por Gary Deddo

Los cristianos a menudo proclaman alegremente que «Jesús acepta a todos» y «no juzga a nadie.» Aunque estas afirmaciones están contenidas en la verdad del Evangelio, me parece que las personas les dan una amplia gama de diferentes significados. Por desgracia, algunos de esos significados parecen diferir de la revelación de Jesús que se nos da en el Nuevo Testamento.

La aceptacion de Jesus

En la Comunión de Gracia Internacional a menudo utilizamos la frase «tú estás incluido«. Esa simple afirmación transmite un punto importante. Pero también puede entenderse, como así ha sido, en formas diversas. ¿En qué exactamente estamos incluidos? Tenemos que tener cuidado para contestar a esta pregunta y a otras relacionadas, mientras en fe buscamos aclarar los puntos que tienen conexión con las mismas para ser precisos, y por lo tanto fieles a la revelación bíblica.

Jesús sin duda nos dio la bienvenida a todos a su presencia y se ofreció a sí mismo y sus enseñanzas a todo el que viene a él. Él le dijo a sus seguidores que atraería a todas las personas a sí mismo (Juan 12:32). No encontramos ningún lugar donde Jesús rechazara, o dejara de lado a nadie que estuviera buscándolo. Más que eso, Jesús recibió e incluso compartió comidas con personas que estaban siendo rechazadas por muchos de los líderes religiosos de su tiempo.

Lo que se destaca en el registro bíblico es el hecho de que Jesús acogió e interactuó con los leprosos, los cojos, ciegos, sordos y mudos. Él interactuaba socialmente con las mujeres (algunas de ellas con reputaciones cuestionables) y lo hizo de formas que hacían caso omiso de las regulaciones religiosas de la época. Jesús también pasó tiempo con las personas que habían caído en adulterio, con los recaudadores de impuestos judíos que trabajaban bajo la autoridad romana, e incluso con los activistas políticos fanáticos anti-romanos.

[pullquote]Jesús vino para beneficiar a todos, estaba «al lado» de todo el mundo, era «para» todo el mundo. Él es la gracia de Dios y la salvación de Dios para todos.[/pullquote]

Lo que aprendemos a través de estos ejemplos es que Jesús vino para beneficiar a todos, estaba «al lado» de todo el mundo, era «para» todo el mundo. Él es la gracia de Dios y la salvación de Dios para todos. El resto del Nuevo Testamento, fuera de los evangelios, resume lo que vemos que Jesús vivió en su vida terrena. Pablo señala que Jesús vino a expiar los pecados de los impíos, de los pecadores; de aquellos «muertos en sus pecados» (Efesios 2:1).Más aún, Jesús pasó tiempo con los fariseos y los saduceos, dirigentes religiosos que fueron sus críticos más severos, incluyendo a algunos de los que tramaron su ejecución. El apóstol Juan nos dice que Jesús no vino a condenar, sino a salvar y a rescatar a las personas para Dios. Jesús dijo: «quien viene a mí nunca lo echo fuera” (Juan 6:37). Instruyó a sus discípulos a amar a sus enemigos (Lucas 6:27), a perdonar a los que les causaban daño y a bendecir a los que les calumniaban (Lucas 6:28). Jesús también extendió perdón a sus verdugos en el momento de su crucifixión (Lucas 23:34).

La actitud y las acciones de Jesús demuestran claramente el amor de Dios por todos los seres humanos, y su deseo de reconciliarse y bendecir a todos. Jesús vino para que tuviésemos vida y para que la tuviésemos en abundancia (Juan 10:10). Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo (2 Corintios 5:19). Jesús vino como rescate para liberar a los cautivos del pecado de sí mismos y del mal hecho contra ellos.

Pero la historia encierra mucho más, un «más» que no debe verse como una contradicción o en tensión con lo que acabamos de afirmar. Contrariamente al punto de vista de algunos, no existen aspectos opuestos o contradictorios dentro del corazón, mente y propósitos de Jesús. Jesús no estaba tratando de lograr dos cosas divergentes, tales como amor y justicia o misericordia y santidad, en una especie de acto de equilibrio interno, inclinándose primero hacia un lado, para luego corregirlo inclinándose hacia el otro. Tales tensiones imaginarias puede que existan dentro de nosotros en nuestra condición caída, pero no existen dentro del corazón de Jesús o de su Padre.

