Un milagro para Hellen

Mi película predilecta de todos los tiempos es Un milagro para Helen, que cuenta la historia de Helen Keller, una jovencita ciega y sorda y su maestra Annie Sullivan, quien con amor y paciencia le enseñó a leer y hablar. Mi escena favorita es el momento donde Helen, repentinamente comprende la relación entre los signos y los objetos. El día de hoy pude visitar el lugar donde ocurrió ese milagro.

Helen Keller nació en un apacible pueblo del norte de Alabama. Cuando tenía 18 meses de edad, padeció una enfermedad que la dejó sorda y ciega. Creció en un mundo de oscuridad y silencio absolutos. Helen era una niña inteligente, pero no podía comunicarse o responder de forma comprensible.

Con el tiempo, sus desesperados padres contrataron a Annie Sullivan para que fuera su maestra privada. Annie tomó el reto de tratar de establecer una relación con esta niña semi salvaje. Helen parecía disfrutar cuando Annie le permitía sentir y tocar objetos.  Después, utilizando un alfabeto especial, escribía el nombre del objeto en la mano de la niña. Sin embargo, éste era un ejercicio frustrante y estéril. Helen no establecía ninguna conexión.

Un día el milagro ocurrió. Helen lo cuenta con sus propias palabras en su autobiografía, La historia de mi vida:

“Caminábamos por la vereda del pozo, atraídas por la fragancia de la madreselva con la que estaba cubierto. El agua fluía de la bomba y mi maestra puso mi mano bajo el chorro. Mientras la corriente fría me empapaba una mano, ella escribió la palabra agua en la otra, primero lenta y después rápidamente. Me quedé quieta, concentrándome totalmente en el movimiento de sus dedos.

“Repentinamente sentí una conciencia nebulosa como de algo olvidado, la emoción de un pensamiento que regresaba, y de alguna manera el misterio del lenguaje me fue revelado. Fue entonces cuando supe que “a-g-u-a” significaba algo maravilloso que estaba fluyendo sobre mi mano. El mundo viviente despertó a mi alma; le dio luz, esperanza, gozo, y la liberó”.

El mundo oscuro y silencioso de Helen repentinamente despertó a una nueva vida. Helen aprendió treinta nuevas palabras ese día y cien más durante las siguientes semanas. Helen se graduaría con mención honorífica de la Universidad Radcliffe y hasta su muerte en 1968, viajaría alrededor del mundo siendo una fuente de esperanza e inspiración para todos aquellos a quienes conoció. Todo comenzó aquel día junto al pozo al lado de una maestra dedicada y cariñosa quien la amó y creyó en su potencial.

La casa donde creció Helen Keller ha sido preservada. El pozo todavía está allí, aunque ahora está cubierto por un techo protector en lugar de la madreselva. Estando cerca de la bomba de agua traté de imaginar la sensación de libertad y gozo que Helen experimentó cuando repentinamente entendió el lenguaje y su vida fue transformada, se me ocurrió que yo, y probablemente usted, hemos tenido una experiencia similar.

 

El momento en que creí por primera vez

Puedo recordar vívidamente el lugar y la hora cuando por primera vez entendí plenamente que Jesús me ama, me redimió, y nunca me abandonará. Toda la vida había escuchado que él era mi salvador, pero para mí eso era solo otra frase hecha.

Nací dentro de una familia protestante, más tarde nos hicimos católicos, pero en mi adolescencia lo abandoné todo. Nuevamente me interesé en el cristianismo cuando tenía 20 años y fui re-bautizado. Pero al voltear hacia atrás me doy cuenta que, aunque era sincero, todavía no entendía el significado de la salvación. Un día, después de trabajar tarde, mientras oraba en el cuarto oscuro de la imprenta donde trabajaba, todo me fue revelado. Como Helen, repentinamente vi la conexión entre el símbolo y la realidad. ¿Por qué hasta entonces? ¿Por qué allí? No lo sé.

Sospecho que muchos de nuestros lectores pueden recordar también el momento cuando todo “se aclaró” y repentinamente supieron que tenían un Salvador. Para el apóstol Pablo, esto ocurrió en el camino de Damasco, para “Tomás el incrédulo” fue el encuentro cara a cara después que Jesús resucitó, para el ladrón en la cruz fueron los momentos de agonía antes de morir. Para mí fue mientras oraba en el cuarto oscuro. ¿Para usted…?

