Neil Earle


Segunda a los Corintios es una pieza de escritura altamente personal en la cual el apóstol Pablo se desnuda a sí mismo por completo. A lo largo de ésta carta, Pablo está a la defensiva. Como lo explica el erudito del Nuevo Testamento Ralph Martin, Pablo está aquí tratando con críticas severas acerca de sí mismo y de su ministerio.
“Ésta primera parte de la carta refleja lo que debió haber sido una de las experiencias más angustiantes en la vida de Pablo. Él había sido personalmente resistido e insultado por un individuo o un grupo en la iglesia de Corinto, que lo provocaba con insinceridad y duplicidad… fue acusado de vacilación (1:17), orgullo y jactancia (3:1), falta de éxito en su predicación (4:3), debilidad física (10:10), ‘rudeza’ de expresión, deficiencia en habilidad retórica (11:6), ser una persona sin dones (4:7-10), deshonestidad (12:16-19), hacerse pasar por ‘tonto’ (5:13), y falta de reputación apostólica (11:5). Pero sobre todo, él es considerado como un engañador (4:8), un charlatán (10:1), y una negación descarada del poder del mensaje cristiano (13:2-9)”. (Comentario de la Palabra: Segunda a los Corintios, páginas 61-62).
¡Esa sí que es una evaluación ministerial!
El Dios de toda consolación
Sin embargo, quizás porque Pablo estaba pasando a través del crisol por causa de aquellos molestosos corintios, ésta carta también contiene algunas de las enseñanzas espirituales más ricas que Pablo haya escrito jamás. Es en ésta carta que leemos del Dios de toda consolación, de los creyentes como la fragancia de Cristo, del espíritu de libertad, de una nueva creación, de andar por fe y no por vista, de ser embajadores de Cristo, del ministerio de reconciliación, del don inefable, del poder que se perfecciona a través de la debilidad.
Un poderoso ritmo doble persiste a lo largo de la carta pues Pablo contrasta principios vitales—muerte/vida, sufrimiento/consolación, aflicción presente/ gloria futura, debilidad/fortaleza, sembrar abundantemente/cosechar abundantemente. En resumen, 2ª Corintios es lo que hoy llamamos una montaña rusa emocional. ¿Por qué ésta epístola está tan cargada de emociones?
El erudito James Dunn lo puso sucintamente: “[Pablo] experimenta a Cristo tanto crucificado como exaltado; en verdad, es sólo cuando él experimenta a Cristo como crucificado que es posible para él experimentar a Cristo como exaltado, y que es posible experimentar la vida resucitada de Cristo”.En ésta epístola Pablo ofrece, en el Nuevo Testamento, la mejor exposición de la vida como ministro, una cándida y personal revelación que Pablo quería que los miembros supieran.
Los peligros de Pablo
Pablo sabía esto: Millones quieren la corona de Cristo, pero pocos quieren su cruz. Le dolía a Pablo que sus amados corintios (después de todo, él plantó la iglesia allí) no pudieran ver que algunos querían tomar ventaja, exaltándose a sí mismos a expensas de la preocupación de Pablo por su rebaño (2ª Corintios 11:18-19).
Es un patrón común. Los que desean ser pastores ansían tener poder sobre la gente para así compensar sus propios defectos. Los que se nombran a sí mismos (quienes, incidentalmente, a menudo lo consiguen) quieren prestigio, olvidándose del llamamiento al deber, de la fidelidad hasta la muerte. Pablo tenía amplia experiencia tratando con aquellos que entran al ministerio para manipular hombres y mujeres ó como meros asalariados (11:20-21).
Pero Pablo ya había pasado por esto antes. Las hondas y las flechas de la crítica, de buscar un culpable, de la proyección negativa, de los malos entendidos y de la mala interpretación deliberada, que a menudo son la suerte del ministro, pronto ahuyentan a los candidatos ministeriales, algunas veces, sin embargo, sólo hasta después de que ya se ha causado mucho daño al rebaño.
Pablo sabía que el servicio formal de tiempo completo en el ministerio no es el lugar para levantar una autoestima lastimada o liberar los frustrados deseos de ejercer el poder. Es por eso que sus palabras inspiran a los pastores de hoy. Su catálogo de cicatrices de batalla en 11:23-29 tiene sus paralelos modernos. G. Lloyd Rediger escribe:
“El abuso a los pastores por las congregaciones y las crisis de los pastores debido al apoyo inadecuado, son ahora realidades trágicas. Éste escenario en su peor forma, uno que está aumentando en proporciones epidémicas, no es una mala interpretación hecha por unos pocos clérigos descontentos. Más bien, es un fenómeno que está verificado tanto por la investigación como por la experiencia… Los pastores se han vuelto más vulnerables, los congregantes más confundidos y menos valerosos, las oficinas denominacionales más políticas, y toda nuestra sociedad más insensible al abuso y al conflicto. Juntos, estos factores crean la oportunidad para el abuso a los líderes espirituales e incluso alientan el desarrollo del abuso”.
