Compartiendo la vida de CristoUn estudio de Romanos 8:1-17

 por Michael Morrison

La carta de Pablo a los Romanos tiene tres partes principales: Una presentación del evangelio (capítulos 1-8), El lugar de Israel en el plan de Dios (capítulos 9-11) y exhortaciones en la vida del cristiano (capítulos 12-15). Nuestro estudio comienza al final del la explicación de Pablo respecto al evangelio. Es el clímax, y las verdades que Pablo discute son verdaderamente asombrosas.

¡Ninguna Condenación!

El capítulo empieza con una asombrosa declaración: “Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte”. (vv 1-2).

Debido a lo que Cristo ha hecho, ningún creyente está contado como culpable y no habrá ninguna condena en el día del juicio.  Nosotros pecamos, pero no hay ninguna condenación, si nosotros no pecamos, la cuestión de la condenación ni siquiera debería mencionarse. Pablo sabe que nosotros pecamos, sin embargo él está diciendo, que no hay ningún castigo eterno para los cristianos aunque ellos pecaran.

¿Es difícil creer esto? Sí, porque nosotros sabemos que el pecado merece ser castigado. Pablo está de acuerdo, pero el evangelio anuncia que Cristo ha tomado nuestro castigo en él. Porque él pagó la pena por completo, nosotros no necesitamos pagarla de nuevo. Cristo ya ha recibido toda la condenación que nosotros merecemos, Así que no hay ninguna condenación que espera por nosotros. Si tenemos la fe en él, No debemos tener miedo. El pecado tiene castigos físicos en esta vida, pero para aquellos que estamos en Cristo, no existe ningún castigo.

¿Por qué? Porque Jesús nos ha hecho libres de la ley del pecado y de la muerte, libres de la ley que nos pueda condenar. La ley que dice, «Los que pecan morirán» no tiene ninguna aplicación en nosotros.

Dios no quiere que ninguno de nosotros pequemos, pero si continuamos pecando, no seremos condenados si creemos en su Hijo (Juan 3:18). La ley no nos da la vida eterna, sino Dios y él lo hizo a través de la muerte de Cristo. “En efecto, la ley no pudo liberarnos porque la naturaleza pecaminosa anuló su poder; por eso Dios envió a su propio Hijo en condición semejante a nuestra condición de pecadores, para que se ofreciera en sacrificio por el pecado. Así condenó Dios al pecado en la naturaleza humana” (Romanos 8:3).

Jesús no vino a condenar a los pecadores. Vino a condenar al pecado. Vino a castigar el pecado, quitar el poder que el pecado tiene para condenarnos. Vino a darnos vida, y hacer que la justicia de la Ley se cumpliera en nosotros “a fin de que las justas demandas de la ley se cumplieran en nosotros, que no vivimos según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu”. (v. 4). En su vida y en su muerte, Jesús satisfizo todas las demandas de la ley. Ninguna demanda más puede haber.

La vida en el Espíritu

Pablo nos dice que los cristianos no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu. (v. 4). Los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, piensan en las cosas del Espíritu. “Los que viven conforme a la naturaleza pecaminosa fijan la mente en los deseos de tal naturaleza; en cambio, los que viven conforme al Espíritu fijan la mente en los deseos del Espíritu”. (v. 5). Nosotros no somos perfectos, pero como somos llevados por el Espíritu, pensamos y hacemos las cosas de Dios.

Antes que nos convirtiéramos en creyentes, nuestras mentes estaban señaladas por la muerte. El inconverso es hostil a Dios. No se somete a las leyes de Dios, ni puede hacerlo. Es rebelde y desobediente. Pablo concluye que aquellos controlados por la naturaleza pecadora no pueden agradar a Dios: “La mentalidad pecaminosa es muerte, mientras que la mentalidad que proviene del Espíritu es vida y paz. La mentalidad pecaminosa es enemiga de Dios, pues no se somete a la ley de Dios, ni es capaz de hacerlo. Los que viven según la naturaleza pecaminosa no pueden agradar a Dios”. (vv 6-8).