Jesús, al igual que el Padre, da la bienvenida a todas las personas, y con un propósito determinado en mente. Su amor tiene una dirección. Él se involucra con todos los que escucharán para revelarles algo que está generalmente oculto. Él vino para dar algo en particular, para servir a todos en una forma que apunta a una dirección en particular, que tiene cierta meta o finalidad en mente.

En lugar de un punto final, su bienvenida a todos es el punto de partida de una continua relación basada en su dar y servir, y en nuestro recibir lo que él nos ofrece. Jesús no nos ofrece alguna cosa antigua ni nos sirve de alguna manera antigua, incluyendo la forma que nosotros podríamos preferir. Al contrario, nos ofrece lo mejor que tiene: él mismo. Al ofrecerse a sí mismo, nos da el camino, la verdad y la vida. Nada más, ni nada menos.

La actitud de Jesús y sus acciones de recibir y acoger demandan una respuesta cierta a su entrega: en esencia, quiere que recibamos lo que él ofrece. En cambio, rechazar lo que Jesús ofrece significa rechazarlo a él mismo. Al atraer a todas las personas hacia Él, Jesús está buscando una respuesta receptiva. Y como Jesús lo indica, esa respuesta requiere una cierta actitud, un cierto acercamiento a Él.

Por ello Jesús anunció a sus discípulos que, en su presencia, el reino de Dios se había acercado. Todas las bendiciones del reino están a nuestra disposición en él. Sin embargo, Jesús inmediatamente indica qué respuesta espera: «Arrepiéntanse y crean la Buena Noticia» de la llegada del reino. La negativa a arrepentirse y poner la fe en Jesús y su reino es rechazar a Jesús y los beneficios de su reino.

Una disposición a arrepentirse requiere de una actitud de receptividad humilde. Y eso es lo que Jesús está buscando al extender su bienvenida, su aceptación. Porque es sólo a través de la humildad que somos capaces de recibir lo que Jesús ha ofrecido. Y ten en cuenta que Jesús ofrece su regalo antes de que respondamos. De hecho, es el ofrecimiento del regalo lo que suscita la respuesta.

El arrepentimiento y la fe son, pues, las respuestas de recepción a lo que Jesús ya ha ofrecido. Esas respuestas no son comportamientos o actitudes que previamente condicionen el ofrecimiento de Jesús, o determinar a quién le hace la oferta. El ofrecimiento de Jesús es por el beneficio de su recepción, y no por el beneficio de su rechazo. ¿Qué beneficio tendría rechazarla? Ninguno.

La actitud receptiva que Jesús siempre está buscando está indicada en muchos de sus dichos: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y salvar lo que se había perdido” (Lucas 19:10). «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Lucas 5:31). «Les aseguro que el que no reciba el reino de Dios como un niño, de ninguna manera entrará en él» (Marcos 10:15). Debemos ser como la tierra que «recibe la palabra» del sembrador «con alegría» (Lucas 8:13). «Busquen primero el reino de Dios y su justicia» (Mateo 6:33).

Recibir lo que Jesús ofrece, y por lo tanto beneficiarnos de lo que él da, significa reconocer que estamos perdidos y necesitamos ser encontrados, que estamos enfermos y necesitamos un médico para sanarnos; que vamos a Jesús para recibir con las manos vacías, no esperando realizar un intercambio con él. Porque, como un niño, no presumimos de tener algo que él necesita. Esta es la razón por la que Jesús dijo que son los «pobres de espíritu» los que están recibiendo las bendiciones de Dios y su reino, no aquellos que se consideran espiritualmente ricos (Mateo 5:3).

La enseñanza cristiana ha resumido esta actitud de receptividad a lo que Dios ofrece gratuitamente en Cristo a todas sus criaturas como de humildad. Esta actitud reconoce que no somos autosuficientes sino que debemos recibir la vida de nuestro Creador y Redentor. Lo opuesto a un corazón así de confiado y receptivo se conoce como orgullo. En el contexto de la enseñanza de la iglesia, la actitud de orgullo afirma la autonomía al margen de Dios, la confianza en uno mismo y la suficiencia propia incluso ante Dios. Semejante orgullo se ofende ante la sugerencia de que uno necesita recibir cualquier cosa significativa de Dios, sobre todo de su perdón y misericordia. El orgullo, por lo tanto, da como resultado el rechazo de la justicia propia a recibir nada esencial de Dios, particularmente aquellas cosas que tú piensas que puedes proveerte tú mismo.

