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por Joseph Tkach

Los judíos y los samaritanos simplemente no se llevan bien. El problema se remonta a cinco siglos atrás más o menos, a los días del líder judío Zorobabel. Algunos samaritanos ofrecieron ayudar a los judíos a reconstruir el templo, y Zorobabel los rechazó. Los samaritanos se quejaron ante el Rey de Persia y el trabajo se detuvo. (Esdras 4).

Después, cuando los judíos estaban reconstruyendo los muros de Jerusalén, el gobernador de Samaria amenazó con tomar acciones militares contra los judíos. Los samaritanos eventualmente construyeron su propio templo en el monte Gerizim y en el año 128 A.C., los judíos lo destruyeron. Aunque ambas religiones están basadas en las leyes de Moisés, eran amargos enemigos.

Jesús entra en Samaria

Pero Jesús no le dio importancia a los pleitos del pasado. Aunque la mayoría de judíos evitaban pasar por Samaria, Jesús caminó directamente para allí, tomando a sus discípulos con él. Como estaba cansado, se sentó cerca de un pozo cercano a la ciudad de Sicar, y envió a sus discípulos al pueblo a comprar algunos comestibles (Juan 4:38). Mientras tanto llegó una mujer samaritana y Jesús habló con ella. Ella se sorprendió de que él le hablara a una samaritana; y sus discípulos se sorprendieron de que le hablara a una mujer. (versículos 9, 27).

Jesús nos mostró una manera sencilla de tratar con la gente que tiene diferentes creencias religiosas, gentes que son de diferentes grupos étnicos, gente que tradicionalmente han sido enemigos: sólo hay que tratarlos como seres humanos normales. No los ignore, no los evite, no los insulte. Pero Jesús iba a decir algo mucho más profundo que eso.

Comenzó de la manera más sencilla posible. Le pidió a la mujer que le diera de beber. Él tenía sed, pero no tenía con qué sacar agua del pozo, pero ella sí. Él tenía una necesidad, ella tenía los medios para satisfacer esa necesidad, así que pidió la ayuda de ella. Ella se sorprendió de que un judío pudiera beber de un recipiente samaritano, la mayoría de los judíos consideraban ritualmente impuro tal recipiente. Y entonces Jesús dijo: Yo tengo algo mucho mejor que el agua, si lo quieres. Yo estoy dispuesto a pedirte agua para beber, ¿estás tú dispuesta a pedirme algo que es mucho mejor? (versículos 7-10).

Jesús estaba usando un juego de palabras, la frase “agua que da vida” usualmente significaba agua en movimiento, que fluye. La mujer sabía que la única agua en Sicar estaba en el pozo, y no había cerca ningún agua que fluyera. Así que le preguntó a Jesús de qué estaba hablando. Él le respondió que estaba hablando de algo que lleva a la vida eterna. (Versículos 11-14). Estaba hablando de temas religiosos, pero ¿estaría dispuesta la mujer a escuchar la verdad espiritual dicha por un enemigo religioso? ¿Bebería ella de aguas judías?

La mujer pidió el agua que da vida y Jesús la invitó a traer a su esposo. Él ya sabía que ella no tenía esposo, pero se lo pidió de todos modos, posiblemente para mostrarle que tenía autoridad espiritual. Él era la vasija de la cual ella recibiría el agua que da vida. La mujer captó el mensaje: “Señor, me doy cuenta de que tú eres profeta” (versículo 19). Si Jesús sabía los hechos de su inusual estado marital, entonces probablemente sabía verdades espirituales también.

La verdadera adoración

Después de darse cuenta de que Jesús era profeta, la mujer mencionó la antigua controversia entre los samaritanos y los judíos acerca del correcto lugar de adoración. Nosotros adoramos aquí, pero ustedes los judíos dicen que se debe adorar en Jerusalén (versículo 20). Jesús respondió: Vendrá el día cuando eso no será importante. No importa si se ve hacia el monte Gerizim o hacia Jerusalén o hacia cualquier otro lugar. Ya llegó la hora de adorar a Dios en espíritu y verdad. (Versículos 21-24).

¿Cambió Jesús de tema? Quizás no, el evangelio de Juan nos da algunas pistas sobre lo que él dijo: “Las palabras que les he hablado son espíritu y son vida”. (Juan 6:63). “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). La verdadera adoración significa escuchar las palabras de Jesús y llegar a Dios por medio de él. La adoración no depende del lugar o del día o del grupo étnico, depende de nuestra actitud hacia Dios mostrada en nuestra actitud hacia su Hijo Jesucristo. La verdadera adoración va de la mano con el agua que da vida.

Jesús estaba revelando una profunda verdad espiritual a esta extranjera, una verdad tan profunda como la que había discutido con uno de los líderes religiosos de Israel (Juan 3). Pero la mujer no estaba muy segura de qué hacer con esa verdad, y ella dijo: Cuando el Mesías venga, él nos dirá la verdad (versículo 25).

Jesús respondió: Yo soy ese, ––probablemente esta fue la aseveración más directa de que él es el Mesías ––, y sí, lo que te estoy diciendo es la verdad. La mujer dejó su cántaro de agua y regresó al pueblo a contarles a todos acerca de Jesús, y los convenció de que lo confirmaran por ellos mismos, y muchos de ellos creyeron. Ellos creyeron no sólo por el testimonio de la mujer, sino porque escucharon a Jesús mismo (versículos 39-41).

A veces la gente hoy tiene muchas opiniones acerca de la adoración: la verdadera adoración tiene que ser en cierto día de la semana, con cierto tipo de música, con cierta postura u algún otro detalle. Pero yo creo que la respuesta de Jesús a la mujer samaritana responde bien a esto: vendrá el tiempo cuando no adoraremos a Dios en esta o aquella forma, porque a Dios no hay que buscarlo en lugares terrenales, en rotaciones de la tierra, en música cultural o gestos humanos.

Dios es espíritu, y nuestra relación con él es espiritual. Nosotros vivimos en el tiempo y el espacio, y usamos el tiempo y el espacio en nuestra adoración, pero esos detalles no son el significado de la adoración. En cambio, nuestra adoración se centra en Jesús y en nuestra relación con él. Él es la fuente del agua que da vida y que necesitamos para tener vida eterna. Necesitamos admitir nuestra sed y pedirle a él que nos dé de beber. O para usar la metáfora del libro de Apocalipsis, necesitamos admitir que somos pobres, ciegos y desnudos y pedirle a Jesús la riqueza, la vista y la vestidura espirituales. Adoramos en espíritu y en verdad cuando lo buscamos a él para lo que necesitamos.

En el matrimonio, personas diferentes expresan el amor en formas diferentes, y algunas formas de expresión son apropiadas en público y otras no. Esto también es cierto con la adoración. Expresamos nuestra adoración de maneras diferentes, y algunas son más apropiadas en privado que en público. Ciertas actividades, aunque para una persona sea adoración, puede parecer falta de respeto o una distracción para otra persona. Cuando adoramos juntos, no queremos que lo que hacemos desaliente a otros. Al mismo tiempo, los creyentes que son más formales deben ser tolerantes de un poco de diversidad. La verdadera adoración no es definida por asuntos externos, sino por nuestra actitud hacia Jesús. Con respecto a la adoración, siempre habrá espacio para mejorar y madurar, podemos continuar aprendiendo de Jesús no sólo qué es la verdadera adoración, sino también cómo interactuar con las personas que piensan diferente a nosotros.

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