Jesús viene

LECCIONES DE MARCOS
Marcos 5:1-18
Mike Feazell
Cruzaron el lago hasta llegar a la región de los gerasenos. Tan pronto como desembarcó Jesús, un hombre poseído por un espíritu maligno le salió al encuentro de entre los sepulcros. Éste hombre vivía en los sepulcros, y ya nadie podía sujetarlo, ni siquiera con cadenas. Muchas veces lo habían atado con cadenas y  grilletes, pero él los destrozaba, y nadie tenía fuerza para dominarlo. Noche y día andaba por los sepulcros y por las colinas, gritando y golpeándose con piedras.
Cuando vio a Jesús desde lejos, corrió y se postró delante de Él. — ¿Por qué te entrometes, Jesús, Hijo del Dios Altísimo? —gritó con fuerza—. ¡Te ruego por Dios que no me atormentes! Es que Jesús le había dicho: « ¡Sal de éste hombre, espíritu maligno!»
— ¿Cómo te llamas?—le preguntó Jesús. —Me llamo Legión —respondió—, porque somos muchos. Y con insistencia le suplicaba a Jesús que no los expulsara de aquella región.
Como en una colina estaba paciendo una manada de muchos cerdos, los demonios le rogaron a Jesús: —Mándanos a los cerdos; déjanos entrar en ellos. Así que Él les dio permiso. Cuando los espíritus malignos salieron del hombre, entraron en los cerdos, que eran unos dos mil, y la manada se precipitó al lago por el despeñadero y allí se ahogó.
Los que cuidaban los cerdos salieron huyendo y dieron la noticia en el pueblo y por los campos, y la gente fue a ver lo que había pasado. Llegaron adonde estaba Jesús, y cuando vieron al que había estado poseído por la legión de demonios, sentado, vestido y en su sano juicio, tuvieron miedo. Los que habían presenciado estos hechos le contaron a la gente lo que había sucedido con el endemoniado y con los cerdos. Entonces la gente comenzó a suplicarle a Jesús que se fuera de la región.
Mientras subía Jesús a la barca, el que había estado endemoniado le rogaba que le permitiera acompañarlo.

Algunas personas sienten lástima por los cerdos en ésta historia— una pobre e inocente manada de bufantes y gruñentes cerdos a los que sólo les importaba su propio asunto sobre la colina, y Jesús permite a un montón de espíritus malignos entrar en ellos, haciendo que se precipiten al despeñadero para morir en el mar.
Yo no lo siento por los cerdos. Tampoco lo sentí por el pescado que me comí en la cena de anoche. Ese pescado sacrificó su vida para que yo pudiera tener algo de proteína. No se cuantas bestias, pájaros, pescados, árboles y plantas, similarmente han muerto para que yo, al comerlos, vestirlos, o de alguna manera usarlos, pueda vivir. Esa noche en la ribera del Mar de Galilea la manada de cerdos murió en lugar de la criatura de Dios por quien Jesús cruzó las oscuras y tormentosas aguas para salvarla (vea Marcos 4:35-41).
Jesús no tiene igual
Los demonios del hombre eran tan poderosos que son descritos en términos de una legión romana de 6,000 guerreros, y hacían que el hombre se torturara a sí mismo (Marcos 5:5).  Ellos hacían que él viviera separado y encadenado (vv. 3, 4). Ellos le causaban una angustia y miseria implacables; pero no podían destruirlo.
Estos eran espíritus malignos, odiosos y crueles, inclinados a destruir todo lo que poseían. En el momento en que entraron en los cerdos, estos demonios los destruyeron. Pero no pudieron destruir al hombre que habían poseído.
Bajo el antiguo pacto, el que Hebreos 10 dice que fue cumplido en Cristo, los cerdos eran ritualmente impuros, y como tales ni siquiera debían ser tocados, mucho menos comidos, por el pueblo del pacto. Jesús, en efecto, “sacrificó” toda una manada de cerdos por el bien de éste hombre atormentado que vivía entre los sepulcros. Para Jesús, la liberación y restauración de un ser humano vale la pena cualquier sacrificio necesario, incluso la propia tortura y muerte de Jesús en un madero en el Gólgota.
¿Cuánto tiempo había vivido éste hombre en el cementerio bajo el poder inmisericorde de ésta legión de demonios? No se nos dice. Pero sí sabemos esto: Jesús estaba viniendo. En la historia de Marcos, la única razón por la que Jesús cruzó el Mar de Galilea esa noche—trayendo a los discípulos a través de una tormenta que ellos temían que los mataría a todos, pero la cual Jesús calmó con una palabra—fue para liberar a ese pobre hombre de su cautiverio.
Jesús Viene
¿Cuáles son los demonios suyos? ¿Qué le tiene a usted en un cautiverio auto-destructivo? Sepa esto: Cualesquiera que sean sus demonios, ellos no tienen el poder para destruirle totalmente. Jesús viene, viene por usted, para liberarle. Ni siquiera la muerte puede detenerlo—la de Él o la suya; Él conquistó la muerte misma. Él puede liberarle de cualquier cosa.
El canto dice: “Pon tus manos en las manos del hombre que calmó las aguas…” Quizás eso es lo que el endemoniado geraseno quería hacer cuando corrió hacia Jesús después de verlo desde lejos (Marcos 5:6). Pero todo lo que pudo hacer fue caer sobre sus rodillas y dejar que los demonios hablaran por él (verso 7).  No importaba. Jesús vino a salvarlo, sin importar los riesgos, sin importar la profundidad del abismo en el que estaba el hombre, sin importar la inhabilidad del hombre, por causa de los demonios, de pedirle a Jesús que lo salvara.
Jesús lo liberó y prohibió a los demonios regresar para siempre al ahogarse los cerdos en el mar, símbolos de la impureza y el final de los demonios, así como del sacrificio personal de Jesús, quien tomó la impureza del mundo sobre Sí mismo y lo limpió— para que usted y yo pudiéramos vivir libres en Él.
Se ha dicho que la mayoría de las personas tiene mucha dificultad para relacionarse con la historia del endemoniado geraseno, pero que los drogadictos se relacionan con ella fácilmente. Eso tiene sentido. Pienso que cualquiera que toma en serio el pecado, como lo hace Jesús, se relaciona fácilmente con ésta historia. Como el endemoniado, aullando en la oscuridad de los sepulcros, incluso cuando nuestra pecaminosidad oscurece nuestro corazón, en algún lugar muy adentro de nosotros sabemos de nuestra necesidad, y sabemos que Jesús es el que ha venido para liberarnos.
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