La comunicación como hábito santo

Laura Rugeles
Bogotá, Colombia
 
La sociedad contemporánea, todos los que estamos y operamos en el momento actual sin importar el lugar, estamos siendo amenazados en una de las necesidades fundamentales dentro de nuestra condición de seres sociales: LA COMUNICACIÓN.
Los avances científicos y tecnológicos en el área de las comunicaciones han dado en el blanco sobre esta necesidad, configurando a propósito un mercado de bienes y servicios cuya dinámica y características llegan a ser insospechadas. Lo que más me parece interesante de todo esto es que el mundo ancho y ajeno de Ciro Alegría se convirtió sencillamente en una pequeña aldea global.[1] 

El fax, el Internet y el celular se consideran tres elementos que revolucionaron la vida del hombre, además de la televisión.  Con frecuencia mi hijo mayor, quien vive fuera del país y viaja mucho por razones de trabajo, me llama desde su celular cuando se encuentra generalmente en algún aeropuerto que puede ser el de Tokio, Atenas, Kualalumpur o cualquier otro. Yo puedo estar en mi habitación, en un transporte público, en la calle o en cualquier sitio de mi ciudad y alcanzo a oír por ejemplo, lo que algunas personas  próximas a mi hijo hablan entre si, o el llamado a abordar un vuelo. Esto me asombra siempre, y cuando me cuenta de donde me está llamando, me parece prodigioso que a pesar de la distancia, casi en el polo opuesto de la tierra, parte de mi, mi oído en este caso, esté allá; de manera contraria, que los acontecimientos de allá puedan estar en la intimidad de donde yo esté.

¡Bendita sea la ciencia y los científicos que Dios utiliza para avanzar en su creación!
¿Pero entonces por qué ante tanta maravilla yo hablo de amenazas ?
Bueno, antes de arriesgarme con el planteamiento que les quiero hacer, debo aclarar que no soy sicóloga, ni siquiatra, ni comunicadora y por tanto carezco de las herramientas conceptuales propias de estas disciplinas. Sin embargo, lo que me interesa es poner en la mesa un tema sobre el cual podríamos continuar un dialogo, si asi lo consideran, guiadas solo por el rigor de nuestra lógica de mujeres observadoras y actoras de la vida, aprovechándonos de paso, de las enormes libertades para la reflexión que nos concede CONEXIONES, nuestro pequeño y precioso periódico. 
Si quiero hablar de amenazas en este caso, porque considero que aunque el hombre contemporáneo  está sentado en medio de todos los bienes y servicios más modernos que le facilitan la comunicación, al tiempo viene perdiendo aceleradamente su capacidad  de comunicarse y de ser comunicado. Mi planteamiento parte de que, más que un asunto de accesibilidad a instrumentos y servicios, la comunicación es esencialmente una capacidad intrínseca al individuo, está dentro de él y forma parte integral de todo su paquete estructural; sin embargo, las condiciones que estimulan esa capacidad, se vienen transformando, reduciendo o desapareciendo en los casos más extremos.
¿Y cuáles son esas condiciones? Yo las asocio con los espacios tejidos por la práctica de virtudes tales como: confianza, tolerancia, perdón, humildad, bondad, alegría, disposición para el otro, ausencia de juicio, entre otras. Cuando miro mi propia vida y por supuesto los cambios experimentados a partir de mi relación personal con el Señor Jesucristo, me sorprendo de ver la estrecha relación que existe entre la evolución de mi capacidad de comunicación y el nivel de desarrollo de esas virtudes. Hilando más profundo, esas virtudes son liberadoras, que en últimas ésta es la condición clave para el ejercicio pleno de nuestra vida individual y social, incluyendo la sociabilidad con nuestro Padre. Yo siempre me hago preguntas a cerca de todo y se que ustedes también, solamente hace falta darse cuenta de que si lo hacen; en este caso algunas de mis preguntas  son: ¿en qué porcentaje fui o he sido confiable para mis hijos, mi esposo, mis amigos? ¿En qué medida ellos han sido confiables para mí? ¿Soy sincera en mis deseos, sueños, criterios, conceptos, cuando me comunico con ellos, o me pliego a los de ellos? ¿He previsto las implicaciones en la comunicación familiar de los juicios que hago? ¿He perdonado? ¿Me han perdonado? ¿Cómo están ejerciéndose las jerarquías en mi familia o en mi trabajo? ¿Soy capaz de manejar el humor, hacer juegos, caricias que faciliten el acercamiento y la trivialidad? Con sinceridad debo confesar que en muchos momentos estas virtudes han estado ausentes para mí o desde mí; que me lamento profundamente de ello por que desde una u otra dirección han producido SILENCIOS, algunos ya superados pero otros aun persisten.
Ahora bien, creo que sobre estas virtudes que condicionan la capacidad del hombre para comunicarse, la ciencia no ha logrado un impacto mayor como si lo está logrando con el mercado de los aditamentos y servicios de comunicación. ¿Y qué hacer? sería entonces la pregunta. Recientemente asistí a un día de conferencias con Shelly Volkhardt una misionera norteamericana que habla un perfecto español pues vivió durante 20 años en Ecuador. Ese día se convirtió para mi en un acontecimiento tanto por Shelly misma, como por el tema. Yo fui ministrada por Shelly en el sentido de que me gustó su manera, su forma cristiana de ser mujer, madre, misionera, conferencista, y en general puedo decir que ella es un modelo de mujer para mí. El tema, nada menos y nada más, fue el de su libro: “Cómo formar hábitos santos. Para disfrutar de intimidad con Dios”[2].  

Yo creo que la lógica empleada por Shelly para enseñarnos a formar hábitos santos es aplicable a cómo formar en nosotros las virtudes que estimulan y soportan una comunicación adecuada, incluyendo la comunicación con nuestro Padre. El centro de todo su desarrollo está en el entendimiento de Dios quien es el poseedor de todas las virtudes, y luego, en el proceso y las prácticas para formar hábitos que agraden a El. Pienso que una virtud es una cualidad o capacidad que llega a formarse como parte de nuestra manera habitual de ser y actuar con los demás. Practicando ser confiables, amorosas, dispuestas, alegres, lúdicas, tolerantes, perdonadoras, humildes, bondadosas llegaremos a serlo y tejeremos las condiciones para que esa capacidad nuestra natural de comunicarnos se exprese plenamente. Comunicarnos es una necesidad, no lo olviden; por tanto debemos llegar a hacerlo de una manera que agrade a nuestra alma para que agrade a nuestro Padre.

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