Resultado del movimiento de rotación de la tierra, es la manifestación de lo que conocemos como el día y la noche. Mucho se habla del día, pero la noche tiene características muy peculiares. Para la mayoría de las personas, el tránsito, a través de la noche, no tiene nada de especial, sin embargo, con el advenimiento de la noche llega la hora del descanso. Dios en su sabiduría infinita decretó que estos cuerpos humanos físicos y decadentes, tuvieran cierto tiempo para destinarlo al descanso, y qué mejor durante la noche, en el tiempo en que no se puede hacer trabajo porque la oscuridad impide desempeñarse al 100 %; además la noche se relaciona con el mal; a Satanás y a sus demonios se les relaciona con la oscuridad, y es que separados de Dios, vivimos en tinieblas, una manifestación de la muerte. Y conforme va transcurriendo la noche, en las horas de la madrugada, comenzamos a anhelar la presencia de la luz del nuevo día para continuar nuestras labores interrumpidas el día anterior y porque nos invade el temor.

Para ilustrar este hecho, el rey David, en forma poética, nos da una imagen del sol, yéndose a “dormir” a su alcoba nupcial, para despertar al día siguiente y, como atleta, continuar su carrera diaria cumpliendo con su trabajo (Salmo 19:4-6).

Se dice que en el tiempo cercano al amanecer la noche se hace más densa y oscura, siendo rota por la luz del sol que irrumpe tempestivamente por el oriental horizonte.

Creamos este hecho o no, nos manifiesta lo que podemos observar tanto en la vida social, como en la espiritual. Muchas veces, cuando nos encontramos en una situación difícil, que no nos permite ver la salida, que nos orilla a declararnos derrotados, de momento y sin que lo esperemos, llega la solución.

En este tipo de situaciones, cuando nos ponemos en las manos de Dios, es Él quien espera hasta el último instante para asirnos con su mano poderosa; nos saca del hoyo, como decía el rey David.

Cuando vivimos nuestra vida confiando solo en nuestras fuerzas e inteligencia, seguro que llegaremos a tocar fondo, a vivir situaciones donde ya no hay salida, donde al siguiente segundo de nuestra vida, nos declararemos derrotados o, en situaciones extremas, muertos.

Sin embargo Dios no nos creó para vernos derrotados o muertos, nos creó con tan infinito amor que nos destinó a la vida, la misma vida de Él, la vida por excelencia: eterna.

En la Biblia encontramos un ejemplo de cómo Dios, como la luz que es, termina con la noche oscura del problema. En Hechos 16 encontramos esta historia: Pablo y Silas llegaron a Filipos y por predicar el evangelio y terminar con un negocio de adivinación, fueron llevados a la cárcel, y aunque confiaban en Dios, no sabían en qué iba a terminar el problema; mientras estaban cantando alabanzas a la media noche, tuvo lugar un terremoto que destruyó la cárcel, quedando en libertad todos los que en ella estaban. Dios, como luz, acabó con la oscuridad del problema y trajo “libertad a los cautivos”. (Hechos 16:23-26)

Otro ejemplo lo encontramos en el A. T., en el libro del Génesis, Capítulo 6, Dios permitió que la humanidad viviera horas oscuras por el pecado, tanto que le dolió ver a aquellos humanos en esa situación: en completa oscuridad. Así que, cuando ya no había “vuelta de hoja”, irrumpió la luz de la misericordia de Dios, personificada en el diluvio. Para las personas que murieron en la oscuridad espiritual de aquel entonces, brilló la luz de Cristo (1 Pedro 3:18-20)

Y para quienes vivimos en este tiempo, anhelando su retorno, el Señor Jesucristo nos dice que, cuando Él retorne como Rey de Reyes y Señor de Señores, la situación espiritual de la humanidad será “como en los días de Noé”; veamos: “»Cuando el Hijo del Hombre regrese, será como en los días de Noé. En esos días, antes del diluvio, la gente disfrutaba de banquetes, fiestas y casamientos, hasta el momento en que Noé entró en su barco. La gente no se daba cuenta de lo que iba a suceder hasta que llegó el diluvio y arrasó con todos. Así será cuando venga el Hijo del Hombre”. (Mateo 24:37-39)

“La gente no se daba cuenta” porque en su corazón no había lugar para Dios, aunque Él se había revelado a la humanidad y hablado a través de la predicación silenciosa pero determinante de Noé. “El Señor vio la magnitud de la maldad humana en la tierra y que todo lo que la gente pensaba o imaginaba era siempre y totalmente malo”. (Génesis 6:5)

Reflexionando motivados por esta Escritura, nos damos cuenta de que en estos tiempos Dios se ha revelado a nosotros a través de Nuestro Salvador Jesucristo, el evangelio se ha estado predicando, el evangelio del reino; sin embargo, existen muchas personas que no buscan a Dios, ni tienen un lugar para Él en su corazón.

