Por Terry Akers y Mike Feazell

No me hables de teología, tan solo enséñame la Biblia” Para el cristiano promedio, la teología podría parecer como algo desesperanzadamente complicado, confuso en extremo y completamente irrelevante. Cualquiera puede leer la Biblia. De modo que, ¿por qué necesitamos encumbrados teólogos con sus frases complejas y términos rimbombantes?


La fe en busca del entendimiento

La teología ha sido denominada “la fe que busca entendimiento”. En otras palabras, como cristianos creemos en Dios, sin embargo Dios ha hecho que anhelemos entender en quién confiamos y por qué le creemos. Es aquí donde entra en juego la teología. La palabra teología proviene de una combinaron de dos palabras Griegas, theos, que significa Dios, y logia, que significa estudio –estudio de Dios.

Cuando se usa apropiadamente, la teología puede servir a la iglesia para combatir herejías o falsas enseñanzas. Esto debe ser así porque la mayoría de herejías provienen de interpretaciones incorrectas acerca de quién es Dios, interpretaciones que no encajan con la forma en que Dios se ha revelado a sí mismo en la Biblia. La tarea de proclamación de evangelio que hace la iglesia, desde luego, necesita apoyarse sobre el firme fundamento de la propia revelación de Dios acerca de él mismo.

Revelación

El conocimiento acerca de Dios no es algo a lo que nosotros, los seres humanos, podemos llegar por nuestra cuenta. La única forma en que podemos conocer verdaderamente acerca de Dios es escuchando lo que Él nos dice de sí mismo. El medio principal que Dios ha escogido para revelarse a nosotros es a través de la Biblia, un conjunto de escritos inspirados y recopilados durante muchos, muchos siglos bajo la supervisión del Espíritu Santo. Ni siquiera el estudio diligente de la Biblia nos puede conducir a un correcto entendimiento de quién es Dios –necesitamos más que solo estudio- necesitamos del Espíritu Santo para que nuestras mentes entiendan lo que Dios revela en la Biblia acerca de él. El meollo del asunto es que el verdadero conocimiento de Dios viene solo de él, no a través de estudios o razonamientos humanos.

La iglesia tiene la continua responsabilidad de examinar de forma crítica sus creencias y prácticas a la luz de la revelación divina. La teología es la búsqueda continua que hace la comunidad cristiana de fe acerca de la verdad, en tanto que, humildemente, procura la sabiduría divina y sigue la guía del Espíritu Santo hacia toda la verdad. Hasta que Cristo no regrese en gloria, la iglesia no puede asumir que ya ha logrado su objetivo.

Por esta razón es que la teología nunca debe llegar a ser una simple redeclaración de las creencias y doctrinas de la iglesia, sino por el contrario debe ser un proceso interminable de auto examen crítico. Es únicamente mientras permanecemos en la luz divina del misterio de Dios que tenemos verdadero conocimiento acerca de él.

Pablo denominó ese misterio divino como “Cristo en ustedes, la esperanza de gloria”. (Colosenses 1.27), el misterio de que a través de Cristo, Dios se complace en “reconciliar consigo todas las cosas, así las que están en la tierra como las que están en los cielos, haciendo la paz mediante la sangre que derramó en la cruz” (versículo 20)

La proclamación y la práctica de la iglesia cristiana necesitan siempre estar examinándose y ajustándose, con reformas grandes algunas veces, en tanto que continúa creciendo en la gracia y el conocimiento del Señor Jesucristo.

Teología dinámica

La palabra dinámica es un buen término para describir este esfuerzo constante de la iglesia cristiana para verse a sí misma y al mundo a la luz de la auto revelación de Dios, y así permitir al Espíritu Santo conformarla de tal manera que sea un pueblo que refleja y proclama a Dios tal como realmente es.

Observamos esta cualidad de la dinámica en la teología a través de la historia de la iglesia. Los apóstoles reinterpretaron las escrituras al proclamar que Jesús era el Mesías.

El nuevo evento de la auto revelación de Dios en Jesucristo trajo nueva luz a la Biblia, con la cual el Espíritu Santo abrió los ojos de los apóstoles.

