La madre sirofenicia

T R A N S E U N T E

(Mateo 15: 21-28; Marcos 7:24-30)

por Joyce Catherwood

Estaba más que desesperada. Mi preciosa hija estaba terrible y completamente enloquecida. Lo intenté todo, pero nada servía. Había escuchado del gran sanador israelita, Jesús, de sus milagros y de cómo algunos eran sanados con sólo tocarlo. Los judíos aborrecían a nuestro pueblo; así que cuando llegó la noticia que Jesús venía a Sirofenia, no podía creer que Jesús realmente estuviera aquí. Tenía que encontrarlo y busqué por todas partes.

Finalmente lo encontré. Mi corazón se llenó de esperanza cuando corrí hacia el patio de la casa donde él estaba. Entonces lo vi. “Señor, Hijo de David, ten misericordia de mí”, clamé y le rogué que sanara a mi hijita. Al principio no me contestó. Me volví a sus discípulos, pidiéndoles que me ayudaran a llegar donde Jesús. Ellos rápidamente se molestaron conmigo y pidieron a Jesús que me echara de allí. Ellos parecían leer en su silencio que él también estaba molesto conmigo. Al fin Jesús habló. Aliviada porque al menos me había respondido, corrí a él y caí a sus pies en adoración y oré: “¡Señor, ayúdame!”
Él me explicó que había sido enviado sólo a Israel y que yo debía entender que no se debe quitar el pan a los hijos y darlo a los perros. Los niños deben comer todo lo que quieran primero. Y yo sabía que él sólo había estado haciendo milagros en las regiones judías. Sabía que nosotros vivíamos en un lugar pagano. Pero él estaba allí. “Sí Señor, lo sé. Pero hasta los perros comen las migajas que caen de la mesa de su amo”. Al mirarlo, buscando la mínima señal positiva, Jesús sonrió, obviamente movido por mi respuesta. ¡Me dijo que yo tenía gran fe y el deseo de mi corazón se había cumplido!

¡Mi hija fue sanada! Le agradecí una y otra vez. Luego corrí todo el camino a casa y encontré a mi pequeñita durmiendo pacíficamente. Nunca más el rostro de mi dulce hija se contorsionaría con temor y angustia. Me acosté a su lado y lloré lágrimas de gozo. Jesús había cruzado la frontera hacia nuestra tierra y había hecho a un lado los argumentos de los fariseos. Aunque en mi desesperación yo había creado un alboroto, la piedad divina había cruzado fronteras físicas y raciales ese día, cuando él me escuchó a mí, una extranjera. Recibí pan, no migajas, de la mesa del maestro.

Escribe tu comentario:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.