La sabiduria de la debilidad

Un estudio de 1ª Corintios 1

Michael Morrison

La iglesia en Corinto estaba acosada por los problemas—dividida entre los ricos y los pobres, los sofisticados y los simples, los talentosos y los promedio. Algunos miembros reclamaban tener un conocimiento especial que Pablo no tenía. Ellos empezaron a mirar de menos su mensaje simple, acerca de un hombre que fue muerto por los romanos. Ellos le escribieron a él una carta pidiéndole más información sobre varios temas, y Pablo supo aun más sobre la iglesia en Corinto, procedente de personas que habían estado allí.

Saludos

La respuesta de Pablo se conoce ahora como 1 Corintios. Él la inicia, como se hacía normalmente con las cartas antiguas, diciendo quién era él y nombrando a las personas a las cuales les escribía: “Pablo, llamado por la voluntad de Dios a ser apóstol de Cristo Jesús, y nuestro hermano Sóstenes, a la iglesia de Dios que está en Corinto” (vv. 1-2a).

Él entonces les recuerda quiénes son ellos: “a los que han sido santificados en Cristo Jesús y llamados a ser su santo pueblo, junto con todos los que en todas partes invocan el nombre de nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y de nosotros” (v. 2b). Ellos son llamados a ser santos, pero también son llamados a ser parte de un grupo más grande. Eso será importante más adelante en la carta.

Las cartas griegas usualmente empiezan con chara, saludos, pero Pablo modifica esto a charis (gracia) y paz (el saludo judío típico): “Que Dios nuestro Padre y el Señor Jesucristo les concedan gracia y paz” (v. 3).

Los oradores griegos con frecuencia empezaban un discurso alabando la audiencia, pero Pablo modifica esto para alabar a Dios por lo que Él está haciendo en los lectores: “Siempre doy gracias a Dios por ustedes, pues él, en Cristo Jesús, les ha dado su gracia. Unidos a Cristo ustedes se han llenado de toda riqueza, tanto en palabra como en conocimiento. Así se ha confirmado en ustedes nuestro testimonio acerca de Cristo” (vv. 4-6).

Los cristianos corintios se enorgullecían de su habla y de su conocimiento. Pablo reconoce ambas cosas como bendiciones de Dios, y como evidencia que apoya el evangelio de Cristo. Él se dirigirá a sus problemas más adelante en la carta.

Puesto que Dios ha sido generoso hacia ellos, él escribe: “De modo que no les falta ningún don espiritual mientras esperan con ansias que se manifieste nuestro Señor Jesucristo. Él los mantendrá firmes hasta el fin, para que sean irreprochables en el día de nuestro Señor Jesucristo” (vv. 7-8). Pablo aquí sutilmente les recuerda que se aferren a su fe original, en vez de aceptar doctrinas nuevas y extrañas. ¡No se olviden que la salvación depende de Cristo!

Una congregación dividida

Él empieza con una súplica por la unidad: “Les suplico, hermanos, en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos vivan en armonía y que no haya divisiones entre ustedes, sino que se mantengan unidos en un mismo pensar y en un mismo propósito” (v. 10). Sin embargo, una armonía perfecta no tiene sentido si esto significa que todos creen la misma herejía. Así que en ésta carta Pablo tratará de ponerlos en el camino correcto.

Pablo había oído que la congregación estaba dividida en grupos diferentes, algunos pretendiendo seguir a un líder, y algunos a otro (vv. 11-12). Pero Pablo ni siquiera quería que su propio nombre fuera una excusa para la división: “¡Como! ¿Está dividido Cristo? ¿Acaso Pablo fue crucificado por ustedes? ¿O es que fueron bautizados en el nombre de Pablo? Gracias a Dios que no bauticé a ninguno de ustedes, excepto a Crispo y a Gayo, de modo que nadie puede decir que fue bautizado en mi nombre” (vv. 13-15).

Pero entonces Pablo hace una pausa para corregirse a sí mismo: “Bueno, también bauticé a la familia de Estéfanas; fuera de estos, no recuerdo haber bautizado a ningún otro” (v. 16).

Estos versos muestran la forma en que eran escritas las cartas: Lo que Pablo decía era escrito y enviado, incluso si él tenía que corregirse a sí mismo en el proceso. El documento original era enviado, sin editar.

“Pues Cristo no me envió a bautizar sino a predicar el evangelio, y eso sin discursos de sabiduría humana, para que la cruz de Cristo no perdiera su eficacia” (v. 17). Pablo sí bautizó a personas—y el asumió que todos sus lectores habían sido bautizados—pero el evangelio era su prioridad. El mensaje se centraba en Cristo, no en un ritual. Pablo quería persuadir a las personas con los hechos, no la oratoria florida que algunos filósofos griegos usaban para atraer seguidores.