[pullquote]El orgullo insiste en pagar a su manera y  conseguir lo que se merece. Se empeña en que no necesita de la gracia o el amor de Dios. Nuestro orgullo debe ser puesto a la muerte para que podamos recibir la vida de Dios mismo.[/pullquote]

Al final, Jesús acoge a todos con el fin de darse a sí mismo. Su acogida tiene por lo tanto un propósito. Conduce a alguna parte. Su propósito incluye necesariamente lo que la recepción de él requiere. Jesús nos dice que él ha llegado a habilitarnos la adoración a su Padre (Juan 4:23). Esta es su forma más completa de lo que indica el propósito de su acogida y aceptación de nosotros. La adoración es una forma de indicar una respuesta total a quién es Dios como el único que es digno de nuestra confianza y lealtad final. La auto entrega de Jesús conduce a un verdadero conocimiento del Padre y a una receptividad a su Espíritu Santo. Es el resultado de la adoración a Dios solo a través del Hijo y en el Espíritu, es decir, a la adoración de Dios en espíritu y verdad. Porque ofreciéndose a sí mismo a nosotros, Jesús se da a sí mismo para ser nuestro Señor, nuestro profeta, sacerdote y rey. Al hacerlo, revela al Padre y nos envía su Espíritu. Él da de sí mismo de acuerdo a lo que es, no en función de que él no es, ni de acuerdo a nuestros deseos o imaginaciones.El orgullo insiste en pagar a su manera y conseguir lo que se merece. Se empeña en que no necesita de la gracia o el amor de Dios, en que puede proporcionarse a sí mismo la suficiencia vital necesaria para sus propios fines. El orgullo se niega a estar obligado a alguien o a algo, incluyendo a Dios. El orgullo dice que nada realmente necesita cambiar en nosotros. Nosotros estamos bien tal y como somos. Por el contrario, la humildad reconoce que uno mismo no puede dar vida. En lugar de ello, admite su necesidad no sólo de pedir ayuda, sino también para la transformación, renovación, restauración y reconciliación que sólo Dios puede dar. La humildad reconoce nuestra culpa inexcusable y nuestra total impotencia para renovarnos. Necesitamos la gracia de Dios o estamos totalmente perdidos. Nuestro orgullo debe ser puesto a la muerte para que podamos recibir la vida de Dios mismo. La receptividad a recibir lo que Jesús tiene que ofrecernos y la humildad son inseparables.

Y esto significa que el camino de Jesús implica discernimiento para responder a todo lo que él ofrece. Jesús reconoce a aquellos que lo rechazan a él y su palabra y por lo tanto están rechazando un verdadero conocimiento de Dios y la adoración correcta. Él discrimina entre aquellos que lo están recibiendo y los que no lo están recibiendo. Sin embargo, esta discriminación no significa que Jesús tiene una actitud o intención diferente distinta de la que analizamos arriba. No hay ninguna razón para suponer que el amor de Jesús se ve disminuido o se contradice con sus actos de discernimiento. Jesús no condena a los que rechazan su bienvenida y la invitación a seguirlo. Pero él les advierte sobre las consecuencias de tal rechazo. La aceptación y amor de Jesús nos incita a un determinado tipo de respuesta, a no dar ninguna respuesta.

El discernimiento de los diferentes tipos de respuestas que se le hicieron a Jesús es evidente en muchos puntos de las Escrituras. Su parábola del sembrador y las semillas (las semillas siendo su palabra) hace esto obvio. Hay cuatro suelos diferentes, y sólo uno representa la respuesta receptiva que Jesús está buscando. En numerosas ocasiones, Jesús habla de recibir o rechazar sus palabras/enseñanzas, a su Padre celestial y a sus discípulos. Cuando un número de los discípulos se dio la vuelta y lo dejó, Jesús les preguntó a sus doce discípulos si le dejarían también. Pedro responde: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna» (Juan 6:68).

