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Como he dicho al final de la tercera parte de esta serie: “Con el Centro de nuestra oración, fe, devoción y adoración establecido, como una estrella Polar, todo lo que tiene que ver con escuchar y estudiar las Escrituras del Señor queda orientado apropiadamente”. Ahora vamos a explorar algunas de esas implicaciones más generales que pueden expresarse como una serie de reglas que nos mantengan navegando orientados con nuestra Estrella Polar.

Interpreta las partes a la luz del todo

Como sabes, Jesús se identifica en las Escrituras como el Primero y el Último. También se identifica como la Palabra Viviente de Dios o el Logos de Dios. Podríamos decir que Jesús es y habla la primera palabra a la creación, y es y tiene la última palabra sobre la creación. Todo fue puesto en movimiento por él, y el destino definitivo de todo es establecido en relación con él, su justo heredero.

Quizás no pensamos en esto a menudo, pero reconocer esto acerca de Jesús, nuestro Señor resucitado y ascendido, tiene implicaciones sobre cómo escuchamos y estudiamos las Escrituras. En el pasado se ha dicho así: Interpreta siempre las diferentes partes de las Escrituras (versículos, párrafos, capítulos, libros, etc.) en términos de todas las Escrituras. Ninguna parte de las Escrituras debe ser entendida simplemente en sí misma, sino solo en el contexto de la totalidad. Algunos han dicho que cada parte de las Escrituras debe ser interpretada en términos de la plenitud de su significado (su sensus plenior).

Puede que hayas escuchado el buen consejo de no tomar los versículos “fuera de su contexto”. Eso es cierto. El contexto incluye no solo los versículos que inmediatamente rodean un cierto texto, sino el capítulo, la totalidad del libro en el que aparece, y al final, todas las Escrituras. Muchas enseñanzas falsas a lo largo de los siglos, e incluso en nuestra situación contemporánea, proceden de tomar un pasaje fuera de contexto y luego concluir lo que significa por sí mismo. En realidad, así podemos sustituir fácilmente con nuestro propio contexto el verdadero contexto que se nos da en la totalidad de las Escrituras. Nuestro contexto se convierte entonces en la estrella polar interpretativa. No hay sustituto a dedicar toda una vida para estudiar la totalidad de la Biblia, esto es, considerar “todo el consejo de Dios” (Hechos 20:27).

La Biblia debe entenderse de forma que contribuya a la totalidad de quién es Dios en Cristo.

Pero el todo no es solamente todos los libros y versículos de la Biblia. El todo incluye Quién está delante, detrás, rodeándolas, arriba y al final de las Escrituras. Este todo es lo que la Biblia dice sobre quien es Dios. Como el Logos de todas las cosas, incluyendo las Escrituras, Jesucristo lo contiene todo. Por ello, el todo incluye la totalidad de lo que aprendemos a través de toda la historia de revelación preservada en las Escrituras. Y cada parte debe entenderse de forma que contribuya a la totalidad (de quién es Dios en Cristo) y como el todo incluye las partes. Esta “regla” nos ayudará a escuchar e interpretar apropiadamente el significado de las Escrituras mientras escuchamos a sus diversas partes, porque todo procede de un mismo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Debe sonar que todo pertenece a un mismo Dios personalmente conocido en Jesucristo.

Interpreta lo oscuro a la luz de lo claro

Otra “regla” a menudo recomendada en tiempos pasados de la iglesia que nos ayudará a permanecer orientados hacia la Estrella Polar es “interpretar los pasajes obscuros a la luz de lo claro”. Esta es una buena guía. Mucha enseñanza falsa ha derivado de una fascinación por lo no claro, por lo obscuro, o por los pasajes opacos de las Escrituras. Los maestros pueden sacar ventaja de esos casos porque, dada la ambigüedad de su significado, pueden hacerse parecer plausibles cantidad de significados. No son lo suficientemente claros por sí mismos como para descartar una variedad de interpretaciones especulativas. Así alguien que pueda dar un argumento lógico puede, a menudo, ser persuasivo, leyendo en realidad, a menudo, su propio significado. La regla de usar los pasajes claros para clarificar las varias opciones para interpretar el significado de las partes difíciles nos guarda de ese peligro. No debemos de permitir que los pasajes no claros, especialmente, y alguna comprensión particular de los mismos, sean usados ¡para reinterpretar los pasajes más claros!

Pero podemos llevar esta regla un paso más lejos. ¿Quién o qué es la expresión más clara del corazón, la mente, la voluntad y el carácter de Dios? Jesucristo. Él es la Luz de todas las luces. Toda la Escritura, al final, debe entenderse a su Luz clara. Solo él nos muestra el rostro de Dios en persona.