Poder y Sabiduría de Dios

El mensaje acerca de un Mesías crucificado podría parecer absurdo a algunas personas, pero Dios usa ese mensaje para traer la salvación a aquellos que creen. “Me explico: El mensaje de la cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se salvan, es decir, para nosotros, éste mensaje es el poder de Dios” (v. 18). Pablo entonces cita Isa. 29:14: “Destruiré la sabiduría de los sabios; frustraré la inteligencia de los inteligentes”.

Dios trabaja de maneras inesperadas—algunas personas podrían decir que el evangelio de la gracia es un mensaje de debilidad, pero Pablo dice que es un mensaje de poder (Rom. 1:16).

“¿Dónde están los sabios?” pregunta Pablo. No están en la iglesia. “¿Dónde los maestros de la ley?” Tampoco aceptan el mensaje de la salvación. “¿Dónde los filósofos de ésta época?” No están aquí. “¿No ha convertido Dios en locura la sabiduría de éste mundo?” (1 Cor. 1:20).

Los seres humanos valoran la educación, pero el mensaje de Dios no depende de la aprobación humana. Las personas no pueden conocer a Dios por medio de su propia inteligencia, y no pueden salvarse a sí mismas por ninguna cantidad de filosofía o estudio. En vez de eso, Dios decidió salvar a las personas que crean en el evangelio (v. 21).

“Los judíos piden señales milagrosas [milagros] y los gentiles buscan sabiduría [filosofía], mientras que nosotros predicamos a Cristo crucificado: Éste mensaje es motivo de tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los que Dios ha llamado, lo mismo judíos que gentiles, Cristo es el poder de Dios y la sabiduría de Dios” (vv. 22-24).

El mensaje es demasiado simple para algunas personas, pero Dios lo usa para salvar a Su pueblo.El Cristo crucificado puede parecer débil y tonto, pero éste es el poder y la sabiduría de Dios. “Pues la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad de Dios es más fuerte que la fuerza humana” (v. 25).

Ésta es la base de la unidad en la iglesia: aceptar el evangelio del Cristo crucificado—resultará en personas salvadas por la vergonzosa muerte de Cristo.

La sabiduría de Dios

Recuerden que ustedes eran personas ordinarias cuando escucharon el evangelio, dice Pablo. Ustedes no eran los que movían ni sacudían a Corinto. “Pero Dios escogió lo insensato del mundo”—es decir, a ustedes—“para avergonzar a los sabios; y escogió lo débil del mundo para avergonzar a los poderosos. También escogió Dios lo más bajo y despreciado—y lo que no es nada—para anular lo que es, a fin de que en su presencia nadie pueda jactarse” (vv. 27-29).

Si las personas pudieran salvarse a sí mismas mediante su propia inteligencia, entonces el reino de Dios estaría lleno con personas orgullosas de sus propios logros. Si las personas pudieran entrar mediante sus propias habilidades, pensarían que fueron igual de buenas que Dios.

Así que Dios decidió llamar a los nadies de éste mundo, aquellos que estuvieron dispuestos a admitir su necesidad, aquellos que estuvieron dispuestos a aceptar el regalo de la salvación. Y éste plan eventualmente avergonzará a los sabios y humillará a los orgullosos, quienes entonces serán capaces de darse cuenta que su propia fuerza, sin importar qué tan buena era, no era lo suficientemente buena.

Debido al plan de Dios, escribe Pablo, “…ustedes están unidos a Cristo Jesús, a quien Dios ha hecho nuestra sabiduría—es decir, nuestra justificación, santificación y redención—para que, como está escrito: «Si alguien ha de gloriarse, que se gloríe en el Señor»” (vv. 30-31, cita de Jer. 9:24).

Jesús es nuestra justicia—es en Él, y sólo en Él, que podemos ser justos y santos. Sólo cuando estamos en Cristo, unidos con Él por la fe, podemos estar redimidos. No podemos jactarnos de ninguna cosa que hagamos—nuestra única jactancia está en lo que Cristo hizo por nosotros. Él recibe el crédito y la alabanza.

Preguntas para Dialogar

  • ¿En que manera le ha enriquecido Dios? (v. 5)
  • ¿Cómo pueden las personas estar perfectamente unidas en mente y pensamiento? (v.10)
  • ¿Es el v. 14 una equivocación inspirada?
  • ¿Pueden los sabios y los ricos aceptar la inesperada sabiduría de Dios? (v.20)
  • Si Cristo es nuestra justicia, ¿necesitamos alguna justicia propia de nosotros? (v. 30)

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