Pero ahora, nosotros no somos controlados por la naturaleza pecadora. “Sin embargo, ustedes no viven según la naturaleza pecaminosa sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios vive en ustedes. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Cristo”. (v. 9). El Espíritu Santo vive y guía a todos los que pertenecen a Cristo y la mente controlada por el Espíritu es vida y paz (v. 6). Si no queremos vivir una vida recta, entonces no pertenecemos a Cristo.

Nuestro cuerpo viejo está muerto debido al pecado, y recibió su paga en la cruz (6:2-6). En Cristo, sin embargo, tenemos vida nueva. “Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto a causa del pecado, pero el Espíritu que está en ustedes es vida a causa de la justicia”. (8:10). Porque Cristo es justo y nosotros estamos en él y el Espíritu nos da vida.

“Y si el Espíritu de aquel que levantó a Jesús de entre los muertos vive en ustedes, el mismo que levantó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu, que vive en ustedes”. (v. 11). El Dios que resucitó a Jesús de la muerte también nos resucitará, si su Espíritu está viviendo en nosotros. Nuestros cuerpos resucitarán como su inmortal, incorruptible y plena gloria. El Espíritu Santo es esencial para nuestra salvación.

Nuestra obligación

“Por tanto, hermanos, tenemos una obligación, pero no es la de vivir conforme a la naturaleza pecaminosa”. (v. 12). “Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán”. (v. 13). Pablo no dice que directamente es nuestra obligación, sino que implica que estamos obligados a vivir acorde con el Espíritu de Dios. No hay una última pena por el fracaso, dice Pablo en el versículo 1, pero la obligación todavía permanece: Porque si ustedes viven conforme a ella, morirán; pero si por medio del Espíritu dan muerte a los malos hábitos del cuerpo, vivirán (v. 13). Somos llamados a servir al Espíritu, no a la carne. Estamos llamados a servir a Dios, no a nosotros mismos. Él nos ordena que resistamos al pecado.

La persona vieja se condena; la persona nueva no. Por consiguiente, nosotros queremos pasar mucho más de nuestra vida a lo nuevo. De cualquier manera actuamos según la carne pecadora que morirá, mas sin embargo actuamos en la obediencia de Dios y seremos de un valor eterno. Cuanto más eliminamos al pecado y cuanto más obedecemos a Dios, más estamos vivos. “Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (v. 14). Si estamos en Cristo, somos guiados por el Espíritu a una vida que agrada a Dios.

El Espíritu no nos esclaviza o nos asusta con trampas de condenación, sino que nos da una seguridad como miembros de la familia de Dios: “Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios”. (vv 15-16).

Puesto que el Espíritu vive en nosotros, podemos confiadamente llamar a Dios nuestro Padre, y esto tiene una implicación importante. “Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria.” (v. 17). Esto también significa una convicción de la salvación y una convicción de la gloria. Pero también significa que sufrimos en esta era, como Jesús sufrió también. Compartimos sus sufrimientos para que también podamos compartir su gloria.

Cuando nuestras vidas están en Cristo, entonces compartimos su vida. Compartimos en sus sufrimientos, en su muerte, en su rectitud y en su resurrección. Como hijos de Dios, somos los co-herederos con Cristo, compartiendo quién él es y lo que él ha hecho.  ¡Estamos unidos con él, por siempre en la gloria!


Preguntas para conversar o meditar

  1. Si no hay ninguna condenación para los creyentes (v.1), ¿podemos tener sentimientos de culpa en la vida? ¿por qué?
  2. ¿De qué manera el Espíritu «controla» nuestras mentes? (v.6)
  3. ¿Cómo conseguimos la habilidad de aniquilar nuestras iniquidades? (v.13)
  4. Cuando llamamos a Dios «Padre», ¿sentimos miedo o es un privilegio? (v.16)

 


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Este artículo fue publicado en la Revista Odisea Cristiana No. 1

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