Por Linda Dyer

El féretro abierto al frente de la capilla de la funeraria era el cuarto y el último. Toda la familia había sucumbido al sida.

La joven esposa fue la primera en fallecer, seguida del hijo de 5 años de edad (sus funerales se llevaron a cabo exactamente en un período de dos semanas). El hijo de 3 años de edad vivió por varios meses. Y ahora le enfermedad finalmente reclamó la vida del joven esposo.

Al estar alineada en espera de presentar mis condolencias a su madre, mis pensamientos eran una confusión. ¿Qué se le dice a alguien que ha perdido a dos nietos, una nuera y un hijo en menos de 2 años?

Parecía que decir tan sólo unas palabras restaban importancia a tan abundante pesar. Al estrechar sus manos, balbucee que me sentía genuinamente apesadumbrada por su dolor, pero no sabía qué decirle.

Lo que procedió de su boca me persiguió por meses. Ella simplemente dijo: «Cuando encuentre qué decir, por favor démelo a saber». Algo desconcertada, accedí.

Las palabras no me venían

Esperé. Tarde o temprano las palabras me vendrían, ¿verdad? Esperé un poco más. Transcurrieron las semanas.

Empecé a preguntarme: ¿Qué me pasa que no tengo palabras para esta mujer? Podía citar escrituras acerca de las promesas de Dios para sus hijos, pero eso no me parecía correcto. Quería comunicarle algo de mi corazón, pero éste parecía estar vacío.

Pasaron tres semanas cuando repentinamente mi ineptitud fue eclipsada por una prueba personal. Sería la primera vez en mis 40 años que iba a ser forzada a caminar por fe.

Estaba bien segura de que iba a sobrevivir, pero gradualmente empecé a ver que Dios estaba en control de cada movida. Estaba siendo llevada. Mi dolor emocional tan sólo me había hecho sentir como si fuera a morir.

No mucho después de esto, volví a encontrarme con esta mujer en una actividad social. Al momento de verla, la razón por la que no tuve palabras para ella se hizo clara: ¡Su dolor me había aterrorizado!

Estaba ansiosa de compartir con ella esta revelación, y cuando lo hice, se formó un vínculo.

Ahora que estaba aprendiendo a sentirme segura en su cuidado, y a confiar en él para proporcionarme la salida, empecé a meditar acerca de este temor que tenía de acercarme demasiado a alguien que se encontraba en tanto dolor.

Quería aprender cómo responder diferentemente al sufrimiento de otros y a seguir la amonestación del apóstol Pablo en Gálatas 6: «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo» (vers. 2).

Antes, cuando un pensamiento espantoso o inquietante brotaba en mi conciencia, siempre y de inmediato lo había echado fuera. Es por eso que mis intentos de consolar habían sido tan endebles para confortar a alguien en semejante dolor me forzaba a enfrentar mis propios temores.

Sintiendo mis sentimientos

Comencé a estudiar algunas de las otras emociones que había mantenido a raya todos estos años: inquietud, enojo, pesar. (Se consume una cantidad enorme de energía mental para mantener esos sentimientos fuera del pensamiento consciente.)

Aprendí que al no permitirme sentirlos, me era imposible obtener beneficio de lo que éstos me pudieran enseñar acerca de mí misma. También me impedían conectarme eficazmente con otros en su dolor.

Comencé a entender que era en verdad posible tener emociones mixtas. Conforme mi entendimiento fue aumentando, percibí que mientras me podría estar sintiendo inquieta, o angustiada, en alguna situación en particular, simultáneamente podía sentirme gozosa, a la manera en la que las dos mujeres se fueron apresuradamente de la sepultura vacía de Jesús: «con temor y gran gozo» (Mateo 28:8).

Indiferentemente de una emoción incómoda que pueda surgir, podía también estar gozosa y tranquila en la maravillosa gracia de Dios hacia mí, sabiendo que Dios haría que todas las cosas resultaran para bien, como está prometido en Romanos 8:28.

Estaba siendo liberada de mi necesidad de controlar estas respuestas emocionales a las experiencias de la vida, capacitándome para acercarme al dolor en las vidas de los demás. Leí los relatos de la vida de Jesús con un deseo nuevo de imitar sus reacciones emocionales. Al acercarse él a la sepultura en la que su amado amigo Lázaro se encontraba muerto, fue estremecido en espíritu, y conmovido, lloró (Juan 11:33-36).

Fue evidente a todos los que fueron testigos de este evento que Jesús se conmovió por el sufrimiento de sus amigos. Él no escogió permanecer indiferente al dolor de ellos.

Comparé esto con la clase de compasión que expresé a mi amiga en el funeral de su hijo. Yo no estaba cumpliendo verdaderamente con la instrucción que se encuentra en Romanos 12:15: «Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran».

Decidí que desde ese momento en adelante haría todo esfuerzo para quitarme los guantes de cirugía, y tocar a los heridos. De ahora en adelante me atreveré a ser manchada con sus lágrimas y con su sangre.

Sentimientos bajos y altos

Actualmente me estoy permitiendo el privilegio de sentirme cómoda con la reaparición de sentimientos cuando espontáneamente aparecen en mi pantalla mental. Especialmente con la pesadumbre que parece venir a oleadas.

He descuidado lamentarme en tantas ocasiones, no queriendo lastimarme. Las buenas noticias son que entre más profundamente y más frecuentemente me entristezco, mi gozo, también, ha venido a ser indescriptiblemente alto.

El temor al dolor me había incapacitado emocionalmente; no podía experimentar el increíble placer que se encuentra al otro lado del espectro.

Hace un poco más de dos años desde que mi afligida amiga me hizo ese gran favor. Como resultado de su desafío, y mi difícil jornada, mi constitución emocional ha cambiado de manera maravillosa. Me siento mucho más completa y más llena de vida ahora.

También me he estado dando cuenta que más, muchas más personas están compartiendo sus penas conmigo.

Creo que compartiendo las cargas de otras personas más íntimamente hará posible que yo pueda cumplir mejor mi responsabilidad cristiana. Pablo nos dice en 1 Corintios 12:26: «De manera que si un miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un miembro recibe honra todos los miembros con él se gozan». Igualmente, el regocijo es más pleno cuando el que está sufriendo es sacado por el Pastor de su desolación.

Este nuevo grado de participación ha traído como resultado que mi vida tenga una textura más rica por los hilos del sufrimiento de otros. Esta interconexión se ha prestado a producir un significado y propósito más profundos en mi vida, lo cual me vigoriza.

Amo con especialidad los siguientes versículos: «Alabemos al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, pues él es el Dios que siempre nos consuela. Él nos consuela en todos nuestros sufrimientos, para que nosotros podamos consolar también a los que sufren, dándoles el mismo consuelo que él nos ha dado a nosotros» (2 Corintios 1:3-4, Versión Popular).

Es mi esperanza sincera de que si hoy estuviera parada cerca de ese cuarto féretro, mi querida amiga no tendría ninguna duda de que estaba yo ahí con ella, asegurándole que la experiencia por la que estaba pasando era realmente así de atroz.

Que su perplejidad y dolor eran igualmente míos. Que no importaba cuán espantoso todo llegara ser, yo no la abandonaría en su pesar.

Que yo, de seguro, le imploraría en su favor a nuestro Padre celestial. Y que ambas emergeríamos juntas al otro lado del valle, mano a mano, corazón a corazón.

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