La iniciativa inicial de Jesús hacia la gente se expresa en su invitación a «ven y sígueme» (Marcos 1:17). Hay una diferencia entre los que lo siguen y los que no lo hacen. Jesús compara a aquellos que lo siguen a aquellos que actúan en una invitación a una boda y los contrasta con los que rechazan la invitación (Mateo 22: 4-9). De la misma manera, la diferencia se nota en la negativa del hijo mayor para unirse a la fiesta que celebra el regreso de su hermano menor, a pesar de que su padre le implora entrar (Lucas 15:28).

Hay advertencias estrictas a los que no sólo no siguen a Jesús, sino que rechazan activamente su invitación en la medida de impedir que otros lo sigan, algunos incluso conspirando con ejecutar a Jesús (Lucas 11:46; Mateo 3: 7; 23: 27-29). Estas advertencias son severas, indicando lo que la persona que las emite no quiere que suceda, no lo que espera que va a pasar. Las advertencias son dadas a los que nos preocupamos, no a aquellos que no tienen ninguna preocupación. El mismo amor y aceptación se da a aquellos que aceptan a Jesús a y los que lo rechazan. Sin embargo, ese amor no sería amoroso si luego no puede tener en cuenta la diferencia de la respuesta y las consecuencias correspondientes.

Jesús da la bienvenida e invita a todos a responder de una forma receptiva tanto a él como a lo que él ofrece, que es el reinado del reino de Dios. Aunque la red se echa y la semilla se siembra en todas partes, recibirlo, confiar y seguirlo requiere de una respuesta particular. Jesús lo compara a la recepción de un niño. Él llama a tal receptividad fe/creencia o confianza en él. Incluye arrepentirse de poner la confianza en cualquier persona o cualquier otra cosa. Se resume en la adoración del Padre por el Hijo y en el Espíritu. El regalo se ofrece libremente y se extiende a todos. No hay pre-condiciones establecidas para limitar o restringir a quienes podrían beneficiarse de ella.

Sin embargo, la recepción del regalo gratuito siempre implica un costo para el receptor. Ese costo es renunciar a la vida entera de uno y entregarla a Jesús y al Padre y al Espíritu con él. El costo no es algo pagado a Jesús para que nos de algo. Es el costo de vaciar nuestras manos y corazones para recibirlo por lo que es, nuestro Señor y Salvador. Lo que se da libremente es costoso para nosotros recibirlo porque incluye morir al viejo y corrupto yo con el fin de recibir una nueva vida dada por Él.

El costo para nosotros recibir la gracia gratuita de Dios se indica a través de las Escrituras. En el Antiguo Testamento, se nos dice que se necesitan nuevos corazones y espíritus nuevos ¡que Dios mismo nos dará un día! En el Nuevo Testamento se nos dice que tenemos que nacer de nuevo de lo alto, que necesitamos nuevas naturalezas, que tenemos que dejar de vivir para nosotros mismos y comenzar a vivir bajo el señorío de Cristo, que tenemos que morir a nuestras viejas naturalezas, que debemos llegar a ser nuevas criaturas, que hemos de ser regenerados, que tenemos que renovarnos de acuerdo a la imagen de Cristo, el nuevo Adán. El día de Pentecostés indica no sólo Dios enviando a su Espíritu a morar en su pueblo de una manera nueva, sino nuestra necesidad de recibir y ser habitado y llenado por su Espíritu Santo, el Espíritu de Jesús, el Espíritu de la vida.

Las parábolas de Jesús indican que la respuesta que está buscando, la respuesta que indica la recepción de lo que nos ofrece, implica un costo para nosotros. Considera las parábolas de la perla de gran precio o la compra de un campo en el que hay un tesoro. Los que responden apropiadamente deben renunciar a todo lo que tienen para recibir lo que han encontrado (Mateo 13:44, 46). Aquellos que ponen otras cosas como una prioridad, ya sean terrenos o casa o familia, no están recibiendo a Jesús y sus beneficios (Lucas 9:59, Lucas 14: 18-20).