Veamos un ejemplo. Los fariseos del tiempo del Nuevo Testamento tenían una comprensión de la Ley de Dios, la Torah. Cuando Jesús llegó, lo acusaron de violar lo que ellos consideraban la prioridad más alta de la Ley, guardar el Sábado. Y ellos habían establecido lógicamente lo que debía implicar guardar el Sábado. Interpretaron a Jesús y sus acciones en términos de su comprensión previa de la Ley de Dios. ¿Cómo respondió Jesús a sus acusaciones? ¿Dijo él simplemente: “Vine a darles otra interpretación de cómo debe ser aplicada la Ley”? No, les dijo: “Porque el Hijo del Hombre es Señor del Sábado” (Mateo 12:8). Los fariseos le dieron prioridad a su comprensión de la Ley, e interpretaron a Jesús en términos de la misma. Pero Jesús replicó diciéndoles quien era él en relación con la Ley, y por ello les dijo: “Yo creé la Ley, le di su significado, sé cómo hay que respetarla y cuando está siendo violada. Interpreten la Ley en términos de mí, su Señor; no a mí en términos de la Ley. Es mi sierva. Yo no soy  su siervo para ser juzgado por ella”.

Jesús pone a los fariseos entre la espada y la pared. ¿Reconocerán a Jesús como el Señor Viviente, el Señor de la Ley, o continuarán usando la Ley como “señor” para interpretar y juzgar a Jesús? ¿Qué o quién es el todo y qué o quién es la parte? ¿Qué o quién es lo claro y qué es lo relativamente oscuro? Puede que no consideremos la Ley como los fariseos, pero puede que tengamos otras verdades, actitudes o puntos de vista que aceptemos y usemos para interpretar o entender a Jesús y quién es Dios. Reconocer a Jesús como el Centro del centro nos desafiará a verlo todo en términos de su interpretación de las cosas, en su luz.

Podemos resumirlo diciendo: Interpretamos las partes en términos del todo y lo no claro en términos de lo claro, y ¡todo en términos de Jesucristo!

Interpretar el Antiguo Testamento a la Luz del Nuevo

Otra implicación que se ha identificado en el pasado es interpretar el Antiguo Testamento en términos del Nuevo Testamento. Esto es también una buena “regla” que podemos seguir y expandir más. Jesús es el cumplimiento de la revelación y provisión de Dios. Esto es, él es la revelación y el don propio de Dios para nosotros y para nuestra salvación. Él cumple todas las promesas de Dios establecidas y señaladas en el Antiguo Testamento. Las promesas deben de ser entendidas en términos del cumplimiento, no al revés.

Pero el Antiguo Testamento trata de mucho más que de las promesas en sí mismas. Involucra una relación continuada e interacción de Dios con Israel de alrededor de mil años, incluyendo la interacción con numerosos profetas en diferentes puntos en la historia de esa relación.

Dios estaba llevando a Israel a alguna parte, e Israel lo sabía. Dios no les había dado la palabra final. Esperaban tener su Espíritu derramado en toda carne (Joel 2:28), siendo dado para reavivar la vida en los huesos secos (Ezequiel 37:5), y tener nuevos corazones (Ezequiel 11:19; 36:26). Miraban al tiempo de la paz o shalom de Dios, cuando no tendrían que prepararse para la guerra nunca más ni tener sangre en sus manos (Isaías 2:4; Joel 3:10; Miqueas 4:3).

Anticiparon el final de la adoración por medio de sacrificios, cuando pudieran estar en la misma presencia del Dios viviente y luego ¡vivir verdaderamente! La revelación del Antiguo Testamento incluía la proclamación de que había mucho más por llegar, de que Dios no había acabado de darse a conocer y de proveer todo para ellos. Incluso en la conclusión de las últimas palabras de los profetas, sabían que no estaban en el final de la historia. El clímax no se había alcanzado todavía.

Interpretamos las partes en términos del todo y lo no claro en términos de lo claro, y ¡todo en términos de Jesucristo!

El hecho de que la revelación de Dios conlleve una historia de interacción con Israel, y hablar a través de profetas seleccionados, significa que nosotros debemos interpretar cualquier pasaje en términos de dónde viene en la historia mientras asciende o desciende de la revelación y el darse propios de Dios en Jesucristo. Esta regla de interpretación es especialmente importante para las directivas éticas o litúrgicas particulares dadas al antiguo Israel. Lo que Dios manda a Israel en una situación particular no es la palabra final o eterna de Dios.

