Una lección acerca de medir

Marcos 4:21-25

También les dijo: «¿Acaso se trae una lámpara para ponerla debajo de un cajón o debajo de la cama? ¿No es, por el contrario, para ponerla en una repisa? No hay nada escondido que no esté destinado a descubrirse; tampoco hay nada oculto que no esté destinado a ser revelado. El que tenga oídos para oír, que oiga.
Pongan mucha atención—añadió. Con la medida que midan a otros, se les medirá a ustedes, y aún más se les añadirá. Al que tiene, se le dará más; al que no tiene, hasta lo poco que tiene se le quitará.»

Por Mike Feazell
En la lista de cosas frustrantes, el tráfico congestionado tiene un lugar bastante alto. Y los conductores que no usan sus direccionales, no miran, no se hacen a un lado, cierran el paso a otros, van muy rápido, siguen demasiado de cerca, van muy despacio, o conducen vehículos increíblemente grandes o ruidosos, tienen un lugar entre las personas más frustrantes del mundo.
Encuentro sorprendentemente fácil condenar a los conductores—es decir, otros conductores. Encuentro igual de sorprendente cuán fácil es perdonar mis propios errores al conducir. Ojalá pudiera decir que este fenómeno sólo pertenece a conducir. Pero la verdad es que encuentro mucho más fácil perdonarme a mí mismo por casi cualquier cosa, que perdonar los mismos errores en otros.
Jesús pone en evidencia toda ésta tendencia demasiado humana, cuando dice: «con la medida que midan a otros se les medirá a ustedes, y aún más se les añadirá». A primera vista, esto parecería ser un simple asunto de causa y efecto: usted perdona y entonces su acto de perdón merecerá el perdón para usted. Pero entender la declaración de Jesús en esos términos legalistas, sería un error.
Jesús elabora un punto similar en Mateo 18:35, cuando dice: «Así también mi Padre celestial los tratará a ustedes, a menos que cada uno perdone de corazón a su hermano». Podría ser fácil asumir de esta declaración que Dios nos perdona en base a nuestro perdón de los demás. Pero esa sería una suposición falsa. Dios nos perdona en base al sacrificio perfecto de Jesús en nuestro beneficio y en nuestro lugar.
En estas declaraciones, Jesús no está prescribiendo una nueva forma de legalismo; está describiendo la naturaleza de los corazones que confían en Él. Por ejemplo, cuando confiamos en Cristo, ya no tenemos nada que esconder. Por supuesto, el día llegará cuando nada quedará oculto (versos 21-23), y eso es verdadero ya sea que confiemos en Cristo o no. Pero para aquellos que sí confían en Él, ese día en efecto ya está aquí—ellos no tienen nada que esconder de Él.
Pero la razón por la que ellos no tienen nada que esconder de Jesús no es que ellos de repente sean impecables. Es que ellos confían en que Él los amará incondicionalmente y perdonará sus pecados, pecados que ellos ya no tienen miedo de mostrarle a Él.
En la misma manera, aquellos que confían en Cristo están libres de la tendencia de medir a otros con la misma dura vara de egoísmo. Debido a que ellos confían en Cristo, pueden encomendar sus temores y ansiedades a Él, quien los libera de la necesidad de desquitarse o vengarse de los demás. En otras palabras, ellos saben que son medidos por la vara de la gracia de Cristo, la cual les quita la fuerza de su tendencia natural de condenar a los demás.
Ya sea que fuera en el tráfico, en la corte o alrededor de la mesa de comer, ya no somos esclavos de nuestros crudos impulsos—somos libres para perdonar a los demás como Dios, quien por la causa de Cristo, nos perdonó, y como Cristo vive en nosotros, nosotros también perdonamos.
Lo que Jesús dice en el verso 25 es una condenación sólo para aquellos que no confían en Él—pues su egoísta vara de medir es el único estándar que ellos conocen y entienden. Pero para aquellos que confían en el Redentor, sólo hay una medida—las siempre desplegadas alturas y profundidades del amor de Cristo.
Estoy aprendiendo a no escuchar a mis reacciones impulsivas hacia conductores miserables. Estoy aprendiendo a decir, «Dios lo bendiga» en vez de… algo más. No sólo es un buen recordatorio de quién soy en Cristo, es un vago reflejo del corazón de Cristo, el cual por Su gracia, mora en mí.

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