Las interacciones de Jesús con las personas indican que seguirlo y recibir todos sus beneficios exige el abandono de cualquier cosa que podamos valorar por encima de Jesús y su reino. Eso incluye el abandono de la búsqueda y posesión de riqueza material. El rico no siguió a Jesús porque no podía desprenderse de sus bienes. En consecuencia no pudo recibir el bien que Jesús le ofreció (Lucas 18: 18-23). Incluso la mujer sorprendida en adulterio fue llamada a establecer una dirección diferente en su vida. Recibir el perdón debía ser seguido por no pecar más (Juan 8:11). Recordemos al hombre en el estanque. Tenía que estar dispuesto a dejar atrás su lugar en el estanque, así como su propia enfermedad. «¡Levántate! Recoge tu camilla y anda» (Juan 5: 8).

Jesús acoge y acepta a todos, pero una respuesta receptiva a Jesús no deja a nadie donde Jesús los encuentra. Jesús no sería amoroso si simplemente los dejara en la condición en la que por primera vez los encontró. Él nos ama demasiado, simplemente no nos deja solos, como si simplemente se identifica con nosotros o siente lástima por nosotros. No, su amor es un amor de sanación, transformación, de cambio de vida.

En suma, el Nuevo Testamento declara constantemente que la respuesta a la oferta gratuita que Jesús hace de sí mismo, incluyendo todo lo que tiene para nosotros, implica negar (morir a) nosotros mismos. Se trata de renunciar a nuestro orgullo, nuestra confianza en nosotros mismos, nuestra religiosidad, nuestros dones y habilidades, incluyendo nuestra capacidad para gestionar y darnos vida. En ese sentido, Jesús escandalosamente declara que en comparación debemos «odiar a nuestro padre y madre» Pero más que esto, se nos llama a odiar nuestra propia vida, la falsa idea de que podemos darnos vida a nosotros mismos (Lucas 14: 26-27).

Cuando aceptamos a Jesús, dejamos de vivir para nosotros mismos (Romanos 14: 7-8) Porque pertenecemos a otro (1 Corintios 6:18). En ese sentido, somos «esclavos de Cristo» (Efesios 6: 6). Nuestras vidas están completamente en sus manos, bajo su provisión y dirección. Somos lo que somos en relación a él. Debido a que estamos unidos a Cristo, «ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí» (Gálatas 2:20).

Jesús acepta y da la bienvenida a todos. Él murió por todos. Él se ha reconciliado con todos. Pero él hace esto como nuestro Señor y Salvador. Su bienvenida y aceptación son una oferta, una invitación que pide una respuesta de receptividad. Y la aceptación y receptividad implica necesariamente recibir exactamente lo que tiene que ofrecer de acuerdo con lo que es. Nada más y nada menos. Esto significa que la respuesta involucrará el arrepentimiento, deshacerse de cualquier cosa que bloquea la recepción de lo que él tiene que ofrecer, que bloquea la comunión con él y con el disfrute de la vida en su reino. Tal respuesta es costosa para nosotros, pero el costo bien vale la pena. Porque en la muerte de nuestro viejo yo, recibimos un nuevo yo. Hacemos lugar para Jesús, recibiendo con las manos vacías su vida transformadora, su gracia vivificante. Jesús nos acepta dondequiera que estemos con el fin de llevarnos a donde él va, que es estar con su Padre en el Espíritu ahora y por toda la eternidad como sus hijos sanados, completamente regenerados.

¿Quién querría ser incluido en cualquier cosa menos que eso?  †


Dr. Gary Deddo Dr. Gary Deddo

El Dr. Gary Deddo trabaja para Comunión de Gracia Internacional y es profesor en el Seminario Comunión de Gracia. Obtuvo su doctorado en la Universidad de Aberdeen en Escocia con el profesor James Torrance. Es presidente fundador de la Fraternidad Teológica TF Torrance, y autor de numerosos artículos y libros, entre ellos La teología de Relaciones de Karl Barth y George McDonald: Guía Devocional para sus escritos.

Este artículo fue publicado en la Icon of Revista Odisea Cristiana No. 51 - Abril 2015 Revista Odisea Cristiana No. 51 - Abril 2015 pdf [957 descargas 2.3 MB]

 

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