Por ejemplo, aunque el dicho “ojo por ojo y diente por diente” era mucho más compasivo que el código de venganza practicado por las antiguas culturas del cercano oriente de entonces a su alrededor, no era la palabra final de Dios para su pueblo. Al contrario, la palabra final toma cuerpo en Cristo que amó a sus enemigos hasta el final y nos insta a hacer lo mismo. Por lo tanto la interpretación debe tomar en cuenta dónde encontramos las acciones en la historia, las actitudes o las instrucciones dadas. Dios llena y clarifica su revelación a lo largo de una historia de interacción con su pueblo, por ello no cada palabra en la Biblia es la última palabra de Dios sobre el tema. Providencialmente, hay muchos lugares en el Nuevo Testamento donde se menciona explícitamente un cambio significativo o discontinuidad, tal como lo que respecta al Sábado.

Esto no significa que todo lo dicho en el Antiguo Testamento será necesaria y radicalmente reinterpretado después. Algunas indicaciones o instrucciones pueden permanecer mayoritariamente sin cambio, tales como los principios que identificamos como instrucciones morales generales, que están ligadas a nuestra naturaleza humana y toman en consideración nuestra condición caída. En aquellas sobre las características permanentes y universales de la humanidad, tales como el matrimonio, la moral sexual y las relaciones entre padres e hijos, que se mantienen a lo largo de la historia y de los diferentes contextos culturales, esperaremos una significativa continuidad en su enseñanza. El Nuevo Testamento a menudo menciona continuidades particulares y expresiones del desarrollo redentor.

Lo que Dios manda a Israel en una situación particular no es la palabra final o eterna de Dios.

Incluso si hay algunas diferencias prácticas o particulares, en el ámbito de principios fundamentales que reflejan el carácter de Dios, debemos de esperar ver alguna continuidad entre la aplicación temprana y la tardía de ese mismo principio en el Nuevo Testamento. Parece haber un desarrollo redentor en la forma en la que hay que aplicar los propósitos más generales de Dios en la vida de la iglesia, después del cumplimiento de la voluntad de Dios en Cristo, comparada a antes del mismo. Un ejemplo sería que aunque Israel es instado a veces a ir a la guerra, se le instruyó a no ser vengativa y a mirar a un tiempo cuando las espadas serían forjadas en arados.  La iglesia cristiana es llamada a continuar con esa trayectoria y finalmente ser pacificadores y a no considerar a ningún ser humano como su enemigo, sino al contrario, a perdonar y buscar la reconciliación y la restauración.

El tema de la esclavitud parece estar en la misma línea. Lo que fue permitido a Israel ya no debe de caracterizar a la iglesia cristiana. Así Pablo insta a Filemón a emancipar a su esclavo Onésimo (Filemón 16-17). La esclavitud era una práctica que estaba “desapareciendo”. Por ello tales instrucciones, como fueron dadas a Israel, no se pueden recoger ahora directamente por la iglesia sin considerar que ocupamos un lugar diferente en la historia que el que tenía la antigua Israel. El Dios de la Biblia es un Dios de vida, no de muerte; un Dios de libertad, no de esclavitud; un Dios de amor, reconciliación y redención y no de enemistad y venganza. Aunque sin duda podemos encontrar señales de estas características en el Antiguo Testamento, a veces, aparece alguna ambigüedad significativa a lo largo del camino en la historia de la interacción de Dios con Israel. Nosotros ahora, sin embargo, vivimos para dar testimonio del cumplimiento pleno y claro de la Palabra de Dios en Cristo, no de su sombra y preparación. Es por ello que interpretamos el Antiguo Testamento en términos del Nuevo.

Estas son algunas directrices para interpretar apropiadamente las Escrituras con Jesucristo, la Palabra Viviente, en el centro de la Palabra escrita. En los dos artículos próximos de esta serie continuaremos ofreciendo algunas directrices más que nos ayuden a permanecer orientados por nuestra Estrella Polar. ◊


Dr. Gary Deddo Dr. Gary Deddo

Este artículo es el tercero de una serie de seis por el Dr. Gary Deddo, sobre la interpretación de la Biblia.


La Biblia: Regalo de Dios

  1. La Biblia: Regalo de Dios. Parte I
  2. La Biblia: regalo de Dios. Parte II
  3. La Biblia: Regalo de Dios. Parte III
  4. Reglas para interpretar la Biblia | La Biblia: Regalo de Dios Parte IV
  5. Realidad y Significado de las Escrituras | La Biblia: Regalo de Dios Parte V

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