Hubo un tiempo en los Estados Unidos, especialmente en los pueblos pequeños, que si una persona necesitaba un préstamo del banco, los oficiales bancarios a menudo consultaban a un pastor o un maestro para “verificar la buena reputación de una persona”. Ya no más.
Como lo señala Rediger, hoy las expectativas hacia los pastores son mucho más altas. El “mega pastoreo” es la medida de todas las cosas: “Ésta es la expectativa tanto de la congregación como del pastor, que el pastor debe ser una persona con carisma que pueda estar al frente de todas las actividades de la iglesia, hacer que sean exitosas, y continuamente atraer nuevos miembros”.
“Por supuesto, la meta de la congregación es convertirse en una mega iglesia, con cientos de miembros entusiastas, docenas de programas prósperos y un presupuesto creciente que permita adiciones regulares al edificio de la iglesia…La congregación y el pastor que no funcionan como una mega iglesia caen bajo la sospecha de estar decayendo. Por supuesto, al pastor se le echa la culpa y es castigado” (Asesinos de Clérigos, páginas 1-23).
Éstas realidades ayudan a explicar porqué tantos pastores encuentran gran consolación en 2ª Corintios. Desde el capítulo inicial sentimos que ella será algo quemante. “Estábamos tan agobiados bajo tanta presión, que hasta perdimos la esperanza de salir con vida: nos sentíamos como sentenciados a muerte (1:8-9)”. Está llena de cándidas revelaciones: “Así que nos mantenemos confiados, y preferiríamos ausentarnos de éste cuerpo y vivir junto al Señor” (5:8). Los últimos versos contienen una súplica sincera: “Pedimos a Dios que no hagan nada malo” (13:7).
Sin embargo, la nota dominante a lo largo de ella es la de aferrarse triunfalmente a un llamamiento ministerial frente a grandes presiones y malos entendidos. Pablo tiene confianza en que los espiritualmente maduros en Cristo ya han aceptado la corrección que él distribuyó en pequeñas porciones en 1ª Corintios y que la iglesia allí, en su totalidad, está retomando el paso.
¡Pablo ama a estos miembros problemáticos sólo como un pastor podría hacerlo! Él valora la buena opinión de ellos. Sin embargo, él sabe que en ésta carta él no debe tener temor de poner las cosas en claro: “Nunca les hemos negado nuestro afecto, pero ustedes sí nos niegan el suyo” (2ª Corintios 6:12).
Él no titubea en ser autobiográfico al defender su llamamiento al ministerio. Pablo sabía que Cristo da autoridad a los ministros, esperando que ellos no se conviertan en autoritarios (10:8-11). Sin embargo, la autoridad pastoral fue dada para mantener el orden en la iglesia.
“Se debe enfatizar que Pablo no está motivado por una preocupación hacia sí mismo”, escribe Philip E. Hughes. “Él voluntariamente aguanta, por la causa de Cristo, cualquier cantidad de afrentas e indignidades hacia su propia persona. Pero cuando la autenticidad de su apostolado es cuestionada, eso es algo que él no se atreve a aguantar en silencio, porque es nada menos que un desafío a la autoridad de Cristo mismo” (El Nuevo Comentario Internacional Sobre El Nuevo Testamento: Segunda a los Corintios, página 477).
De ahí provienen las referencias de Pablo a ser azotado más severamente, encarcelado más frecuentemente y estar expuesto a la muerte más a menudo (11:24).
Tales declaraciones personales funcionan en ambas direcciones. Incluso el día de hoy es difícil para los ministros y pastores que se sienten entristecidos, no sentirse un poco avergonzados al leer acerca de los peligros de Pablo. Ellos ayudan a dar perspectiva a las peculiares pruebas ministeriales de la vida, vividas en una pecera de oro.
¿Ignorantes por Cristo?
Así que, ¿Qué mantiene a los ministros funcionando? ¿Qué mantenía a Pablo funcionando?
Realmente, es algo del otro mundo, bello e incluso un poco místico, éste es el sentido del llamamiento que los ministros tienen por el ministerio. Pregúnteles sobre ello alguna vez.
