ladron

por Marie Docken

Me quedé totalmente helada cuando un joven se abrió camino forzando la puerta con mosquitera y penetró hasta nuestra sala, apuntándome a la cabeza con una pistola.

Mi bebé estaba dormido en el sofá, fuera del alcance de vista del intruso, pero mi pequeña de dos años se aferraba a mi pierna. Le dije que se sentase junta a la puerta, y así hizo. “Señor ayúdame”, oré en silencio. “¡Sálvanos de este hombre!”

Cinco minutos antes esta persona había llamado a la puerta, pidiendo papel y lápiz. Yo había abierto la puerta solo una rendija, pero fue lo suficiente y ahora él gesticulaba amenazante con su pistola: “Cierra la puerta.”

Mis peores temores de repente se convertían en realidad. Pero sin pensármelo dos veces, agarré a mi hija y abrí la puerta de par en par. La mole, de más de 90 kilos, arremetió contra mí intentando cerrarla de nuevo. Hinqué mi hombro contra su pecho empujándolo hacia afuera.

“¡Vale, está bien!” finalmente gritó. “Me largo.” Y salió bufando.

Los detectives policiales llegaron a los pocos minutos de mi llamada. Cuando describí al intruso ellos se miraron con inquietud. Conocían a este hombre.

¿Por qué no detuvo Dios a este hombre antes de que entrase por la puerta?

Había mutilado a varias mujeres en la ciudad. Ninguna victima se había escapado a sus agresiones.

“¿Díganos señora?,”preguntaron ellos, “¿como ha conseguido abrir esa pesada puerta, forzarle a salir de la vivienda, y todo ello cargada con una niña?”

Bien sé como. Tenemos un maravilloso Padre que manda a sus ángeles a cuidar de nosotros, y librarnos del maligno.

¡Pero espera!

¿Por qué no paró Dios a este hombre antes de que entrase por la puerta? O mejor aún: ¿Por qué no le paró mientras planeaba hacerme daño?

Dios podría haberle distraído su atención, roto una pierna, causarle un derrame cerebral, o una indigestión- ¡cualquier cosa! Pero le permitió entrar en mi casa. ¿Por qué? Pronto descubrí el por qué.

Verán, yo crecí como hija única, sobreprotegida, agobiada por las fobias. Viví atemorizada de la oscuridad, de los espacios cerrados, de las arañas, y más aún, de encontrarme sola e indefensa. Mi madre me había enseñado que Dios siempre estaba cerca y escuchaba mis oraciones, pero durante años mis fobias competían con mi fe.

Entonces me encontré recién casada con un hombre llamado al ministerio. Su trabajo de oficina le llevaba todo el día, y las tardes y los fines de semana los ocupaba en visitar personas y asistir a la formación ministerial. Así que me encontraba sola la mayor parte del tiempo. Yo estaba muy enamorada de mi esposo, pero noche tras noche sufría miserablemente de miedo.

Hasta que, el día que el agresor de más de 90 kilos invadió mi hogar. Ese día, mientras me abría camino empujando a esa mole hacia el camino de entrada, Dios me tocó y levantó las fobias de mis hombros.

Desde aquella experiencia no he vuelto a temer encontrarme sola, o a estar a oscuras, o en lugares cerrados (aunque, eso sí, aún odio los bichos). Sé con toda mi “sabiduría”que Dios me liberó aquel día, no solo del hombre, sino también de mis temores.

Las cosas suceden por un motivo cuando eres un hijo de Dios.

¿En qué momento se dio cuenta José que estaba siendo enviado a Egipto a salvar a su familia y a miles de personas? ¿Fue cuando sus hermanos le arrojaron al foso? ¿O fue cuando Potifar le compró como esclavo en Egipto, o tal vez cuando aterrizó en prisión?

Cuando David corría de sus enemigos y sus amigos más allegados le abandonaron y le traicionaron, ¿pensaba él que solamente estaba teniendo un mal día? ¿O sabía que Dios estaba con él? David escribió el Salmo 22, que ahora sabemos que se refiere al sufrimiento y crucifixión de Cristo. En su soledad y desesperación, ¿preveía David la razón de sus pruebas?

¡Pensad en Job! El SABÍA que algún propósito había en las obras. Reivindicaba todo lo que le sucedía en la rectitud de Dios y en la esperanza de que su vida prosperara, aún cuando estaba perdiendo todo aquello que le importaba.

La inquietante verdad es, sin embargo, que no siempre podemos ver una clara “razón” para nuestras pruebas, aún después de transcurrido algún tiempo. Personalmente tengo otras historias que entrarían en esa categoría. Creo que todos tenemos alguna.

Pero Dios es mucho más grande que cada una de nuestras vidas. Cuando oramos, como un niño pequeño llorando en la oscuridad, Dios pone en movimiento las fuerzas necesarias para contestar esa oración.

Puede que llegue pronto, o tardar toda una vida, pero Dios es paciente, y él contesta nuestras oraciones de forma que los resultados perduran una eternidad.

Confiad en él, y seguid orando. Él está en ello.

Marie Docken sirvió con su esposo Art en el ministerio de La Iglesia de Dios Universal en Estados Unidos, Filipinas y Australia.

 

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