Sufrir desprecio cuando proclamamos la Buena Noticia

Porque ustedes mismos saben, hermanos, que nuestra visita a ustedes no fue en vano, sino que después de haber sufrido y sido maltratados en Filipos, como saben, tuvimos el valor, confiados en nuestro Dios, de hablarles el evangelio (las buenas nuevas) de Dios en medio de mucha oposición (de mucho conflicto). Pues nuestra exhortación no procede de error ni de impureza ni es con engaño, sino que así como hemos sido aprobados por Dios para que se nos confiara el evangelio, así hablamos, no como agradando a los hombres, sino a Dios que examina nuestros corazones. Porque como saben, nunca fuimos a ustedes con palabras lisonjeras, ni con pretexto para sacar provecho. Dios es testigo. Tampoco buscamos gloria de los hombres, ni de ustedes ni de otros, aunque como apóstoles de Cristo hubiéramos podido imponer nuestra autoridad. Más bien demostramos ser benignos entre ustedes, como una madre que cría con ternura a sus propios hijos. Teniendo así un gran afecto por ustedes, nos hemos complacido en impartirles no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas, pues llegaron a ser muy amados para nosotros. ~ 1 Tesalonicenses 2:1-8.

En un mundo donde la humanidad está adoptada en la relación del Padre, del Hijo y del Espíritu, pero que no todos lo saben, tenemos que compartir mucho del desprecio hacia Jesus cuando proclamamos esta Buena Noticia. No ver con claridad es, bueno, ¡no ver con claridad! Saber que tú y toda la gente están en una relación con la Trinidad, totalmente por la gracia de Jesús, y no por obras, arrepentimiento o incluso por fe, ¡puede resultar desconcertante! Pero, ¿qué vas a hacer cuando estás en el dilema de ser confrontado por la Verdad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, revelado en Jesús, y las presiones de las desiluciones del mundo al respecto? ¿Renunciar? ¿Callar? ¿Esconder la cabeza en la arena como un avestruz pretendiendo que no has oído hablar de Dios para nada? ¿Hablar temeroso con un lenguaje sin claridad y que nadie entiende? O, ¿participar en el Espíritu como lo hizo Pablo?

Timothy J. Brassell

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