A un pastor que yo conozco le dijo un congregante particularmente difícil y recalcitrante: “Usted sabe, para mí usted realmente parece un tonto, que sin esperanza trata de persuadirme a hacer algo que usted sabe que nunca haré”.
Sí, lo que los ministros intentan hacer a menudo parece, según los estándares mundanos, algo tonto. Pero si lo hacen en una buena causa para fines piadosos, entonces ellos encuentran consolación en ser lo que Pablo llamó “ignorantes por Cristo” (1 Corintios 4:10).
¿Puede uno hallarle significado, a éste sentido de misión indescriptible e incesante que mantiene a los pastores pegados a sus puestos? Como al profeta Jeremías, las emociones con frecuencia les fallan (Jeremías 15:18). Los pastores sí se desaniman, sí se sienten abusados y algunas veces embisten con desafortunado enojo o resentimiento, en contra de sus perseguidores y críticos.
Pero la mayoría se mantiene en el curso. Sus emociones pueden fallarles, pero la fe de Cristo nunca les falla. Note la sabiduría en ésta nota que vi sobre la puerta de un pastor: “El púlpito llama a aquellos ungidos para él, como el mar llama a sus marineros; y como el mar, el púlpito azota y magulla, y no descansa… Predicar, realmente predicar, es morir desnudo un poco cada vez y saber que cada vez que uno lo hace, deberá hacerlo otra vez”.
Así que, ¿por qué los pastores se mantienen ahí? ¿Qué los mantiene funcionando?
Dos cosas son necesarias para mantener a los ministros fieles funcionando, creciendo y abundando de año en año, y los congregantes necesitan saber esto. Estas dos cosas esenciales son: un fuerte sentido del llamamiento inicial, y un amor y estima inusuales hacia los miembros bajo su cuidado.
Sin estas dos cosas, a menudo es fácil caer por debajo de la marea y corriente turbulentas del ministerio pastoral. Que los ambiciosos se enteren.
El sentido del llamamiento que tenía Pablo nunca lo abandonó. Aquella cegadora vislumbre de Cristo en el camino a Damasco todavía es un texto clásico sobre el ministerio. La mayoría de los llamamientos no son tan dramáticos. Quizás son un creciente sentido de convicción a través del tiempo, cuando el pastor y aquellos en la comunidad con él lentamente sienten que Dios ha, en verdad, seleccionado a éste individuo para una obra especial (Hechos 13:1-3).
Pero el llamamiento—como quiera que se manifieste—se convierte en una balsa de la vida a la cual se aferran los ministros preocupados y desconcertados en los años por venir. Es cuando el recordatorio de Cristo habla con más fuerza y más esperanza: “No me escogieron ustedes a mí, sino que yo los escogí a ustedes” (Juan 15:16).
Amor sobrenatural
El inusual amor que los ministros tienen por los miembros—incluso hacia aquellos que los han lastimado— se siente a través de 2ª Corintios.
Aun cuando Pablo necesita reprender a ésta iglesia, él todavía quiere que las cosas marchen bien entre él y ellos: “les hemos abierto de par en par nuestro corazón… ¡abran también su corazón de par en par!” (6:11-13).
Él exclama: “les hablo como si fueran mis hijos”. Y en una corta y magnífica declaración él se va al corazón de la relación miembro-ministro: “No nos predicamos a nosotros mismos sino a Jesucristo como Señor; nosotros no somos más que servidores de ustedes por causa de Jesús” (2 Corintios 4:5).
Eso lo dice todo. Pablo no está en el ministerio para su propio beneficio. Él quiere que los miembros sepan que el punto más básico y común entre ellos es, una relación mutua con el Señor resucitado.
Todo verdadero ministro de Cristo entiende que incluso en asuntos correctivos debe proceder humildemente, porque a menudo está “instruyendo a aquellos que se oponen a sí mismos”.
El verdadero pastor hace esto con un profundo sentido cristiano de que la mayoría de las personas—incluso aquellos que temporalmente pudieran odiarle—son los peores enemigos de sí mismos (2 Timoteo 2:25)
Tales actitudes alcanzan las alturas mismas del amor y empatía cristianos así como también del servicio.
Pero Pablo sabía bien que tal profundidad y madurez de carácter y perspectiva son partes vitales de cualquier ministerio que perdura.
El llamamiento es sacrificial, permaneciente. Dios toma la vida del ministro y entonces se la da a la gente, después de colocar dentro de sus siervos una piadosa preocupación por los miembros (8:16). Así es como los ministros aguantan. Ese es el porqué Pablo pudo decir: “¡Gracias a Dios por su don inefable!” (9:15).

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