Hace algún tiempo, mi esposo y yo estábamos buscando una dirección en una zona desconocida. Nos dimos cuenta demasiado tarde de que habíamos pasado la entrada al lugar. Así que, naturalmente, encontré el primer parqueadero disponible para dar la vuelta y regresar. Después de dar la vuelta en esta gran zona de estacionamiento me dirigí a la salida, sólo para descubrir que un gran camión se había posicionado en la única salida. Un conductor salió muy enojado y me dijo que bajara mi ventana. Bueno, miré a este hombre furioso, mucho más grande que yo, y me negué a bajar la ventana. Él procedió a decirnos que me conocía, que me había visto allí antes. Ahora, ¿qué podía yo hacer? No había manera de pasar alrededor de su camión y no había otra salida de la zona de estacionamiento. Él estaba gritando y diciendo que esta era una propiedad privada y no tenía derecho a dar vuelta allí. ¿A pesar de que había un letrero de negocios y un área de estacionamiento disponible para los clientes? Pensé para mis adentros. Después de un tiempo Charles salió del coche, lo cual fue muy valiente, ¡porque el hombre era mucho más grande que él también! Explicó muy tranquilamente que no conocíamos la zona y nos habíamos perdido. Afortunadamente, el hombre accedió sin dañar a mi esposo, me lanzó una mirada que podría matar y movió su camión. Yo estaba muy alterada y asustada. Mi reacción inicial fue que nadie debería ser capaz de salirse con la suya al hacer algo así.

Se me había hecho una injusticia y la verdad es que quería que este hombre pagara por ello. Estaba esforzándome para perdonar a este extraño. Cuando nos han perjudicado nuestra respuesta inicial y natural es querer justicia. Queremos ver el cambio de la otra persona antes de considerar perdonarla. Pensamos: Perdonaré a la persona cuando admita que está equivocada, o cuando lo vea sufrir como me ha hecho sufrir a mí, o cuando se disculpe de corazón. Pero, si Dios fuera a buscar justicia, ¿dónde estaría yo? Afortunadamente, ¡Dios es misericordioso! Todo lo malo que ese desconocido que me hizo, yo se lo he hecho muchas veces a Dios en mi vida.

La peor parte de la falta de perdón que no se controla es que nuestra identidad se ata a esa persona y evento, en especial cuando se trata de un amigo o pariente cercano. Empezamos a definir nuestro valor y personalidad por esta ira no resuelta. Es fácil convertirse en esclavos de un evento o persona en particular. Un amigo mío describió el acto de perdonar de esta manera: “el perdón es la presencia de Dios en una relación”. Eso es algo en que pensar. El único que tiene el poder para ayudarnos a liberar a otros de su deuda con nosotros es Jesús. Él nos ha mostrado qué es el amor amándonos primero. Su amor es sacrificial, ¡incluso con sus enemigos! De hecho, toda la postura de Dios hacia nosotros es misericordia y perdón. Él no quiere que nadie sea separado de él. De igual manera, la única forma en que podemos ofrecer verdadero amor a nuestro prójimo es aprender a perdonar, de lo contrario nos convertimos en menos de lo que Dios quiere, confundidos y arrastrados por las circunstancias y los acontecimientos en nuestras vidas. ¡Cuánta libertad hay en el perdón, tanto para el que lo da como para el que lo recibe!

El párrafo siguiente es una adaptación de uno de mis libros favoritos, Abrazando el Amor de Dios por James Bryan Smith. Todos hemos experimentado la sensación de que no podemos permitir que la persona que nos ha herido ande libre. Estos son sentimientos difíciles de callar y apagar, pero si reconocemos que el perdón es un proceso, damos a nuestros sentimientos una oportunidad para sanar permitiendo que Dios nos cambie. Smith nos anima a cambiar nuestras acciones, mientras que el Espíritu de Dios trabaja en nuestra alma.

El proceso de perdón consta de cuatro partes. En primer lugar debemos descubrir lo mucho que hemos sido perdonados, luego liberar a la persona que tiene una deuda en contra de nosotros, aceptar a la persona tal y como es y, finalmente, permitir a Dios que cambie el mal en bien.

Esto toma tiempo y muchas veces no sabemos el momento exacto en que hemos perdonado a alguien. Hay dos señales de que hemos perdonado:

1 Los sentimientos oscuros que rodearon el caso se han ido. Los recuerdos que una vez nos hicieron enfermar o nos ponían furiosos, ahora pasan por nuestra mente con poca atención.

2 Somos conscientes de que queremos el bienestar de la persona.

El perdón es un don que Dios nos ha dado para borrar los pecados de otros, no sólo por su bien, sino también para nuestro beneficio. Perdonar nos libera de la esclavitud sofocante de un espíritu de no perdón. Los prisioneros son puestos en libertad, se vuelve el mal en bien, se detiene el dolor, y ¡podemos disfrutar de la vida otra vez!

Colosenses 3:12-14

Por lo tanto, como escogidos de Dios, santos y amados, revístanse de afecto entrañable y de bondad, humildad, amabilidad y paciencia, de modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro.  Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes.  Por encima de todo, vístanse de amor, que es el vínculo perfecto.


Carmen Fleming

Orlando Florida

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