(Mateo 20:20-23)

por Joyce Catherwood

Sí, Jesús había dicho que moriría, pero nosotros asumimos que su obra apenas comenzaba. Mi esposo, Zebedeo, yo y nuestros dos hijos, Santiago y Juan, fuimos atraídos por la contagiosa energía de su ministerio. A todo lugar que el Mesías fuera, tocaba vidas, sanando a los enfermos, y hasta había resucitado muertos. Nosotros pensamos que su influencia crecería y crecería, finalmente llegaría a su reinado mesiánico desde Jerusalén.

Me emocioné mucho de seguir a Jesús y cuidar por sus necesidades como si fuera mi propio hijo. Él le llamaba a mis muchachos “hijos del trueno” por su apoyo entusiasta. Él y Juan habían llegado a ser los mejores amigos. Así que mientras viajábamos hacia Jerusalén un día, me pareció natural pedirle un favor a Jesús. Con Santiago y Juan a mi lado, me arrodillé ante Jesús y le pedí si mis hijos podrían tener posiciones prominentes en su reino.

Su respuesta me confundió. Él dijo que no sabíamos lo que estábamos pidiendo. Le preguntó a Santiago y a Juan si ellos podrían beber a copa que él bebería.

Ellos le respondieron: “sí, ¡por supuesto!” Ellos podrían beber de su copa. No estábamos seguros de qué significaba exactamente eso. Yo recordé que Él nos había dicho recientemente que sería burlado y crucificado. Pero su influencia y sus milagros eran tan impresionantes, que no parecía posible que eso sucediera.

Yo nunca debí haber hecho esa petición, aunque la respuesta de Jesús fue paciente y considerada. Los otros discípulos oyeron y no mucho después surgió un argumento sobre quién sería el mayor. Los diez, indignados, se volvieron a Santiago y Juan. Jesús tuvo que corregirlos a todos, explicando que el mayor debe primero convertirse en sirviente.

Nuestras esperanzas y espíritus se alentaron después de la entrada triunfante a Jerusalén. Pero nuestros sueños se desmoronaron cuando Jesús fue arrestado. El juicio fue una burla. Jesús fue escupido y le dieron latigazos, y las multitudes se volvieron contra él.

Este fuerte y amable joven no había hecho otra cosa sino el bien a los demás. Pero fue golpeado brutalmente. Aún los soldados de la ejecución fueron impactados por la magnitud de sus heridas. Los miré con ojos de incredulidad, decidida a no dejarlo aunque los otros discípulos habían huido por sus vidas.

Este proceso llegó hasta la tarde. Mi hijo Juan también se había quedado con Él y confortaba a María que estaba de rodillas con un dolor indescriptible ante la cruz. Mientras luchaba por respirar, Jesús le pidió a Juan que cuidara a su madre. Mi valiente hijo tomó la mano de María y gentilmente la trajo hacia nosotros. Entonces Jesús murió.

Tres días después, Jesús resucitó de la muerte, y nosotros nos regocijamos más de lo que las palabras pueden expresar. Pero fue al pie de la cruz que finalmente entendí que significa seguirle.

Que tontería fue pedirle un lugar de prominencia. Jesús no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos.

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