Una lección sobre la esperanza

LECCIONES DE MARCOS
Marcos 5:21-43
Mike Feazell
“Después de que Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se reunió alrededor de él una gran multitud, por lo que él se quedó en la orilla. Llegó entonces uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se arrojó a sus pies, suplicándole con insistencia: —Mi hijita se está muriendo. Ven y pon tus manos sobre ella para que se sane y viva. Jesús se fue con él y lo seguía una gran multitud, la cual lo apretujaba. Había entre la gente una mujer que hacía doce años padecía de hemorragias. Había sufrido mucho a manos de varios médicos, y se había gastado todo lo que tenía sin que le hubiera servido de nada, pues en vez de mejorar, iba de mal en peor. Cuando oyó hablar de Jesús se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto. Pensaba: «Si logro tocar siquiera su ropa, quedaré sana.» Al instante cesó su hemorragia, y se dio cuenta de que su cuerpo había quedado libre de esa aflicción. Al momento también Jesús se dio cuenta de que de él había salido poder, así que se volvió hacia la gente y preguntó: — ¿Quién me ha tocado la ropa?
Odio las multitudes. Odio los empujones, el ruido, el sentido de ser llevado en direcciones a las que no quiero ir y la frustración de proceder a velocidades miserablemente tediosas. No es de sorprenderse que los discípulos de Jesús fueran un poco sarcásticos cuando Él preguntó en medio de los apretujones de los cuerpos que lo empujaban dentro de esa multitud en Judea: “¿Quién tocó mi ropa?”

Según sucedió, Jesús estaba en ésta multitud sólo porque iba de camino para sanar a la hija enferma de un dirigente de la sinagoga, que le rogó a Jesús que tuviera misericordia de su hija moribunda. A Marcos le gusta contar historias acerca de Jesús en forma de emparedado—una historia puesta en medio de otra—así como Jesús estaba en medio de ésta multitud.

“Ves que te apretuja la gente—le contestaron sus discípulos—, y aun así preguntas: ¿Quién me ha tocado?” Sí, eso es exactamente lo que Jesús podíapreguntar. Podía preguntarlo porque había sentido algo bastante diferente a las colisiones normales de los hombros y codos, sandalias, caderas y muslos. Había sentido que “poder había salido de Él” (v. 30). Había sentido que alguien había tocado Sus ropas con un propósito definido en mente, y que ésta persona lo había hecho creyendo que a través de éste acto Dios le daría liberación. Y en verdad Dios lo hizo. Marcos continúa la historia para nosotros, aun cuando en ese entonces los discípulos estaban a oscuras acerca de lo que había ocurrido. Parece que esa mujer había estado sufriendo de una debilitante hemorragia menstrual durante 12 años.

Ésta mujer había gastado todo lo que tenía en doctores tratando de encontrar una cura, y ellos no habían hecho nada sino solo empeorar su problema. Ahora ella ya no tenía más opciones, pero fue cuando ella oyó que Jesús estaba viniendo al pueblo. Decidió que si tan solo tocaba Sus ropas, quedaría sanada. Así que se abrió camino entre los cuerpos sudorosos, se acercó por detrás a Jesús y tocó Su manto. Instantáneamente, la hemorragia se detuvo y su aflicción se acabó.

A este punto, la mostaza del emparedado que Marcos hizo con las dos historias empieza a esparcirse sobre ambas piezas de pan. Jairo, el dirigente de la sinagoga, no tuvo miedo de caminar y acercarse a Jesús, arrojarse a los pies de Jesús y rogarle por la hija a la que amaba. Pero la mujer enferma fue diferente. Ella era igual de determinada y creyente, como lo era Jairo, en el poder de Jesús para salvar. Pero ella tuvo demasiado miedo para acercarse de frente a éste misterioso hombre de Dios. A diferencia de Jairo, se coló por detrás hasta Jesús, estiró su dedo hasta tocar las arrugas de Su manto y se escabulló de regreso hacia el anonimato de la multitud.

Pero a pesar de su miedo, a pesar de la poca estima de ella misma, quizás por causa de su condición de mujer, pero quizás más probablemente por su condición de impura, debido a las leyes de pureza sobre el flujo menstrual, Jesús la notó. Y la llamó hacia Él. Y la llamó hija.

Mientras tanto, la hija de Jairo murió, y los mensajeros con éstas noticias le dijeron a Jairo que ya no molestara más a Jesús con ello—después de todo, ya era demasiado tarde. Pero Jesús los ignoró. Fue derecho a la casa de Jairo y a pesar de la burla y la incredulidad ante Su declaración de que la niña no estaba muerta, sino solo dormida, Él la tomó de la mano, le devolvió la vida a ella y le entregó su hija a Jairo.
A Jesús no le importa quién sea usted. A Él no le interesa si usted es tímido o comunicativo, joven o viejo, un líder o un despreciado. Él le conoce a usted, le ama, está interesado en sus necesidades, temores y crisis, y está listo para ayudarle. Él escucha sus peticiones de frente y al punto y percibe los corazones que tienen esperanza al final de la fila y que están detrás de lo visible. La personalidad suya, su temperamento, su condición, e incluso su historial pecaminoso, no pueden erigir una barrera que Él no pueda derribar como las murallas de Jericó.
¿Cuál es su necesidad? ¿Cuál es su crisis? ¿Cuál es su miedo? Lléveselo a Jesús. Lléveselo a Él en cualquiera sea la forma que funcione para usted. Él le ama. Él está de parte suya. Y está esperándole.

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