Reflexiones  Por Rubén Ramírez Monteclaro

Cruz-03

Ruben-RamirezTodo cristiano tiene en alta estima la cruz de Cristo; será porque en ella murió el Salvador del mundo, el redentor de la humanidad, el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Todo cristiano también sabe que por medio de ese instrumento de tortura destinado para los más crueles delincuentes de esa época, Jesús termina una obra planeada desde antes de la fundación del mundo; “Consumado es” son sus últimas palabras con vida humana (Juan 20:30).

En Cristo Dios concibe a la “humanidad santa y sin mancha” (Efesios 1:4), creada a la “imagen y semejanza” de su Creador (Génesis 1:27); sin embargo, el pecado empañó la imagen de Dios y corrompió la naturaleza humana engendrada por el mismo Padre Celestial. Dios sabía que esto iba a suceder, por eso la obra redentora del Cristo de Dios ha lugar en la historia y en el mundo.

Pero, ¿Por qué la cruz? ¿Por qué ese instrumento vil de tortura? ¿Qué tan delincuente fue Jesús? ¿Por qué Dios permitió que su Hijo muy amado sufriera tan cruel tormento? ¿Qué sucedió realmente en ella?

Todas estas preguntas merecen una respuesta:

Para Dios el tiempo no existe, Él lo creó para el hombre, para que en el lapso de menos de 100 años pudiera darse cuenta de que es heredero de la misma gloria de su Creador; fue concebido de tal manera que aun siendo humano, pudiera vivir en santa comunión con Dios, su Padre; sin embargo, un día decidió separarse de quién dependía para hacer su propia vida, lejos de su proveedor, protector, y amante esposo.

Este hecho causó la muerte y la oscuridad, y la humanidad se corrompió a tal grado que el profeta Jeremías afirmó: “»El corazón humano es lo más engañoso que hay, y extremadamente perverso. ¿Quién realmente sabe qué tan malo es?” (Jeremías 17:9)

La declaración del profeta la podemos corroborar cuando le damos un vistazo a la historia de la humanidad, desde el rechazo de Dios y el fratricidio de Caín, hasta dos guerras mundiales, rodeadas de tantas perversidades y seguidas de ruindades, fraudes, genocidios y maquinaciones de daño de los unos a los otros, cuando Jesús nos pide que nos amemos en Espíritu y Verdad.

Esta humanidad muerta espiritualmente, viviendo en la completa oscuridad que trae el rechazo de Dios; esta humanidad alejada de Dios porque no permite que se le diga qué es lo mejor para sí y menos cuando la voz sale de quien es su Creador. A esta humanidad es a la que desciende Dios en la persona de Jesús, para adoptarla (Efesios 1:5) y hacer morada con ella: un solo ser el Creador y lo creado.

Dios, al hacerse humano en la persona de Jesús, vino a experimentar en carne propia la declaración del profeta Jeremías: Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9 RV60).

El propósito inicial: sanar, restaurar y resucitar a una humanidad inmersa en sus perversidades, hacerla nuevamente apta para la convivencia con su Creador.

El propósito final: ser un solo ser Dios y la humanidad, tal como lo concibió desde antes que el mundo existiera.

Así que, la encarnación, vida, muerte, resurrección y ascensión de Jesús cumple un propósito por demás excelso y sin precedentes. Esto engrandece la obra de Jesús mi Salvador, quien me ha purificado y santificado; y ¿Cómo lo logró?

Viviendo en la carne la perversidad de la humanidad caída y dejándola clavada en ese instrumento de tortura que es la cruz, destinada para los más perversos delincuentes, porque la humanidad era eso (Jeremías 17:9).

Demos respuesta a las preguntas iniciales:

¿Por qué la cruz? ¿Por qué ese instrumento vil de tortura? Porque era el instrumento destinado a purgar los más viles y perversos delitos del hombre.

¿Qué tan delincuente fue Jesús? Cargó con todos los delitos y perversidades de la humanidad para poder expiarla plena y totalmente.

¿Por qué Dios permitió que su Hijo muy amado sufriera tan cruel tormento? Porque el amor de Dios por la humanidad sobrepasa todo entendimiento. El amor (ágape) de Dios es un amor de un sólo sentido: dar, dar, dar… es amar sin que la persona objeto de ese amor no se merezca ese amor

¿Qué sucedió realmente en la cruz? En ella quedó clavada y muerta la perversidad de la humanidad. Después de ese día y de ese hecho en particular, la humanidad dejó de ser lo que era: perversa, ruin y depravada, para emerger una nueva humanidad en la persona del Cristo resucitado, una humanidad diferente, santa y sin mancha, llena del amor de Dios, de ese amor cuyo objetivo es dar, dar, dar…

Así es como Dios ama y así es como nosotros los humanos debemos amarnos los unos a los otros, ya que en Jesús somos los hijos muy amados del Padre.

Esa es nuestra nueva naturaleza: santa y sin mancha, en Cristo Jesús.

Por eso, ahora que celebramos la muerte y resurrección de Jesús, llenémonos la mente y el corazón de esa gratitud que merece el amor de Dios “Pues Dios amó tanto al mundo que dio a su único Hijo, para que todo el que crea en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él”. (Juan 3:16-17)

En esta temporada de pascua veamos la cruz como el instrumento empleado por nuestro amoroso Padre para que ahí se quedara mi humanidad mala, pecadora y depravada.

Pero más importante; veamos a Jesús emerger de la tumba resucitado con una nueva humanidad limpia, sin mancha ni arruga para empezar a vivir una vida en santa comunión con nuestro amoroso Padre, quien en su Hijo, nos dice: “ustedes son mis hijos amados”.

Vivamos esta realidad, esta nueva humanidad y proclamemos fuertemente que Dios nos ha llevado a su reino, al seno mismo de su naturaleza santa, a vivir por siempre en su luz verdadera, inaccesible para los humanos antes de Cristo. Esa es nuestra misión: mostrar a la humanidad que vive en la oscuridad que Dios nos ha limpiado y hechos santos, para que pueda gozar de lo que nosotros los cristianos ya estamos disfrutando. Loor por siempre a nuestro Dios. Aleluya. Amén.

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