¿Depende de ti la fe (o falta de fe) de tu hijo?

Por Jeb Egbert

La mayoría de los padres cristianos lo que más quieren es que sus hijos conozcan a Jesucristo. Durante años he leído varios pasajes de las Escrituras que formaron mi enfoque sobre la crianza de los hijos. Por ejemplo, Deuteronomio 6:7, en el contexto de los mandamientos que Dios dio a los israelitas después de su éxodo de Egipto, dice: «Incúlcaselas continuamente a tus hijos. Háblales de ellas cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes»

Proverbios 22:6, en mi entendimiento anterior, pone una gran presión sobre los padres, ya que dice: «Instruye al niño en el camino correcto y aún cuando fuere viejo no se apartará de él».

Tales pasajes me convencieron de que el compromiso de mis hijos hacia Jesús dependía directamente de cómo yo los educara. Sólo si yo hacía bien mi trabajo con mis hijos, ellos «no se apartarían» del camino correcto. ¡Qué presión! ¡Más vale que eduque bien y cristianamente a mis hijos!

¿Depende todo de ti?

Pero, la relación eterna del niño con Dios ¿realmente depende de la educación que sus padres o sus tutores les hayan dado? Algunos padres trabajan con sus hijos desde una edad temprana, leyéndoles la Biblia, orando con y por ellos, haciéndoles participar en múltiples actividades y diferentes funciones de la iglesia, asegurándose de que asistan a campamentos y viajes misioneros, los exponen a ministros apasionados y carismáticos, solo para verlos alejarse del cristianismo cuando son adultos.

En mi ministerio de mas de 30 años, muchos de ellos dedicados exclusivamente a trabajar con niños y adolescentes, he sido abordado por numerosos padres cristianos «modelos» llenos de sentimientos de culpa y pena, porque a pesar de haber seguido fielmente todos los principios «correctos» en la educación de sus hijos, cuando alcanzan la edad adulta no llegan a tener interés en desarrollar una relación con Jesús.

Al principio de mi ministerio, podría haber concluido que esos padres no hicieron un buen trabajo al educar a sus hijos en disciplina y amonestación del Señor (Efesios 6:4). No importa qué tan devotamente lo hubieran hecho, yo habría pensado que si hubieran hecho realmente su trabajo, sus hijos automáticamente se convertirían en adultos cristianos comprometidos.

Dios quiere que nuestros hijos tengan una relación con Él. Él está trabajando en ellos, y es paciente en esa labor

El papel de los padres

Una investigación muestra que quienes entraron en una relación de compromiso con Jesús lo hicieron antes de la edad de 13 años. La investigación de George Barna en el 2004 (www.barna.org) indica «que casi la mitad de todos los estadounidenses que aceptan a Jesucristo como su Salvador los hacen antes de llegar a la edad de 13 años (43%), y que dos de cada tres cristianos nacidos de nuevo hacen su compromiso con Cristo antes de cumplir los 18 años. “Además, la investigación de Barna muestra que “entre los cristianos que abrazaron a Cristo antes de sus años de adolescencia, la mitad llegó a Cristo por sus padres, con otro uno de cada cinco llevados por algún otro amigo o pariente”.

Las palabras de Pablo en 2 Timoteo 3:14-15 son de interés en este contexto: «Pero persiste tú en lo que has aprendido y te has persuadido, sabiendo de quienes lo has aprendido y que desde tu niñez has conocido las Sagradas Escrituras, las cuales te pueden hacer sabio para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús». Los padres claramente tienen un papel importante, pero eso no cambia el hecho de que la fe es un asunto personal, que todos los individuos deben decidir por sí mismos.

¿A qué edad pueden los niños empezar a confiar en Cristo?

Muchos cristianos creen que los niños deben llegar a cierta edad para poder llegar a comprender en verdad la plenitud del mensaje del evangelio de Jesús. En el principio de mi ministerio estaba convencido que los pre-adolescentes (e incluso los adolescentes) y los niños no eran lo suficientemente maduros para hacer un compromiso con Jesús. Yo esperaba que los jóvenes llegaran a cierta edad para hacerles hincapié en «producir frutos dignos de arrepentimiento» (Mateo 3:8). Incluso no me podía imaginar a un niño sabiendo la ramificación completa de lo que es el «arrepentimiento».

Los padres tienen claramente un papel importante, pero eso no cambia el hecho de que la fe es un asunto personal, que todos los individuos deben decidir por sí mismos.

Entonces, ¿qué es el arrepentimiento? Hace varios años, mi esposa me compartió una experiencia con respecto a un momento en que ella estaba trabajando con niños relativamente jóvenes en el ministerio para niños. Ella dijo que cuando a un niño pequeño, al rededor de los 6 años, se le preguntaba sobre su compromiso, él simplemente decía: «Elijo a Dios.» ¡Wow! ¿Qué más hay que decir con respecto al arrepentimiento?

Uno de los grandes momentos de mi vida fue ver a uno de mis hijos, a sus 10 años, puesto de rodillas con uno de sus amigos, tomando la comunión. Es un momento que nunca olvidaré. ¿Podría ser real? ¿Podría ser duradero? Parecía demasiado joven.

La voluntad y obra de Jesús

Pedro dice en 2 Pedro 3:9: «El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza. Él es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento». Este es el mismo Pedro quien dijo en Hechos 15:11: «Creemos que es por la gracia de nuestro Señor Jesucristo que somos salvos.»

La gracia es la obra de Jesús, no el trabajo de los padres. Los padres fallamos. Cometemos errores. Pero la gracia cubre esos errores. La gracia dice: «A pesar de los errores, te amo y te rescato». Timoteo añade: «Esto es bueno y agradable a Dios nuestro Salvador, que quiere que todos sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad» (1 Timoteo 2:3-4).

La obra de Jesús es una obra de gracia, y es una obra que está viva en todas las personas, incluyendo a nuestros hijos. Jesús es paciente. Su tiempo es diferente al nuestro.

Queremos saber que nuestros hijos tienen una relación de compromiso con Jesús, y nos quedamos perplejos e incluso perturbados cuando no vemos evidencia de tal relación. Sin embargo, podemos descansar en el hecho de que Dios no sólo es paciente con todos, sino que quiere que todos seamos salvos.

Los padres tienen un papel importante en enseñar a sus hijos con respecto a llevar una relación duradera con Jesús. Pero las elecciones de los hijos no dependen totalmente de lo bien que los padres les enseñaron.

Dios quiere que nuestros hijos tengan una relación con él. Él está trabajando en ellos, y Él es paciente en esa labor. Eso no disminuye la importancia de nuestra enseñanza a nuestros hijos. Pero debería de darnos la pauta para confiar a nuestros hijos a Dios, en lugar de preocuparnos por nosotros mismos. Nuestro papel como padres es sólo una pequeña parte del cuadro. El papel de Jesús como Redentor es lo que realmente importa.

Entonces, ¿qué debemos hacer?

Es nuestra responsabilidad como adultos educar a nuestros hijos en la exortación bíblica, en la disciplina y amonestación del Señor. Y si lo hacemos, ¿Podemos estar seguros que nuestros hijos tendrán la relación profunda, duradera e íntima con Dios por la que oramos? No, nosotros no podemos. Pero gracias a Dios no depende de nosotros.

Lo que podemos saber es que Dios ama incondicionalmente a nuestros hijos, que Cristo los ha incluido en su obra redentora y expiatoria, que nunca dejará de obrar en ellos y nunca dejará que le alejen de Él.

Como padre, ¡no se me ocurre ninguna garantía mejor que esta! 

Foto–iStockphoto

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