En el siglo IV, Atanasio, obispo de Alejandría, utilizó en los credos palabras descriptivas que no estaban en la Biblia con el fin de lograr que los gentiles entendieran el significado de la revelación bíblica acerca de Dios. En el siglo XVI, Juan Calvino y Martín Lutero lucharon por la renovación de la iglesia a la luz de la demanda de la verdad bíblica de que la salvación viene solo por gracia a través de la fe en Jesucristo.

En los años de 1800, John McLeod Campbell intentó ampliar la limitada visión que de la expiación de Cristo por la humanidad tenía la iglesia de Escocia, y por ese hecho fue excomulgado. En épocas recientes nadie ha sido más efectivo en llevar a la iglesia a una teología dinámica fundamentada en la fe que Karl Barth, quien “llevó la Biblia de vuelta a Europa” después de que la teología liberal protestante se había casi “tragado” la iglesia debido a la iluminación del humanismo y la teología nativa de la iglesia alemana.

Escuchando a Dios

Siempre que la iglesia deja de escuchar la voz de Dios y en cambio cede ante sus propias presunciones y supuestos, se vuelve débil e ineficaz. Pierde propósito ante aquellos a quienes quiere llegar con el mensaje del evangelio.

Lo mismo aplica para cualquier parte del cuerpo de Cristo cuando se encierra en sus tradiciones e ideas preconcebidas, se empantana, se detiene, se estanca, lo contrario de la dinámica, y pierde su eficacia en la predicación del evangelio.

Cuando eso sucede, la iglesia empieza a fragmentarse, a resquebrajarse, los cristianos empiezan a alejarse unos de otros y de esta manera el mandato de Jesús de amarse unos a otros comienza a desvanecerse en la lejanía.

Así, pues, la proclamación del evangelio se vuelve solo un conjunto de palabras, frases con las que la gente está de acuerdo, pero nada más. El poder implícito en ese evangelio, de sanar las mentes pecaminosas, pierde su fuerza. Las relaciones se vuelven solo externas, estrictamente superficiales, carentes de la profunda unión y comunión con Jesús y de unos con otros, donde la sanidad genuina, la paz y el gozo se convierten en realidad.

La religión estancada es una barrera capaz de impedir a los creyentes que sean las personas que Dios quiere que sean en Jesucristo.

La doble predestinación

La doctrina de la elección o doble predestinación ha sido, por mucho tiempo, característica o distintivo en la tradición de la teología de la reforma (tradición que permanece en la sombra de Juan Calvino) Esta doctrina ha sido con frecuencia malinterpretada, distorsionada, y causa de interminable controversia y angustia.

El propio Calvino luchó con este asunto, y su enseñanza sobre el mismo ha sido interpretada por muchos como cuando, por ejemplo, se dice: “desde la eternidad Dios ha decretado que algunos serán salvos y otros condenados”

La interpretación de esta doctrina es descrita a menudo como hipercalvinismo, la que alimenta la idea fatalista de un Dios arbitrario y tirano, enemigo de la libertad del ser humano.

Tal acercamiento a la doctrina no es más que buenas noticias, como lo proclamó la auto revelación de Dios en Cristo Jesús. El testimonio bíblico describe la gracia electiva de Dios como asombrosa, no como espantosa. Dios, quien es amplio en amar, ofrece su gracia libremente a todo el que la reciba.

Karl Barth

En la corrección que hace el preeminente teólogo reformista de la iglesia moderna, Karl Barth acerca del hipercalvinismo, la redefine al centrar el rechazo y la elección en Jesucristo.

Él, cuidadosamente, describe por completo la doctrina de la elección en el Vol. II de su libro Dogmas de la Iglesia de una manera que es consistente con la revelación completa de Dios.

Barth demostró enérgicamente que dentro de un contexto Trinitario, la doctrina de la elección tiene un propósito central: el de declarar que el trabajo de Dios en la creación, reconciliación y redención se concreta completamente en la gracia de Dios dada a conocer a través de Jesucristo.

Esto confirma que el Trino Dios, quien vive eternamente en comunión amorosa incluirá a otros, por gracia, en esa comunión. El creador y redentor anhela profundamente una relación con su creación. Y las relaciones por naturaleza son dinámicas, no estáticas. Las relaciones sobrepasan el abismo de nuestra existencia y la transforman en vida verdadera.