Mientras mi entendimiento del cristianismo se ha desarrollado, he llegado a comprender que Jesús no es solamente mi Salvador sino el Salvador de toda la humanidad. Él vino a traer las escenas y los sonidos de la salvación a un mundo espiritualmente ciego y sordo. Jesús dijo, “Pero yo, cuando sea levantado de la tierra, atraeré a todos a mí mismo” (Juan 12:32).

 

Como Helen, repentinamente vi la conexión entre el símbolo y la realidad. ¿Por qué hasta entonces? ¿Por qué allí? No lo sé.

 

¡A toda la humanidad! La Santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo, es un Dios que vive en comunión eterna de amor y ha compartido esa relación con la creación entera y especialmente con nosotros, los seres humanos. Aún más, el Hijo de Dios de hecho se convirtió en hombre, identificándose con nosotros permanentemente y haciéndonos partícipes de su relación perfecta de amor con el Padre, “porque a Dios le agradó habitar en él con toda su plenitud y, por medio de él, reconciliar consigo todas las cosas…” escribió Pablo en Colosenses 1:19-20.

Jesús no está tratando de reconciliar al mundo con Dios, sino que ya lo hizo. Esto seguramente afecta la forma como vemos a otros seres humanos, quienes no son extraños sino nuestros hermanos aunque aún no lo saben; son hermanos y hermanas a quienes Jesús está trayendo a sí mismo, tal como él dijo que haría.

Las personas religiosas somos muy buenas para clasificar a otros: “salvos y no salvos”, “justos e injustos,” “miembros y no miembros”; pero la verdad es que todos estamos en las mismas condiciones: perdidos, ciegos y sordos hasta que el Hijo de Dios toma nuestra causa y “esta luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no han podido extinguirla” (Juan 1:5).

Todo ser humano se encuentra en algún lugar siendo guiado a casa por Cristo. A algunos de nosotros, gracias a Dios, se nos han abierto nuestros ojos y oídos.  Es por esa razón que Jesús no quiere que juzguemos a aquellos que aún están en el camino, sino más bien que tomemos parte en su obra de guiarlos a casa.

Annie Sullivan ansiaba el traer la luz del contacto humano, la comunicación y la amistad al mundo de oscuridad de Helen Keller, pero no podía forzar su mente a abrirse.  Aun así, los meses de perseverancia y amor incondicional construyeron una relación de confianza y se convirtieron en el puente por medio del cual el milagro pudo ocurrir.

Helen Keller era una cristiana devota. En su edad madura, viendo hacia atrás y viendo sus años de silencio y oscuridad, escribió: “Siempre supe que [Dios] estaba allí. Sencillamente no sabía su nombre”.

Para muchas personas, la conexión entre la vida y Jesús no ha sido establecida todavía. Pero Dios es paciente y perseverante en su amor eterno. Él nunca forzaría a nadie a recibirlo, eso no sería amor, pero tampoco se da por vencido aún ante las murallas más inquebrantables ya que aún ésas le pertenecen a Jesús.

A quienes ya creen, Dios les ha dado la bendición de agregar su granito de arena a su obra de publicar sus buenas nuevas. En ocasiones parecerá que no estamos logrando nada. Es entonces cuando necesitamos animarnos, apoyarnos e inspirarnos los unos a los otros, y de esta manera también aprender lo que significa vivir juntos en Cristo en comunión de amor.

Después de todo, Dios nos ha creado para permanecer juntos en amor, para amarnos los unos a los otros así como Cristo nos ama y se entrega por nosotros. Por medio de ese amor, nos dice Jesús, otros sabrán que le pertenecemos (Juan 13:35). La dádiva de la fe y la salvación de Dios es un milagro; un milagro que él quiere que primero recibamos y después proclamemos.

Odisea Cristiana es una revista dedicada a ayudar de una pequeña manera al ser un espacio donde compartimos nuestras historias, nuestra fe y nuestra esperanza mientras el Espíritu Santo nos guía a conocer a nuestro Salvador y Padre de manera cada vez más profunda. Así como el agua del pozo despertó una nueva vida en Helen Keller, de igual forma el agua de Jesús despierta una nueva vida para todos aquellos que la reciben.

John Halford

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