Se ha dicho que solo hay alrededor de siete historias en todo el mundo, y que el hilo conductor de cada libro o película es simplemente una variación de alguna de ellas. La más común es la batalla entre el bien y el mal, y normalmente incluye a un salvador.

Una historia conocida es la del rey Arturo, Ginebra y Camelot. Es un medio idílico hasta que entra en escena un poco de mal en forma de una tentación. La reina es seducida por Lancelot, el mejor amigo del rey. Cuando el rey descubre su infidelidad se enfrenta a una elección dolorosa: No cumplir la ley o la muerte de su amada Ginebra. Pero sabe que su muerte es la única acción que satisfará la ley y hará justicia.

Hay muchas versiones de la historia de Arturo y su reina, pero algunas partes son constantes. De la misma forma que hicieron Adán y Eva en el Jardín del Edén, Ginebra cayó en la tentación, lo lió todo y necesitó que la salvaran. Pero aquí es donde Camelot se separa de la historia original y de la verdad. Aunque Arturo se debatía entre la decisión de de- jar que el amor de su vida muriera y hacer justicia, o dejarla marchar y negar la ley; la decisión y el plan de Dios eran claros desde el principio. A diferencia de Arturo, Dios no está sujeto a la ley, sino que la creó. No dudó en si equilibrar la balanza de la justicia, porque él mismo es la justicia. Su plan de morir en nuestro lugar no fue para cumplir cualquier requisito de la ley. Algunos ven en la gracia un gran acto de equilibrio, con la misericordia en un lado y la santidad de Dios en el otro, como si hubiera establecido límites sobre cuanto perdonar. Lo que Jesús hizo se llama a veces el Gran Intercambio, lo que hace que suene a una transacción de negocios, en lugar de al acto más grande de amor jamás llevado a cabo.

Humanamente hablando creemos que todo tiene que ser justo. ¿Recuerdas la parábola de los obreros de la viña que fueron al amanecer? Recibieron el mismo salario que los que fueron al atardecer. A nosotros eso nos parece bastante injusto e incluso un poco extravagante. Pero la balanza de la justicia que Dios usa no es como las humanas. El amor y la gracia de Dios son totalmente injustas. Cuando Jesús fue a la cruz todos fuimos perdonados. Todos fuimos invitados al banquete eterno con el Padre, el Hijo y el Espíritu. Ningún pecado es demasiado grande para no ser limpiado. Nadie está más allá de su ayuda. Nadie está fuera de su alcance y nadie debe ser castiga- do como una forma de equilibrar a la gracia y a la justicia.

Si Dios usara una balanza, un platillo estaría en el cielo y el otro descansando sobre la mesa. ¿Cómo puede ser la gracia tan desequilibrada? El amor y la gracia de Dios pesan mucho más que sus propias leyes incluso. Bendito sea Dios que a diferencia del rey Arturo, es más poderoso que la ley. Y usa una balanza diferente, una de misericordia equilibrada solo con más amor y gracia.

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