La esperanza que flota



Brenda Plonis
Navíos de Misericordia (Mercy Ships) captó mi atención por primera vez en una exhibición en el Reino Unido. Una foto de un barco blanco se mantenía en el horizonte antes y después de yo ver las fotos de una cirugía hecha a un bebé nacido con un labio hendido. Pensé en mi propio paladar hendido que había sido cosido en un hospital occidental dos décadas antes.

Fui afortunada. En un mundo donde los labios y paladares hendidos son el segundo más común defecto de nacimiento, mi madre me dio a luz en una sociedad donde mi problema era reparable y los hospitales algo asequible. Muchos no son afortunados. Estas son las personas que los Navíos de Misericordia buscan ayudar—los más pobres en territorios donde el cuidado de la salud es sólo un sueño y la pobreza es una carga de todos los días.

Eventualmente, abordé el Anastasis para participar en un programa de cinco meses llamado Escuela de Entrenamiento en Discipulado, trabajando en el Departamento de Comunicaciones. Mi equipo incluía escritores, fotógrafos, videógrafos, diseñadores gráficos y corresponsales de los medios de comunicación. Mi departamento le dice al público acerca de los Navíos de Misericordia, toma fotos, escribe historias, sirve de anfitrión para los medios de comunicación y provee herramientas tales como libros y discos compactos de multimedia para la tripulación y el personal, para que ellos los usen para recaudar su propio sostenimiento. Toda la tripulación abordo paga su propio pasaje, desde el capitán hasta el cocinero, desde doctores hasta asistentes de cubierta, asegurando que las donaciones dirigidas hacia el ministerio sean usadas para las personas a las que servimos.

Hacerme a la mar con Navíos de Misericordia me dio la oportunidad de visitar algunos de los países más ricos del mundo, incluyendo a Noruega, España, Holanda, Alemania y el Reino Unido. También visité algunos de los más pobres—Benin, Togo, Gambia, Senegal y Sierra Leona—el último está clasificado como el país más pobre del mundo, después que una década de guerra civil arrasó el territorio y destruyó la infraestructura.

Aquellos países abundantes en riquezas materiales con frecuencia estaban igual de pobres espiritualmente que los que visitábamos como nuestras localidades de alcance. Durante mi temporada como corresponsal y escritora, fui anfitriona de numerosos reporteros internacionales, estaciones de radio, cadenas de televisión y fotógrafos procedentes de Alemania, Holanda, Sudáfrica, el Reino Unido y los Estados Unidos, incluyendo a Reader’s Digest, Dateline NBC y muchos otros.

Aprendí que mientras considerábamos a África nuestra localidad oficial de alcance, Europa necesitaba conocer las buenas nuevas del evangelio tanto como cualquier otro lugar. Cada vez que era anfitriona de algún reportero(a) y los llevaba por un recorrido del navío, compartía el por qué escogí usar los dones que Dios me dió para servir a los pobres.

Varias semanas después de Sept. 11, 2001, una reportera llamada Rita llegó a la pasarela de abordaje en Rótterdam, Holanda. Ella quería saber más acerca de Navíos de Misericordia, pero mientras la llevaba por el recorrido habitual, ella me explicaba que no estaba segura cual iba a ser el ángulo de su historia—ella sólo sabía que tenía que visitar el barco esa tarde. Por las siguientes dos horas, pasamos por las exposiciones de fotos, recorrimos el puente, caminamos a lo largo de la cubierta y dialogamos sobre religión. Ella estaba buscando algo en su corazón y quería saber por qué yo creía en lo que hacía. 

Fue una de las primeras veces en mi vida que alguien me preguntó tan directamente por qué creía en lo que hacía. Le dije que en medio del caos que envuelve al mundo y a mi vida—sé que mi Dios es una roca a la cual me puedo sujetar.  Le expliqué a ella que cuando nada más en el mundo tenía sentido, Jesús tenía sentido para mí. Rita me recordaba el por qué en primer lugar Dios me llamó a los Navíos de Misericordia—para traer esperanza a aquellos que lo necesitaban más. Y ella me recordaba que, sin importar donde estamos en el mundo, todos estamos en una misión para Jesús. 

A menudo yo les decía a las personas abordo que sentía mi corazón más en Europa que en África. Aunque yo sabía que Dios me llamó al navío, no me sentía necesariamente llamada a África. Pero regresar a Europa todos los veranos para nuestras relaciones públicas y fases de enlace, me hizo darme cuenta porqué acepté éste trabajo. Mi corazón se dolía por los adolescentes que veía en el metro (subterráneo) en el Reino Unido, por los trabajadores que manejan sus bicicletas por las calles de Holanda, por los parranderos que caminan a través de las calles de España—por todos aquellos que no tenían una esperanza a cual asirse.

A menudo pienso en Rita, porque para mí, ella representa a los sin nombre, a los miles de personas sin rostro alrededor del mundo que se ven por fuera como si todo estuviera bien, pero que por dentro tienen una guerra con sus almas mientras buscan la verdad. Espero que ahora ella haya encontrado lo que ha estado buscando. Sentí a Cristo cerca ese día que ella vino a visitarme—y oro para que por ahora ella conozca a Cristo. 

 Desde la primera temporada de la autora en el Anastasis, ella también ha servido en tierra para Navíos de Misericordia, en Washington, D. C., como escritora subvencionada, y también en su oficina central en el Este de Texas. Hace varios meses, ella regresó al Anastasis para entrenar a todo un nuevo equipo de comunicaciones, y más recientemente, fue transferida al navío más pequeño de la flota, Misericordia Caribeña, para liderar al equipo de comunicaciones abordo.

Para mayor información sobre cómo donar su tiempo, recursos o habilidades para Navíos de Misericordia, visite su sitio en la Internet en www.mercyships.org. Las tarifas promedio para ser de la tripulación son aproximadamente $300.00 por mes.

Usted puede comunicarse con Brenda por e-mail a brenda.plonis@mercyships.org.

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