cuidar a los niños de una pareja agotada, tiempo para telefonear a un amigo que se encuentra desanimado, tiempo para ayudar en los que no tienen hogar, tiempo para dar ayuda y apoyo de todo  tipo.
Jesús extendió la mano a otros de sus tiempos. Nosotros somos la mano de Cristo extendida al mundo moderno. Nosotros debemos tener tiempo–y toma tiempo–para servir otros.

Talentos y dones

La segunda “T” es nuestros talentos.
Todos tenemos únicos dones y talentos. Los talentos que Dios a dado a los cristianos son compartidos para lograr la obra de Dios en el mundo.
En muchas parábolas, Jesús trató con la propiedad y nuestra responsabilidad de usarlos sabiamente. La propiedad en las parábolas de Jesús es a menudo una metáfora para la vida. Estas parábolas enseñan que los creyentes son responsables hacia Dios por manejar sus vidas y usarlas en beneficio de otros. La conocida parábola de los talentos en Mateo 25:14-30 nos anima a usar los talentos, dones y habilidades que se nos han confiado, no enterrarlos en la tierra.
El Espíritu Santo da a los cristianos los dones espirituales diversos y complementarios para el bien común de la comunidad cristiana entera (Romanos 12; 1ª Corintios 12).
Éstos son los dones especiales de la gracia, dados libremente por Dios para satisfacer las necesidades del cuerpo. Estos se manifiestan en los actos de servicio dentro de la comunidad cristiana y en el mundo. Incluyen dones de dirección, administración, enseñanza, hospitalidad y ánimo.
Todos tenemos un ministerio y un papel que desempeñar. Todos los cristianos son llamados a descubrir los dones que han recibido y usarlos para la edificación de la iglesia y para servir al mundo al que la iglesia es enviada.
Si usted no sabe cual es su don particular, consulte a su pastor o amigos cercanos, nuestros dones se descubren a menudo cuando observamos cómo Dios nos usa para atender a otros, y cuando otros reconocen ciertas cualidades en nosotros.
Además de los dones espirituales, todos poseemos habilidades prácticas y habilidades que también pueden usarse en el servicio de nuestra iglesia y para el beneficio de otros. ¡Éstos pueden incluir habilidades de carpintería, habilidades de computación, administración comercial, comercialización, traducción, jardinería, escritura, trabajos eléctricos, ¡literalmente ciento de posibilidades! Un mayordomo sabio considera cómo usar estos recursos fuera de su horario de trabajo de 8 a 5.

Compartiendo nuestros tesoros

La tercera “T” es nuestro tesoro –nuestro dinero. Como ya hemos mencionado, muchos enfocan la mayordomía con el dinero, casi excluyendo cualquier otro aspecto.
Por ejemplo, investigando este artículo busqué la palabra «Mayordomía» en un buen y respetable trabajo de referencia bíblica, Allí encontré una simple referencia de dos palabras «vea diezmar», esto es típico de la vista mercenaria de hoy respecto a la mayordomía.
Aunque el dinero es una parte del dar de nosotros en el servicio a Dios; excepto en los casos de pobreza extrema, uno no puede dar de sí mismo sin dar del dinero de uno.
En este mundo, se usa la riqueza para aprovecharse, para dominar y conseguir. «El amor al dinero es una raíz de todo tipo de mal«, advierte Pablo (1 Timoteo 6:10). Pero la riqueza no es un mal innato. Puede ser un recurso importante para el servicio.
Es en el uso de nuestra riqueza que nosotros aprendemos a escoger entre las pasiones de la carne y los frutos del Espíritu. ¿Consumimos lo que Dios nos da completamente en nosotros o compartimos con los menos afortunados y con la iglesia?
Jesús dijo: «Donde está tu tesoro, allí también estará tu corazón» (Mateo 6:21). Como cristianos, nuestros corazones deben estar en el evangelio de Jesucristo, si nuestros corazones están totalmente en nosotros, nunca estaremos satisfechos y nunca creceremos espiritualmente. Jesús observó: «Por eso, si ustedes no han sido honrados en el uso de las riquezas mundanas, ¿quién les confiará las verdaderas?» (Lucas 16:11). Pablo iguala la codicia con la idolatría (Colosenses 3:5).
Pero si nuestros corazones se comprometen totalmente a Dios, agradeceremos su generosidad y querremos compartir nuestra riqueza con otros–no por obligación, sino por gratitud. El Dios amoroso quiere que usemos nuestro dinero de maneras que a Él le agradan, de maneras que tangiblemente demuestren nuestras prioridades.
La buena mayordomía está en saber administrar nuestros asuntos financieros, así habrá algo que dar a otros–a la iglesia, a los ministerios evangélicos, orfandades, misiones y organizaciones caritativas.
¿Pero cuánto debemos dar?
Cómo manejemos nuestras contribuciones está entre nosotros y Dios. Es según la conciencia de cada persona. Debemos dar como Dios nos ha bendecido. ¿Está usted dando a un nivel apropiado de acuerdo a su ingreso? Pregúntele honestamente a Dios cuánto debe dar. Establezca un plan regular de donación, sistemático.
Algunos cristianos sienten que la práctica de diezmar mantiene una pauta útil.
El punto importante es que no demos de mala gana por obligación, sino alegremente, de corazón (2ª Corintios 9:7). El valor de nuestra dádiva no está determinado por la cantidad monetaria que demos, sino por el espíritu en que se da (Marcos 12:41-44). Debe estar motivada en el amor y la gratitud a Dios por el regalo de su gracia salvadora.


«Haga todo lo que pueda, ahorre todo lo que pueda, dé a todos lo que pueda»
John Wesley


¡Haga su vida muy importante!
¡Cada cristiano es importante! Cada uno tiene un papel que jugar en el cuerpo de Cristo y en el plan de Dios para la humanidad.
Dios ha hecho su parte. Él nos ha equipado para cumplir esos papeles. Ahora nosotros debemos usar los dones de Dios–nuestro tiempo, talentos y tesoros–sabia y productivamente.
¿Cómo estamos manejando los recursos que Dios nos ha confiado?
Dios nos pedirá en el futuro que demos cuenta de nuestra mayordomía: «A todo el que se le ha dado mucho, se le exigirá mucho; y al que se le ha confiado mucho, se le pedirá aun más» (Lucas 12:48).
El requisito primigenio de los mayordomos de Dios es la fidelidad: «Ahora bien, a los que reciben un encargo se les exige que demuestren ser dignos de confianza» (1ª Corintios 4:2).
¡La vida cristiana debe asirse y debe hacerse realidad en la fe! Dios nos desafía en demostrar nuestro compromiso a Él siendo mayordomos fieles de todo lo que nos ha dado.
Dios está buscando a hombres y mujeres que dediquen sus vidas a servir a Jesucristo –personas que den su tiempo, talentos y tesoros valientemente para servir a otros y a su Reino.

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