Una visita sin cita

RINCÓN DE ESPERANZA

Una visita sin cita

Por Pedro Rufián Mesa

Las palabras de Andrés, su doctor oncólogo: “¿Qué te parece si nos vemos en mi consulta en el hospital el próximo miércoles para valorar la quimioterapia a la te vas a someter?, la hicieron descender a la dura realidad de su situación, pues durante la semana no había ni siquiera pensado en el cáncer de páncreas que le habían diagnosticado.
     De pronto su rostro empezó a reflejar la guerra que su mente sostenía, asediada por una multitud de preguntas y dudas, y debatiéndose entre la negación y la fe en un ser superior, sobrenatural, que quizás la podría ayudar a hacer frente a la injusticia a la que le había tocado hacer frente, la de padecer un cáncer con un porcentaje de cura tan bajo, y siendo tan joven. 
     Esperanza le dio la mano al doctor, mientras lo miraba a los ojos preguntándole: “¿El miércoles voy a la consulta a las diez de la mañana, o a otra hora?”. Andrés le contestó: “¿Podrías venir a última hora, hacia las tres y media de la tarde? Así tendría más tiempo para explicarte el tratamiento y poder contestar a tus preguntas con más tranquilidad. ¿Qué te parece?”. “Muy bien. Así lo haré” contestó despidiéndose. 
     Esperanza se marchó de la terraza del bar en busca de su automóvil pensando en todo lo que Andrés le había dicho. Distraída, casi se tropieza con otra mujer. “Lo siento”, se disculpó.
     ¿Qué le estaba pasando? Se sentía nerviosa. En su mente se agolpaban las ideas en avalancha: ¿Por qué ahora que estaba empezando a comprender algo estoy condenada a morir tan rápidamente? ¿Por qué ahora que estaba empezando a conocer a un hombre con el que podía hablar de todo sin que se espantase, la relación tendría que terminar antes de empezar? Esas y parecidas ideas fueron las que, mientras conducía de regreso a su casa, iba entretejiendo en su mente.
En una encrucijada
     Llegó un poco crispada y de mal humor por lo que consideraba era una mala jugarreta de la vida. Hizo una comida ligera a base de una menestra de verduras naturales ligeramente rehogadas en aceite de oliva virgen con un picado de almendras y nueces, algo de queso tierno y una manzana como postre. Vio las noticias en la televisión y se fue a dormir. Le costó lo indecible conciliar el sueño. Se sentía tensa, desanimada y en parte sorprendida, como cuando uno es injustamente tratado. Al final, rendida de sueño, logró ponerle freno a la incesante fábrica de pensamientos, que es la mente, y logró dormir.
     El día siguiente se fue a trabajar temprano, como de costumbre, y eso, aparentemente, hizo que desviara su mente de sus recurrentes preguntas. Pero cuando llegó a casa, de regreso del trabajo, se vio sola y sitiada por su enfermedad, no pudo resistir más y empezó a llorar pensando en la injusticia a la que la vida la estaba condenando.
     Tomó una cena frugal y para tratar de huir del bullicio negativo en su mente decidió sentarse frente al televisor y ver una película. ¿Cómo podía una psicóloga madura y racional como ella estar sintiéndose así?, se preguntaba. Concluyó que no era el miedo a su enfermedad lo que la intranquilizaba sino la ansiedad de la duda de si era esta vida, o no, todo lo que había. 
Camino de la rendición
     Aquella noche no pudo concentrar el sueño y en su cabeza resonaban las palabras de Andrés: “Háblale a Dios Esperanza. Háblale como hablas conmigo y pídele que te ayude a sanar de tu enfermedad si esa es su voluntad soberana”. Pero no quería rendirse a algo que no fuese racional y que ella no pudiese explicar. Esa era la lucha que venía sosteniendo. Se resistía a rendirse ante un Dios que no podía entender, aunque había venido a aceptar que, ante la evidencia de la creación y de su propia inteligencia, para no creer se necesitaba tener más fe que para hacerlo.
     Después de varias horas dando vueltas en la cama sin poder conciliar el sueño, rendida y llena de dolor en su corazón le pidió a Dios que le diera tranquilidad y paz.
     Se dio cuenta que por primera vez había dirigido sus pensamientos a Dios. Ya lo había hecho de niña instruida por su madre, pero ahora lo había hecho por sí misma y no repitiendo oraciones aprendidas de memoria.
     Su petición fue breve, pero sincera. Sorprendentemente no pasaron ni cinco minutos antes de que se durmiera profundamente. Aunque todas las mañanas se despertaba de forma rutinaria antes de que sonara la alarma de su reloj, aquella no se despertó hasta que el sonido del reloj empezó a indicarle que era hora de levantarse.
     Mientras se duchaba no podía dejar de pensar en lo profundo y reparador que había sido el sueño de la noche anterior.
     Casi sin darse cuenta y tímidamente balbuceó: “Gracias Señor”.
