Todos sabemos que al Señor Dios no lo podemos comprar. La Reforma conducida por Lutero en el siglo 16 era una protesta contra la creencia de que las personas pueden con su dinero influir a su favor en las decisiones divinas.  

Durante mucho tiempo la gente daba a la iglesia para pagar por sus pecados, o para pagar por los pecados de aquellos que habían muerto y que supuestamente estaban en el purgatorio. Creían que si daban suficiente dinero podrían sacar a los suyos del purgatorio y pasarlos al cielo.

Otros vivían desordenadamente en pecado pensando que como tenían suficiente dinero podían asegurarse un puesto en el cielo. Lutero dejó claro que esa manera de pensar y de actuar era totalmente equivocada y recalcó hasta el cansancio que la salvación es estrictamente por la gracia de Cristo. 

En nuestros días hay personas dan sus diezmos pensando que con ello adquieren derechos ante Dios. En realidad no están dando de corazón, no están dando con una actitud desprendida, sino que están dando con la esperanza de obtener, están dando por codicia.  Los cristianos están en contra de la lotería pero algunos dan sus diezmos como comprando lotería, con la idea de que ganarán mucho más dinero del que dieron. Esa manera de dar se afianza en el amor por el mundo y las cosas que hay en el mundo.  El apostol Juan nos dice: “No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo el amor del Padre no está en él. Y el mundo pasa y sus deseos, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre”.

Siempre que usted de asegúrese de dar sin motivaciones egoístas. A Dios no lo podemos comprar.

Héctor Barrero 

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