Estamos viviendo una época espiritualmente oscura, ideologías sin Dios, valores que son antivalores, se predica buscar la felicidad y el bienestar por las propias fuerzas, sin la intervención del Creador, sin darnos cuenta de que Él quiere nuestra felicidad; vemos alrededor corrupción tanto en hogar, como en el gobierno, odios, rencores y envidia que gestan amenazas y guerras, vidas vacías espiritualmente que desembocan en suicidios, o por lo menos en depresión; abundan las enfermedades auto inducidas por la hipocondría, fraudes desmedidos, desde las esferas gubernamentales, hasta las pequeñas sociedades y empresas, pasando por el mundo financiero mundial.

A pesar de todo esto, hay muchas personas que brillan con la luz de Cristo porque han decidido responder a su llamado de: “Ven y sígueme” y han encontrado la razón de su existencia establecida por Dios mismo que, como el Padre amoroso que es, ama a todos los humanos porque para Él todos somos sus Hijos Amados. Estas voces que proclaman el evangelio del reino son equiparables a la predicación sin palabras de Noé en sus tiempos.

Pero como el mundo no quiere abrir sus ojos a esta realidad objetiva, prefiere seguir luchando encendiendo pequeñas linternas para apartar la densa oscuridad que lo rodea, menospreciando la luz verdadera que ilumina todo. Por su propia convicción muchas personas han decidido encender sus luces para alumbrar su mundo, menospreciando a la Luz Verdadera, quien es Jesucristo: la luz del mundo. Lo que debe llenarnos de gozo es que a pesar de nosotros mismos, la luz del sol de justicia se empieza a manifestar en el oriente.

Esta densa oscuridad espiritual que cubre este mundo precede a una aurora plena de Luz, cuando Nuestro Señor y Salvador Jesucristo regrese a esta tierra como Rey de Reyes y Señor de Señores.

Antes de que eso suceda, como en los días de Noé, Dios va a terminar con esta creación física, corrupta y temporal, para dar paso a otro cosmos puro e incorrupto, donde sólo la santidad de Dios compartida con la humanidad brillará en todo su esplendor. Así lo dice nuestro Salvador:

“Pero el día del Señor llegará tan inesperadamente como un ladrón. Entonces los cielos desaparecerán con un terrible estruendo, y los mismos elementos se consumirán en el fuego, y la tierra con todo lo que hay en ella quedará sometida a juicio. Dado que todo lo que nos rodea será destruido de esta manera, ¡cómo no llevar una vida santa y vivir en obediencia a Dios, esperar con ansias el día de Dios y apresurar que este llegue! En aquel día, él prenderá fuego a los cielos, y los elementos se derretirán en las llamas. Pero nosotros esperamos con entusiasmo los cielos nuevos y la tierra nueva que él prometió, un mundo lleno de la justicia de Dios”. (2 Pedro 3:10-13)

Dios es amor y, por amor, derrama su misericordia sobre sus Hijos amados, por eso puso alto a la corrupción del tiempo anterior al diluvio, para después hablarles sin restricciones acerca de su amor y sus planes de compartir con ellos su divinidad.

Como los seres humanos, por su propia iniciativa no buscan a Dios, Él viene en su busca, así como el pastor que deja las 99 ovejas para ir en busca de la extraviada y, cuando la encuentra, se goza esplendorosamente.

Dios es la luz del mundo, del cosmos, de la vida, es el “sol de justicia” que se anhela ver por el oriente.

Esto que hemos estado discerniendo espiritualmente nos da la esperanza de que se acerca el advenimiento de una aurora plena de luz; puesto que estamos viviendo las horas espirituales más oscuras de la historia que preceden a la salida de ese sol que envolverá la misma creación y la existencia para siempre.

Para muchos de nosotros, los cristianos, ese sol ya ha nacido en el oriente de nuestras vidas y estamos gozando de una comunión plena con el mismo Dios del universo visible e invisible; pero para quienes todavía no llega el alba, nuestra luz (que no es nuestra, sino de Jesucristo), está tocando a la puerta en espera de que se abra para llenar cada hogar de la misma gloria de Dios. Esa es la misión de la iglesia, que es la misma misión de Cristo.

A cada persona que anhela la paz y la luz de Dios, la conmino a que desde su interior, abra la puerta de su corazón y de su vida, Jesús está presto a entrar y cenar con sus Hijos Amados.

Que no nos dé temor la densa oscuridad espiritual que impera en el mundo; la aurora está a la puerta y en el momento preciso, el sol brillará en el horizonte.

Si alguien tiene dudas de esta proclamación, crea a Dios y a su Santa Palabra, quien nos dice que: “E inmediatamente después de la tribulación de aquellos días, el sol se oscurecerá, y la luna no dará su resplandor, y las estrellas caerán del cielo, y las potencias de los cielos serán conmovidas. Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria”. (Mateo 24:29-30).

Que durante lo que resta de este 2014, nuestra prioridad sea la de brillar con la luz de Cristo, para alumbrar cada rincón de oscuridad en este mundo y en este tiempo, con la seguridad de que se acerca el momento de fundirnos en el resplandor de la misma gloria de Dios.  ◊


 

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