Flor María Sarmiento

Con frecuencia me pregunto: ¿estoy cumpliendo bien mi rol de mamá ante Dios y ante la sociedad?

Si miramos a nuestro alrededor sin ánimo de criticar, sino de evaluar la calidad humana que estamos entregando a nuestra sociedad, es cierto que encontramos personas con grandes valores, pero desafortunadamente no son la mayoría. Lo que vemos en abundancia son antivalores: violencia, desamor, ingratitud, irresponsabilidad, intolerancia, envidias, chismes, irrespeto, indolencia, deslealtad, etc. El resultado es el mundo en que vivimos saturado de conflictos, inseguridades, guerras, en fin, de miseria humana. La sociedad refleja el ambiente que reina en las familias.

Dios nos da la grandiosa oportunidad de aportar al mejoramiento de la calidad de vida en nuestro planeta, formando bajo Su dirección, a los futuros hombres y mujeres de bien. Comenzamos esta inaplazable, grata e importante labor con nuestros bebés para que puedan convertirse en niños y niñas que sean la inspiración de sus amigos y compañeros y que más tarde puedan ejercer como embajadores de Dios ante la sociedad (Mateo 5:14) y estén preparados para formar integralmente a sus hijos, facilitando el desarrollo máximo del potencial humano.

¿Estamos cumpliendo nuestra responsabilidad de entregar hijos valiosos a Dios, a nuestro país y al mundo?

Quiero compartir con ustedes, algunas reflexiones sobre nuestro desempeño como mamás conscientes de nuestro deber y comprometidas con el desarrollo integral de nuestros hijos, contribuyendo con ello a forjar un mejor mañana para todos. Me gustaría tratar brevemente algunos elementos que considero importantes para este propósito, como son: el respeto, la comprensión, el estímulo, la comunicación, la disciplina y el amor.

En primer lugar deseo abordar el RESPETO que debemos tener por nuestros hijos.

Hace algún tiempo presencié una escena dolorosa en un aeropuerto: una mamá y su hijita de unos 8 años. A la niña se le había roto la balaca que sostenía su cabello; la mamá se enfureció de tal manera que insultaba a la niña con palabras groseras mientras le golpeaba la cara y la cabeza, delante de varias personas. La niña se veía avergonzada y triste. Cuando la mamá estuvo calmada, la niña se le acercó, la miró con cariño y la abrazó. ¡Qué ejemplo de amor y perdón nos dan los niños! (Mateo 18:3)

Otro día, mi hija invitó a sus amigos y amigas a compartir con ella la alegría de sus nueve años. Una mamá llegó con su hijito; mi niña y yo salimos a recibirlos. La mamá nos dijo delante del niño “Por hoy le levanté el castigo, porque está castigado por grosero, desobediente, malgeniado…” y otros defectos que no recuerdo ahora. El niño avergonzado bajó la cabeza con tristeza. ¡Qué dolor sentí!

Esto, para dar sólo dos ejemplos, porque con mucha frecuencia los padres irrespetamos a nuestros hijos, menoscabando su autoestima.

¿Por qué no respetamos a aquellos seres preciosos que Dios nos ha entregado por un periodo de tiempo para que los cuidemos, valoremos y eduquemos con amor? Ellos son muy valiosos para Dios (Marcos 10:14)

¡Cómo podemos maltratar física y verbalmente a esos maravillosos seres que Dios ha puesto bajo nuestro cuidado, humillándolos, aprovechando desigualdad tanto de condiciones físicas como de destrezas verbales? (Hebreos 5:13) ¡Qué absurdo! Olvidamos que son iguales a nosotros en dignidad humana.

Respetemos a nuestros hijos. No los avergoncemos delante de otros, respetemos su integridad física, aceptemos su espontaneidad, su sencillez, sus necesidades de desarrollo. Respetemos sus cambios físicos y sociales, su privacidad, sus gustos, su individualidad y sus capacidades. Valoremos sus opiniones, evitemos desesperarlos con cantaletas ineficaces (Efesios 6:4)

Respetamos a nuestros hijos cuando contamos con ellos en el diario vivir. Cuando los tenemos en cuenta en decisiones grandes y pequeñas que involucran a la familia (Juan 5:20), cuando los saludamos y nos despedimos, cuando somos atentos con ellos, los tratamos con amabilidad y les manifestamos amor, cuando nos interesamos por su día de labores, los escuchamos con atención, les pedimos las cosas por favor y sin gritos, cuando les agradecemos su colaboración y atenciones y cuando les ofrecemos disculpas por nuestras equivocaciones.

Hay muchas otras maneras de practicar el respeto con nuestros hijos. Estos con algunos modelos de cómo podemos, con nuestro ejemplo, dejar impresa para siempre en la mente y en el corazón de los hijos esta virtud que es fundamental en toda convivencia.

Estoy segura del cumplimiento del siguiente pasaje: “Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo no se apartará de él” (Prov. 22:6) Reflexionemos en esto.

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