En los Dogmas, donde Barth redefine la doctrina de la elección en un contexto de creador y redentor trinitario, la denomina “la esencia del evangelio”. En Cristo, Dios eligió a toda la humanidad en un pacto para compartir su vida en comunión a través de la concesión gratuita de auto constituirse Dios para la humanidad.

Jesucristo es ambos, el elegido y el rechazado por nuestra causa, y la elección individual y el rechazo pueden entenderse como legítima solo a través de él.

En otras palabras, el Hijo de Dios es el Elegido en nuestra representación. Como el hombre universal elegido, su vicario, su substituto, la elección es al mismo tiempo la condenación de la muerte (la cruz) en nuestro lugar y, la vida eterna (la resurrección) también en nuestro lugar. Esta labor de expiación y reconciliación de Jesucristo en la encarnación fue completa en cuanto a la redención de la humanidad caída.

Debemos por tanto responder positivamente al “sí” de Dios por nosotros en Cristo Jesús y abrazar y empezar a vivir en el gozo y la luz de lo que él ya ha asegurado para nosotros –unión, comunión, y participación con él en una nueva creación.

La nueva creación

En su importante contribución a la doctrina de la elección, Barth escribe: “Porque en la unión de Dios con este único hombre, Jesucristo, ha mostrado su amor y solidaridad para con todos. En este “único” él ha tomado sobre sí el pecado y la culpa de todos, y en consecuencia ha rescatado a todos por un derecho superior al juicio en el que habían incurrido, de modo que él es en realidad la verdadera consolación para todos”

Todo cambió en la cruz. La creación entera, lo sepa o no, ha sido, esta siendo, y será redimida, transformada y hecha nueva en Jesucristo. Estamos convirtiéndonos en una nueva creación en él.

Thomas F. Torrance, el principal estudioso e intérprete de Karl Barth, sirvió como editor cuando los Dogmas de la Iglesia de Barth fueron traducidos al inglés. Torrance creía que el Volumen II fue una de las más refinadas obras teológicas jamás escritas. Él está de acuerdo con Barth en que toda la humanidad ha sido redimida y elegida en Cristo.

El profesor Torrance en su libro La mediación de Cristo expone la revelación bíblica de que Jesús es no solo nuestro reconciliador expiatorio por su vida vicaria, muerte y resurrección, sino que además es nuestra respuesta perfecta a la gracia de Dios.

Jesús tomó nuestra caída y juicio sobre sí mismo, asumiendo el pecado y la maldad para redimir la creación a todo nivel y transformar todo lo que nos era contrario, en una nueva creación. Hemos sido liberados de nuestra naturaleza depravada y rebelde gracias a una relación interna con el único que nos justifica y santifica.

Torrance continúa explicando que “el no asumido es el no salvado” Lo que Cristo no ha cargado sobre sí no ha sido salvado. Jesús tomó sobre sí nuestra rebeldía, haciéndose como uno de nosotros para reconciliarnos con Dios. Así que él limpió, salvó, y santificó a la humanidad pecadora hasta lo más profundo en su amoroso acto vicario de encarnación por nosotros.

En vez de pecar como todos los demás humanos, él condenó al pecado en la carne viviendo una vida de perfecta santidad en la carne, y por su obediencia como hijo convirtió nuestra hostil y desobediente humanidad en una relación verdadera y amorosa con el Padre.

Al hacerse uno de nosotros en Jesucristo, el trino Dios se convirtió en lo que somos para redimirnos y reconciliarnos con su amor. Al tomar nuestra naturaleza pecadora y sanarla, Jesucristo se convirtió en el Mediador entre Dios y la humanidad caída.

Nuestra elección en el “único” Jesucristo, completa el propósito de Dios para la creación y define a Dios como el Dios que ama incondicionalmente. Torrance explica que “toda la gracia” no quiere decir “nada de humanidad”, sino que toda la gracia significa la totalidad de la humanidad. Es decir, por nosotros mismos no podemos ser o mantenernos siquiera en un 1%.

Por gracia a través de la fe, somos partícipes del amor de Dios por su creación de una manera más íntima que no era posible en el pasado. Esto significa que amamos a otros tanto como Dios nos ama porque por la gracia Jesucristo está en nosotros y nosotros en él.

Esto solo ocurre dentro del contexto del milagro de una nueva creación. La revelación de Dios para la humanidad viene del Padre a través del Hijo en el Espíritu, y la humanidad redimida responde por fe en el Espíritu al Padre a través del Hijo.

