En meses recientes, he sentido que he vuelto a cursos de posgrado. La razón es que uno de los términos populares en el mundo de los negocios ha entusiasmado a muchos de nosotros en la iglesia y se ha convertido en uno de los conceptos más frecuentemente discutidos.

No obstante, por haber estudiado la movilización como un instrumento en los negocios, siento la necesidad de exhortarlos a entender el proceso desde la perspectiva cristiana. Si buscamos la movilización meramente adoptando el concepto del mundo de los negocios, podríamos cometer errores muy serios.

Ahora bien, no me malentiendan. La movilización, como la practican muchos en el mundo de los negocios, es una forma muy ilustrativa para que la gente trabaje en armonía. Es ciertamente mejor que la mayoría de las otras formas de administración. Ciertamente, podemos aprender de aquellos que escriben sobre la movilización. Tienen muchas técnicas provechosas y métodos que nos pueden ayudar a ser más eficaces y eficientes como iglesia.
Pero debemos reconocer que la movilización, practicada por los cristianos, debe tener un punto de partida diferente del de aquellos que usan el concepto en el mundo de los negocios.
En el mundo de los negocios lo primordial es… bueno, lo primordial. Es decir, los administradores están dispuestos a compartir autoridad para garantizar más ganancias o utilidades. Si el permitirles a otros que den su opinión en cuanto a cómo se deben hacer las cosas los hace sentir mejor y trabajan más arduamente, que así sea. Aquí el «poder» en la movilización se convierte en una baza de negociaciones que resulta en mayor productividad y ganancias o utilidades.

En el mundo cristiano, vemos que mientras más la gente participa más satisfechos y dedicados se sienten. Los cristianos parecen sentirse «propietarios» de su iglesia y su bienestar cuando pueden expresar su opinión en cuanto a aquello que afecta su iglesia.
Pero esos beneficios, no importa cuán significativos y deseables puedan ser, no deben ser nuestra razón fundamental para adoptar la movilización.

La Movilización Divina

La razón por la cual el movilizar a las personas trae tantos beneficios es porque la movilización es un principio divino. Dios creó a los seres humanos para darles poder. Desde el Jardín del Edén («Sed fecundos y multiplicaos. Llenad la tierra; sojuzgadla y tened dominio sobre…») hasta el libro de Apocalipsis («He aquí vengo pronto, y mi recompensa conmigo, para pagar a cada uno…») vemos a un Dios Todopoderoso que prodiga poder y gloria a los objetos de su creación.

Desafortunadamente, desde ese mismo Jardín («Y fueron abiertos los ojos de ambos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos. Entonces cosieron hojas de higuera, y se hicieron ceñidores») hasta el libro de Apocalipsis («Se mordían las lenguas de dolor y blasfemaron al Dios del cielo por sus dolores y sus llagas, pero no se arrepintieron de sus obras») vemos la impotencia del hombre para aceptar y usar ese poder constructivamente.

¿Cuál fue la solución de Dios para el rechazo de su oferta? El ministerio de movilización de Jesús. «Conocéis la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que siendo rico, por amor de vosotros se hizo pobre, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos», como dijo Pablo.

¡Es algo maravilloso! La reacción de Dios hacia una humanidad espiritualmente empobrecida es su deseo de enriquecernos. No obstante, ¿cuánto quiere Él hacer esto? Hasta el punto de hacerse uno de nosotros, y pagar la pena de nuestros pecados, de hecho, ¡haciéndose a sí mismo pobre!

¿Por qué habría de hacer esto Dios?

No porque tengamos poder inherente o piedad. «Aún siendo nosotros débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos» (Romanos 5:6).

No porque tuviéramos justicia alguna. «Siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

No por nuestra simpatía para con Dios. «Cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Romanos 5:10).

Ya que no merecemos el ministerio de movilización de Cristo, ¿por qué lo enviaría Dios a tal misión?

«Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna» (Juan 3:16).

«En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros: en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo para que vivamos por él» (1 Juan 4:9).

«Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8).

La esencia de la movilización cristiana es el amor, el amor de Dios por su creación.

El amor que conduce a una vida llena de poder

Ese debe ser nuestro punto de partida cuando nosotros, como cristianos, abordamos el proceso de movilización. Si no comenzamos con el amor, podríamos ser tentados a usar técnicas de movilización para la manipulación política, la popularidad o el engrandecimiento personal.

Sin embargo, ¿cómo nos aseguramos de que nuestros motivos estén basados en el amor? Como todo en la vida cristiana, la movilización comienza al pie de la cruz. Es allí donde nuestra impotencia se enfrenta cara a cara a la movilización de Dios. Cuando esto ocurre, ya no podemos ser los mismos. Somos transformados. Esto fue lo que le ocurrió al apóstol Pablo. Escuchemos sus palabras: «Doy gracias al que me fortaleció, a Cristo Jesús nuestro Señor, porque me tuvo por fiel al ponerme en el ministerio, a pesar de que antes fui blasfemo, perseguidor e insolente. Sin embargo, recibí misericordia porque, siendo ignorante, lo hice en incredulidad. Pero la gracia de nuestro Señor fue más que abundante con la fe y el amor que hay en Cristo Jesús» (1 Timoteo 1:12-14).

