¡Perdonar y Olvidar!


Paulina de Barrero


En la vida, constantemente afrontamos graves y dolorosos problemas los cuales resultan de nuestras relaciones con los demás.  No hay hombre o mujer que no tenga heridas emocionales por haber sido ofendido.  El tener que perdonar es toda una vivencia traumática porque nos cuesta mucho trabajo, nos damos cuenta que es algo que no está en nosotros.

Todos los días estamos en contacto con diferentes temperamentos y ánimos, nuestro mismo temperamento varía muchas veces.  Ello nos lleva a caer en habladurías, en juicios a priori, a murmurar y quejarnos.  Las expresiones hirientes y las palabras duras son el común denominador del diario vivir.  Por esto es que tenemos pleitos, situaciones de tirantez y conflicto. Unas veces nos sentimos heridos y ofendidos, malentendidos o traicionados.  Cada uno se considera una víctima y ninguno asume la culpa.  El mundo está lleno de personas que van cargando con resentimientos, decepciones, rencores, frustraciones, ansiedades, odios, venganzas y sufrimientos.

Nuestra responsabilidad frente al perdón es muy grande.  Perdonar es poner en acción la voluntad, más que los sentimientos.  Somos responsables de los hechos, mucho más si hemos ofendido, y mayor compromiso es pedir perdón como también perdonar, y para ello tenemos que olvidar.  Cuando queremos perdonar nos encontramos con el obstáculo de no querer o no poder “olvidar”.  Por eso es tan escuchada la frase de “Perdono pero no olvido”

En la Biblia encontramos muchos casos de perdón y de olvido.  El caso de José hijo de Jacob, a quien sus hermanos vendieron.  José tenía razones suficientes para dar lugar a la amargura y al resentimiento.  No solo que sus hermanos lo odiaron y lo vendieron como esclavo, sino que además la esposa de su patrón lo acusó falsamente e hizo que lo arrojasen en una prisión egipcia.  Luego un oficial del gobierno lo prometió tratar de obtener su liberación, pero se olvidó de él y lo dejó en la cárcel.  A pesar de todo José no permitió que ninguna raíz de amargura se arraigara en su vida.

José vio la mano de Dios sobre él y sobre sus problemas y se negó a culpar a otros de lo que le había sucedido.  Cuando nació su primer hijo, le puso por nombre Manases, que significa olvidar, dando a entender que Dios había hecho olvidar la angustia de su juventud y la pérdida del hogar de su padre.  José no solo perdonó a sus hermanos sino que nunca les recriminó por su perverso actuar.

En Dios encontramos perdón y es Él quien nos ayuda a perdonar y a olvidar.  Siempre que estemos cargados o con dolor en nuestro corazón, recordemos la historia de José  igual que él vayamos ante Dios para que sane nuestras heridas y nos enseñe a perdonar y olvidar. 

Recordemos sus palabras de aliento: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” (Mateo 11:28)
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