Por Rubén Ramírez Monteclaro

Vemos claramente en lo declarado por el apóstol Juan, autor del libro, que Jesucristo revela un mensaje de parte de Dios, por medio del cual nos informa lo que habrá de suceder en los últimos tiempos.El último libro de la Biblia conocido comúnmente como “Apocalipsis” o “Revelación”, comienza de la siguiente forma: “Ésta es la revelación de Jesucristo, que Dios le dio para mostrar a sus siervos lo que sin demora tiene que suceder” (Apocalipsis 1:1).

Pero a través de toda la Biblia, Jesucristo nos ha hecho otra revelación de mayor importancia de parte de Dios: nos ha revelado a un Dios amoroso, compasivo, misericordioso, que se goza en sus hijos y que existe en tres personas (Padre-Hijo-Espíritu): Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mateo 11:27) (Lucas 10:22)

¿Y quién será aquel a quien Jesús quiera revelar al Padre? ¿Se ha puesto a pensar quién o quiénes serán las personas a quienes se les revelará la gloria del Padre? ¿Tendrá Dios hijos predilectos y consentidos a quienes se revelará y a otros no?

Recordemos que el Hijo encarnó en el humano Jesús y por tanto todos los humanos estamos en la gloria de Dios, porque nos redimió, perdonó y salvó a TODA LA HUMANIDAD, así que Jesús quiere revelarnos la gloria del Padre a TODOS. Pero dejemos que la misma Escritura nos conteste: “Una voz proclama: «Preparen en el desierto un camino para el Señor; enderecen en la estepa un sendero para nuestro Dios. Que se levanten todos los valles, y se allanen todos los montes y colinas; que el terreno escabroso se nivele y se alisen las quebradas. Entonces se revelará la gloria del Señor, y la verá toda la humanidad. El Señor mismo lo ha dicho.» (Isaías 40:3-5)

El gran deseo de Dios es revelarse a todos para que todos seamos uno con Él: “A los que me diste del mundo les he revelado quién eres…para que todos sean uno… Padre, así como tú estás en mí y yo en ti, permite que ellos también estén en nosotros… Yo les he dado la gloria que me diste, para que sean uno, así como nosotros somos uno: yo en ellos y tú en mí. »Padre, quiero que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy. Que vean mi gloria, la gloria que me has dado porque me amaste desde antes de la creación del mundo” (Juan 17:6, 21-24).

En la antigüedad se consideraba a Dios como alguien inalcanzable, implacable, alejado de la humanidad y aunque digno de alabanza, se veía lejos de nuestros problemas y de nuestras alegrías, por eso, cuando Jesús vino a su creación, nos trajo la revelación más grandiosa de la historia, nos vino a revelar al Dios trino que nos ama, se alegra en nosotros, sufre con nosotros y nos acuna en sus brazos con un amor que sobrepasa todo entendimiento.

Entiendo por qué Dios es trino, porque la relación dinámica que experimentan el Padre, el Hijo y el Espíritu es una relación fundada en el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la misericordia, la fe, es una relación de familia: Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no recibieron un espíritu que de nuevo los esclavice al miedo, sino el Espíritu que los adopta como hijos y les permite clamar: «¡Abba! ¡Padre!» El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Y si somos hijos, somos herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, pues si ahora sufrimos con él, también tendremos parte con él en su gloria (Romanos 8:14-17) (Gálatas 4:6)

Una relación que experimentamos en Cristo porque Él es el Hijo Amado del Padre, y nosotros al estar en Cristo, somos sus hijos amados también sin distinción de personas.

Esa es la realidad de nuestro Dios Trino, un Dios en una Unidad dinámica, que llena todo el Universo, haciendo que TODO, tanto lo físico como lo espiritual, sea uno con Él y en Él.

La revelación que Jesucristo vino a darnos de un Dios Trino y todo amor la vemos más claramente en el Capítulo 1 de la carta a los Efesios: 3 Alabado sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en las regiones celestiales con toda bendición espiritual en Cristo.4 Dios nos escogió en él antes de la creación del mundo, para que seamos santos y sin mancha delante de él. En amor5 nos predestinó para ser adoptados como hijos suyos por medio de Jesucristo, según el buen propósito de su voluntad,6 para alabanza de su gloriosa gracia, que nos concedió en su Amado.7 En él tenemos la redención mediante su sangre, el perdón de nuestros pecados, conforme a las riquezas de la gracia8 que Dios nos dio en abundancia con toda sabiduría y entendimiento.9 Él nos hizo conocer el misterio de su voluntad conforme al buen propósito que de antemano estableció en Cristo,10 para llevarlo a cabo cuando se cumpliera el tiempo: reunir en él todas las cosas, tanto las del cielo como las de la tierra.11 En Cristo también fuimos hechos herederos, pues fuimos predestinados según el plan de aquel que hace todas las cosas conforme al designio de su voluntad,12 a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria.13 En él también ustedes, cuando oyeron el mensaje de la verdad, el evangelio que les trajo la salvación, y lo creyeron, fueron marcados con el sello que es el Espíritu Santo prometido.14 Éste garantiza nuestra herencia hasta que llegue la redención final del pueblo adquirido por Dios, para alabanza de su gloria(Efesios 1:3-14).

Somos tan amados que Dios se alegra por nosotros y lo demuestra con gritos y bailes de júbilo (Sofonías 3:17) y en Cristo nos constituimos en alabanza de su gloriosa gracia (del Padre) v.6, en alabanza de su gloria (del Hijo) v.12 y en alabanza de su gloria (del Espíritu) v.14.

Es una gran bendición tener un Padre que nos ama por ser sus Hijos Amados en Cristo y protegidos por el Espíritu Santo.

Esta es la más grande revelación que Jesucristo, el Revelador, nos ha traído a los humanos, constituidos en Él como una nueva creación, una creación unida al Dios Trino, el Amo y Señor de la eternidad: “… queda la firme esperanza de que la creación misma ha de ser liberada de la corrupción que la esclaviza, para así alcanzar la gloriosa libertad de los hijos de Dios” (Romanos 8:21)

Celebremos con júbilo todos los días esta realidad que nos dice quiénes somos en Cristo: los Hijos Amados de Dios.

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