Hemos sido llamados a santidad en Cristo. Gracias a él disfrutamos de la liberación del pecado, de la muerte, la perversidad, la miseria y el juicio que nos eran contrarios. Nosotros correspondemos o demostramos amor a Dios con nuestro agradecimiento, adoración, y servicio dentro de la comunidad de fe. En su relación de sanidad y salvación con nosotros, Jesucristo está comprometido en personalizarnos y humanizarnos, o sea, convertirnos en gente escogida en él. A la vez, en todas nuestras relaciones con él, nos hace verdadera y completamente humanos en nuestra respuesta personal de fe. Esto ocurre en nosotros gracias al poder del Espíritu Santo que nos une a la humanidad perfecta del Señor Jesucristo.

Toda la gracia de hecho significa toda la humanidad. La gracia del Cristo crucificado y resucitado por nosotros no menosprecia la humanidad que vino a salvar. La gracia incondicional de Dios trae a la luz todo lo que somos y hacemos.

Aun con nuestro arrepentimiento y fe no podemos confiar en nuestra propia respuesta, sino que por fe confiamos solo en la respuesta que Cristo ha ofrecido al Padre en lugar y representación nuestros. En su humanidad, Jesús se convirtió en nuestra respuesta vicaria a Dios en todas las cosas, incluyendo la fe, conversión, adoración, celebración de sacramentos y el evangelismo.

Desconocido

Desafortunadamente, Karl Barth ha sido generalmente desconocido, ignorado o malinterpretado por el evangelismo norteamericano, y a menudo Thomas Torrance es presentado como muy difícil de entender. Pero el hecho de no apreciar la naturaleza dinámica de la teología que es demostrada en la reelaboración que hace Barth de la doctrina de la elección, es causa de que muchos cristianos, sean evangélicos o reformistas, permanezcan presos en la trampa del “conductismo”, luchando por entender dónde pone Dios el límite entre el comportamiento humano y la salvación.

El gran principio reformista en marcha debería liberarnos de las viejas ópticas, y teologías basadas en el comportamiento que inhiben el crecimiento, promueven el estancamiento e impiden la cooperación ecuménica dentro del cuerpo de Cristo. ¿No es la iglesia a menudo, aun hoy, impedida del gozo de la gracia por encajonarse con toda forma de legalismo? Por esta razón la iglesia es no pocas veces caracterizada como un bastión de juzgamiento y exclusivismo en vez de un testimonio de la gracia.

Todos tenemos una teología –una manera de pensar acerca de Dios y entenderlo- lo sepamos o no. Y nuestra teología afecta la manera como entendemos y lo que pensamos de la gracia y la salvación de Dios. Si nuestra teología es dinámica e íntima estaremos dispuestos a oír a la siempre presente palabra de Dios acerca de la salvación, la cual nos concede ampliamente solo a través de Jesucristo. Por otro lado, si nuestra teología es estática, nos marchitaremos en una religión de legalismo, juzgamiento, y estancamiento espiritual.

Si no experimentamos a Jesús de manera activa y real que sazona todas nuestras relaciones con misericordia, paciencia, bondad, y paz, experimentaremos en cambio el juicio, el exclusivismo y la condenación de aquellos que no concuerden con nuestros cuidadosamente definidos estándares de santidad.

Nueva creación en libertad

La teología marca una diferencia. La manera en que entendemos a Dios afecta la manera en que entendemos la salvación y cómo vivimos la vida cristiana. Dios no es el prisionero de ninguna idea estática, humanamente razonada sobre lo que tendría o debería de ser. Los humanos no estamos en condiciones de razonar quién es Dios y a qué se debe parecer. Dios, en cambio sí nos lo dice y él es libre de ser exactamente tal como lo desee, y él se ha revelado a sí mismo en Jesucristo como el Dios que nos ama, está con nosotros y escoge hacer la causa humana – incluida la suya y la mía – como propia.

En Jesucristo, somos liberados de nuestra mente pecaminosa, de nuestra jactancia y desesperanza, y por gracia renovados para experimentar la paz shalom de Dios es su amorosa comunidad de fe. En Jesús, somos libres como la nueva creación de Dios, y como tal aprendemos, en Jesús, a amar como Dios ama: incondicionalmente.

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