Pablo dice que fue al pie de la cruz donde él experimentó la motivadora gracia, fe y amor de Dios. El amor mismo de Dios fue derramado en su corazón. Él comenzó a buscar —y a preocuparse por— la gente de una manera diferente. Se sintió obligado a compartir las buenas nuevas de Jesús con ellos, para que ellos también pudieran experimentar el mismo amor motivador que él había experimentado (1 Corintios 9:16-22).

¿Cuánto quería Él compartir estas buenas noticias con ellos? Como su Señor, hasta el punto de sacrificio personal. «En la ley de Moisés está escrito: No pondrás bozal al buey que trilla. ¿Tiene Dios cuidado sólo de los bueyes? Me hice débil para los débiles, a fin de ganar a los débiles. A todos he llegado a ser todo, para que de todos modos salve a algunos» (1 Corintios 9:9, 22). «Desearía yo mismo ser separado de Cristo por el bien de mis hermanos, los que son mis familiares según la carne» (Romanos 9:3).

El flujo del amor motivador de Dios

Dios le dio a Pablo la habilidad de amar tanto a la gente que quería que desarrollaran al máximo su potencial. Y ese amor no se expresaba solo en palabras. Pablo deseaba tanto lo mejor que Dios le podía dar a los demás que estaba dispuesto a sufrir para ayudar a lograr este fin. Como su Salvador, estaba dispuesto a ser empobrecido en cierta manera para que otros pudieran recibir poder.

Y, él añade, que nosotros también debemos ser traídos a este punto. «Se os ha concedido a vosotros, a causa de Cristo, no solamente el privilegio de creer en él, sino también el de sufrir por su causa» (Filipenses 1:29). «Así que, los que somos más fuertes debemos sobrellevar las flaquezas de los débiles y no agradarnos a nosotros mismos. Cada uno de nosotros agrade a su prójimo para el bien, con miras a la edificación. Porque Cristo no se agradó a sí mismo; más bien, como está escrito: Las afrentas de los que te afrentaron, cayeron sobre mí… Y el Dios de la perseverancia y de la exhortación os conceda que tengáis el mismo sentir los unos por los otros, según Cristo Jesús» (Romanos 15:1-3, 5).

Implicaciones

Cuando usted oye hablar sobre la movilización en la iglesia, ¿qué le viene a la mente? ¿Ve usted la oportunidad de obtener poder? Esto es ciertamente. Pero, ¿poder para hacer qué? ¿Para implementar sus ideas a la fuerza? ¿Para hacer lo que usted quiera? ¿Para desquitarse de aquellos que en su opinión abusaron del poder en el pasado? ¿Para asegurarse de que nadie le diga lo que tiene que hacer?

¿O es esta una oportunidad para unirse a Jesús en la causa de ayudar a otros a llegar a ser lo que Dios quiere que sean, aun si esto significa que debemos hacer sacrificios personales?
Pablo desafió a los cristianos del primer siglo al mostrarles cómo facultar a otros que no estaban de acuerdo con ellos. La situación que él escogió —las carnes limpias e inmundas— parece ser algo trivial para nosotros hoy. Mas en los detalles insignificantes de la vida es que tenemos la oportunidad de facultar a otros.

Pablo escribió: «Así que, no nos juzguemos más los unos a los otros; más bien, determinad no poner tropiezo, impedimento u obstáculo al hermano. Yo sé, y estoy persuadido en el Señor Jesús, que nada hay inmundo en sí; pero para aquel que estima que algo es inmundo, para él sí lo es. Pues si por causa de la comida tu hermano es contristado, ya no andas conforme al amor. No arruines por tu comida a aquel por quien Cristo murió. Por tanto, no dejéis que se hable mal de lo que para vosotros es bueno; porque el reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo. Porque el que en esto sirve a Cristo, agrada a Dios y es aprobado por los hombres. Así que, sigamos lo que contribuye a la paz y a la mutua edificación» (Romanos 14:13-19).

Para la congregación de Roma, vivir una vida llena de poder tenía mucho que ver con la manera en que se trataban unos a otros en los detalles insignificantes de la vida. ¿Había paz, unidad y edificación mutua? O ¿había intolerancia, división y crítica?

Para nosotros, los asuntos son los mismos. ¿Cómo manejamos los detalles insignificantes de nuestra propia vida? ¿Detalles como el estilo de adoración? ¿Y qué tal usted? ¿Está ayudando a Jesús a facultar a otros? ¿O está buscando poder para sí mismo? Podríamos usar las técnicas de la movilización para estos propósitos. Sus propósitos serán determinados por lo que haya en su corazón. La decisión es suya. O nos postramos ante el altar de la adoración propia, o al pie de la cruz para ser transformados. Creo que todos sabemos ante que Jesús quiere que nos postremos.

Charles B. Fleming

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