Romanos 14 y 15

El ser humano, a través de la historia se ha ufanado de su fuerza para conquistar, pero también para hacer las cosas trascendentes, para ejercer liderazgo, para sus relaciones personales y para casi todas las manifestaciones de la vida. Parece ser que ante otro semejante, debemos mostrar que somos fuertes e imponer nuestra presencia, aún ante nuestro cónyuge.

Pero cuando entendemos quienes somos realmente, cómo fuimos concebidos y cuál es el propósito de nuestra existencia, la lógica del ser humano y las manifestaciones de la historia, se derrumban.

No es posible compartir la naturaleza divina de nuestro Dios, quien es el amor por excelencia, y manifestar actitudes donde se imponga la fuerza ante otro ser humano, que también es uno con ese amor.

Ante Dios habrá que ser fuertes, sí, pero la fuerza que nos infunde el Espíritu Santo es diferente a la manifestada por la humanidad. Veamos qué nos dice Dios acerca de ser fuertes y manifestarlo.

“Acepten a los creyentes que son débiles en la fe y no discutan acerca de lo que ellos consideran bueno o malo”. (Romanos 14:1)

El apóstol Pablo comienza el capítulo 14 de su carta a los cristianos de Roma con ese imperativo de aceptar a los débiles, dando a entender que debemos manifestar fuerza. En los versículos siguientes Pablo nos da una cátedra de cuál es la fuerza que debemos manifestar ante los demás

“2 Por ejemplo, un creyente piensa que está bien comer de todo; pero otro creyente, con una conciencia sensible, come sólo verduras. Los que se sienten libres para comer de todo no deben menospreciar a los que no sienten la misma libertad; y los que no comen determinados alimentos no deben juzgar a los que sí los comen, porque a esos hermanos Dios los ha aceptado. ¿Quién eres tú para juzgar a los sirvientes de otro? Su amo dirá si quedan en pie o caen; y con la ayuda del Señor, quedarán en pie y recibirán la aprobación de él…  6 Los que adoran al Señor un día en particular lo hacen para honrarlo a él. Los que comen toda clase de alimentos lo hacen para honrar al Señor, ya que le dan gracias a Dios antes de comer. Y los que se niegan a comer ciertos alimentos también quieren agradar al Señor y le dan gracias a Dios. Pues no vivimos para nosotros mismos ni morimos para nosotros mismos. Si vivimos, es para honrar al Señor, y si morimos, es para honrar al Señor. Entonces, tanto si vivimos como si morimos, pertenecemos al Señor. Cristo murió y resucitó con este propósito: ser Señor de los vivos y de los muertos”. (Romanos 14:2-4, 6-9)

Estas enseñanzas, aunque parezcan bastante fuertes y ofensivas, el apóstol Pablo las expresa con la autoridad que le da el Espíritu Santo, dejando bien clara la manifestación del amor de Dios, expresado en el capítulo anterior de esta carta: “No deban nada a nadie, excepto el deber de amarse unos a otros. Si aman a su prójimo, cumplen con las exigencias de la ley de Dios. Pues los mandamientos dicen: «No cometas adulterio. No mates. No robes. No codicies». Estos y otros mandamientos semejantes se resumen en uno solo: «Ama a tu prójimo como a ti mismo». 10 El amor no hace mal a otros, por eso el amor cumple con las exigencias de la ley de Dios”. (Romanos 13:8-10)

El apóstol continúa su exhorto demostrándonos cuál es la fuerza que habrá de manifestarse ante nuestros semejantes: “Del mismo modo, algunos piensan que un día es más sagrado que otro, mientras que otros creen que todos los días son iguales. Cada uno debería estar plenamente convencido de que el día que elija es aceptable… 10 ¿Por qué, entonces, juzgas a otro creyente? ¿Por qué menosprecias a otro creyente? Recuerda que todos estaremos delante del tribunal de Dios. 11 Pues dicen las Escrituras: «Tan cierto como que yo vivo, dice el Señor, toda rodilla se doblará ante mí, y toda lengua confesará a Dios y le dará alabanza». 12 Es cierto, cada uno de nosotros tendrá que responder por sí mismo ante Dios. 13 Así que dejemos de juzgarnos unos a otros. Por el contrario, propónganse vivir de tal manera que no causen tropiezo ni caída a otro creyente”. (Romanos 14:5, 10-13)

La enseñanza continúa en el capítulo 15, volviendo a imperar de la siguiente manera: “1Los que somos fuertes debemos tener consideración de los que son sensibles a este tipo de cosas. No debemos agradarnos solamente a nosotros mismos. Deberíamos ayudar a otros a hacer lo que es correcto y edificarlos en el Señor. Pues ni siquiera Cristo vivió para agradarse a sí mismo. Como dicen las Escrituras: «Los insultos de aquellos que te insultan, oh Dios, han caído sobre mí».Tales cosas se escribieron hace tiempo en las Escrituras para que nos sirvan de enseñanza. Y las Escrituras nos dan esperanza y ánimo mientras esperamos con paciencia hasta que se cumplan las promesas de Dios. Que Dios, quien da esa paciencia y ese ánimo, los ayude a vivir en plena armonía unos con otros, como corresponde a los seguidores de Cristo Jesús. Entonces todos ustedes podrán unirse en una sola voz para dar alabanza y gloria a Dios, el Padre de nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, acéptense unos a otros, tal como Cristo los aceptó a ustedes, para que Dios reciba la gloria”. (Romanos 15:1-7)

Esta es la fuerza que debemos manifestar ante nuestros semejantes: a) necesitamos de esta fuerza que sólo el Espíritu Santo nos puede dar y estar dispuestos a amar a nuestro prójimo, tal como Dios nos pide hacerlo; b) fuerza para amar y guiar a nuestro prójimo a llegar a entender que está incluido en el amor del Padre, del Hijo y del Espíritu; c) fuerza para reprimir aspectos de nuestra libertad que puedan ofender y hacer caer a nuestro hermano en la fe; d) fuerza para escoger sacrificarnos para que nuestro hermano se sienta amado. Esos somos los fuertes en la fe, los que compartimos la unidad de nuestro Dios trino y nos preocupa el hecho de que un hermano todavía le falte confiar en Jesús para que pueda gozarse en la unidad de nuestro Dios.

Así que, me uno al deseo del apóstol Pablo para todos los que leen estas líneas, en su ruego amoroso: “13 Le pido a Dios, fuente de esperanza, que los llene completamente de alegría y paz, porque confían en él. Entonces rebosarán de una esperanza segura mediante el poder del Espíritu Santo”. (Romanos 15:13)

Rubén Ramírez Monteclaro
Pastor Regional Veracruz, México

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