En la Resurrección, los seguidores de Jesús celebramos la verdad central de la fe cristiana: ¡Jesús está vivo (y nosotros estamos vivos en él)!

Esto es lo que TF Torrance escribe en La Expiación, la persona y obra de Cristo:

«La resurrección de Jesucristo de entre los muertos… es una obra estupenda, sólo comparable a la creación original del universo. De hecho, como la propia encarnación, cuando Dios mismo entró en la creación como una de las criaturas que había hecho con el fin de operar dentro de ella, la resurrección la trasciende en significado» (p. 221).

«Jesucristo resucitó… el nuevo Adán que encabeza la carrera en la nueva creación se levantó en la resurrección de entre los muertos [ver 1Cor 15:45; Rom 1:4, 5:12; 2 Cor 5:17]. Como tal, se levantó vestido con el poder de la resurrección y se menciona como «el espíritu que da vida» [1 Corintios 15:45].

No fué sólo un Adán a quien Dios sopló el aliento de vida y fué hecho un alma, sino el Adán con tal plenitud de vida en sí mismo que, aun como hombre sopló espíritu vivificante en los demás. Él es el hombre resucitado que tiene vida en sí mismo, y se ha hecho a sí mismo la fuente y manantial de vida eterna para los demás [Juan 11:25, 5:21, 6:35].

Al vivir en santidad absoluta como Hijo en la tierra, apropió a nuestra naturaleza humana la vida eterna de Dios, en virtud de ese «poder de una vida sin fin» [Heb 7:16] que rompió los lazos de la muerte y la tumba. Es ese mismo «poder de una vida sin fin» que ahora se desborda de él a todos los que son miembros de su cuerpo, por lo que es de su plenitud que todos ahora podemos recibir» (p. 217).

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