     Cuando preparaba su desayuno de cereales con leche, zumo natural de naranja y tostadas con margarina vegetal, su vista se dirigió casi automáticamente hacia un pequeño estante de libros que tenía en la cocina. Allí vio la vieja Biblia que su madre le había regalado antes de morir. Se sintió movida a tomarla, lo que hizo, dejándola sobre la mesa donde estaba poniéndose el desayuno. Mientras mordía una tostada con la otra mano abrió la Biblia. Al dirigir su mirada leyó: “Pues que a su amado dará Dios el sueño”[1].
     Cuando leyó esas palabras dejó de masticar y balbuceó de nuevo: “Gracias Señor”, y pensó que quizás había sido una coincidencia.
     Terminó su desayuno y partió para su trabajo. Se sentía descansada y relajada como no se había sentido hacía mucho tiempo. Ese día estuvo tranquila en su trabajo, y así pasó los demás hasta que llegó el miércoles, cuando tenía que verse de nuevo con Andrés. Más de una vez, durante esos días, doblegó su altivez intelectual y se dijo a sí misma que quería pensar que fue Dios el que le concedió la paz y la tranquilidad mental que tanto necesitaba.
La visita sin cita
     Se sentía optimista, llena de esperanza y deseosa de verse con su oncólogo, especialmente para contarle como le había pedido a Dios, y para que le confirmara si lo que le había sucedido era su respuesta.
     Como la última vez se propuso dejar que fuese Andrés el que iniciara la conversación, después de todo era su doctor, y en su vertiente profesional tenía que aconsejarla sobre el curso de tratamiento a seguir.
     Esperanza llegó a las 3:30 de la tarde a la consulta del especialista en el hospital.
     Andrés le explicó que casi con carácter experimental podría tratarla con una nueva quimioterapia que había sido presentada en Alemania, en el último Congreso Oncológico Europeo. Con el cóctel que la componía, se pretendía que la medicación actuara más directamente en el área afectada, mientras se esperaba que aminorara los efectos secundarios.
     Después de haberle explicado todo el procedimiento, las dosis y la regularidad de las mismas, Andrés le preguntó: “¿Qué opinas Esperanza?”. “Pues que, igual que me sucede en el aspecto espiritual, por el que he empezado a confiar algo en Dios, aunque no lo entienda, tengo que confiar en el tratamiento que me propones aunque no sepa nada de medicina”. Eso de que “había confiado algo en Dios” levantó la curiosidad del doctor, quien le dijo: “Confía primero en Dios y después en el tratamiento, pues él puede hacer su voluntad por medio de la medicina”.
     Esperanza ya no podía contener más sus deseos de compartir con Andrés su primera experiencia de oración.
     Después de haberle contado lo que le había sucedido, lo tranquila que se había sentido y lo esperanzada que estaba de nuevo, le preguntó: “¿Crees que eso me está sucediendo como respuesta a mi insignificante oración a Dios?”.
     “Creo que sí. Dios mira el corazón y lee los pensamientos y las intenciones, no lo bien elaboradas que sean o las palabras que usemos en nuestras peticiones”[2].
     Esperanza se quedó pensando durante unos segundos y luego contestó: “Yo creía que uno tenía que ser religioso y bueno antes de pedirle a Dios nada. Vaya, que, igual que cuando uno va al doctor, se necesitaba una cita previa”.
     Andrés le dijo: “Uno no necesita ser religioso, ni bueno, ya que el Señor dice que ninguno de nosotros es bueno, como él define el bien. Como se dice en la Carta a los Hebreos, al acercarnos a Dios solo tenemos que creer que él existe y que es galardonador de los que le buscan.[3] Para visitar al doctor se necesita una cita previa, pero para visitar a Dios nuestro Padre no la necesitamos, igual que yo no necesito una cita para visitar a mi padre. Dios está siempre dispuesto para nosotros y deseoso de escucharnos. Puede hacerlo porque es omnipresente, está en todos los lugares al mismo tiempo. Una característica que solo Dios tiene. Por supuesto, confío que le hayas dado gracias por haberte contestado”.
     “Sí, sí lo hice. No muy convencida, es cierto, pero al haber dormido como hacía mucho tiempo que no lo hacía, me sentí seducida a decir: ‘Gracias Señor’. ¿Lo hice bien?”.
     “Sin duda que sí. Dios mira el corazón y conoce nuestros pensamientos antes de que se conviertan en palabras en nuestra boca”. 
     Esperanza estaba contenta de que Andrés, ahora como pastor, confirmara lo que ella había intuido tímidamente. Dios había contestado su oración. Ahora podría darle gracias de una forma más convincente y compartir con él sus ansiedades y necesidades, segura de que no necesitaba una cita previa para hablarle.
Continuará

Escribe tu comentario:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.