Más confianza en Dios

RINCÓN DE ESPERANZA

Más confianza en Dios
Pedro Rufián Mesa
Hacía tres días que Esperanza, paciente de cáncer de páncreas, había recibido su primera sesión de quimio. Estaba en un parque hablando con su oncólogo, Andrés.

Mientras habían estado hablando el tiempo había pasado desapercibido para ellos. Esperanza tenía un deseo tan inagotable de saber más sobre la voluntad de Dios para su vida que, a veces, Andrés olvidaba que, antes que pastor, era el oncólogo de la persona que tenía delante. Se dio cuenta de que no habían hablado mucho sobre como se había sentido ella durante esos tres días.
“Cambiando de tema”, dijo el doctor, “dime cómo te has sentido. Primero que nada tengo interés por ti, y segundo, como el tratamiento es experimental, tengo que compartir con mis colegas lo que vamos apreciando en los pacientes sometidos al mismo”.
‘El primer día’, respondió ella, ‘no sentí reacción alguna. El segundo, ya empecé a sentir náuseas, especialmente por la mañana, pero después de comer parece que se me aplacaron, y por la tarde sentí algo de dolor de cabeza, pero nada que no se pudiese soportar bien. Hoy por la mañana parece que las náuseas han sido mayores, y han permanecido casi durante todo el día, aunque es curioso, durante el tiempo que llevamos hablando no he sentido casi molestias. Lo que demuestra que parte de los síntomas son causados por nosotros mismos, por lo que llamamos el condicionante psicológico. Y esta mañana, después de peinarme, me pareció ver más cabellos que de costumbre en el lavabo. Pero eso es normal, según me dijiste. Estoy mentalizada para cuando pierda todo mi cabello. Todo tiene su lado bueno, me ahorraré tener que ir a la peluquería’.
 “Me encanta tu buen sentido del humor, y el estar dispuesta a ver siempre el lado positivo de las cosas”, la interrumpió Andrés, “esa actitud es la mejor medicina que puede haber. ¿Has sentido algún malestar o molestias en las articulaciones?”.
‘Sí, he sentido algo de dolor y tensión en ellas. Como si las tuviese inflamadas’.
“Va a ser algo molesto, pero está dentro de los efectos secundarios previstos, que según se espera serán menores que los de la quimioterapia más convencional”.
Cuantas menos posibilidades más confío en Dios
Bajo la aparente seguridad de Esperanza se cobijaba la realidad de la información objetiva que tenía de su grave situación. Además de los datos que Andrés le había dado sobre el cáncer de páncreas había estado haciendo alguna investigación en Internet. Sabía que su cáncer era uno de los más agresivos que había y que las posibilidades de sobrevivir al mismo eran mínimas.
¿Por qué no pedirle a Andrés que orase a Dios por ella? Esto era lo que rondaba por su cabeza ahora mismo. ¿Por qué no hacerlo? Andrés había orado personalmente ya una vez estando ella presente, y sabía que la Palabra de Dios decía en Santiago 5:14-15 que si había alguien enfermo llamasen a los ancianos de la iglesia, que orasen por el enfermo ungiéndole con aceite, y que la oración de fe salvaría al enfermo.
Sin más preludio o introducción Esperanza le dijo: ‘¿Por favor, podrías hacer una oración por mí ahora mismo?’.
“Por supuesto. Es para mí un privilegio”.
‘Hace algunos meses hubiera sido imposible que yo pidiera algo así, pensaba que no necesitaba a Dios. De hecho, no creía en él en la forma que lo hago ahora. Ahora sé que él me ama incondicionalmente y que le importa lo que me suceda en todos los aspectos de mi vida. Y que, como escribió el apóstol Pablo, “dispone todas las cosas para el bien de quienes lo aman” (Romanos 8:28 Biblia Dios Habla Hoy). Que él hará que todo lo que me suceda repercuta para el bien de su propósito. Siento que cuando menos posibilidades tengo más se afianza mi fe y confianza en Dios. Sé que no se molesta por ello, él sabe de nuestras debilidades’.
Esperanza hizo una pausa, Andrés tomó un botecito de aceite de oliva, que guardaba en el bolsillo, se untó un dedo con el mismo y empezó a orar con fe y confianza, poniendo sus manos sobre la cabeza de Esperanza y pidiendo la intervención milagrosa de Dios en su vida, de acuerdo a su amor, su misericordia y su sabia y soberana voluntad.
Cuando Andrés terminó su oración, los ojos de Esperanza y los suyos estaban humedecidos en lágrimas. Andrés dijo mirando su reloj: “Lo siento, se me ha hecho tarde sin darme cuenta. Tengo que irme para hacer una visita a un enfermo que vive cerca de aquí”.

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