evangelismo

El Síndrome de Jonás

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“Cómo aprendí a dejar de preocuparme y me encontré con los asirios”

Por Neil Earle

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«Den a todos el debido respeto: amen a los hermanos, teman a Dios, respeten al rey”
(1ª Pedro 2:17).

Este es un gran código por el cual vivir, pero es mucho más fácil decirlo que hacerlo. ¿Y por qué? Porque quizá nuestra hastiada sociedad tiende a que sospechemos y temamos a las personas que son diferentes a nosotros, y eso no hace otra cosa más que traer el caos a las relaciones humanas.
Numerosos estudios muestran que el evangelio se lleva más efectivamente a las personas nuevas, mediante el contacto personal. El experto en misiones del Seminario Fuller, Charles Van Engen, ha escrito:
El mundo es cada vez más un caldo de personas con muy diversas culturas, religiones y cosmovisiones trabajando y viviendo lado a lado”. Por esta razón, Van Engen argumenta: “el cuerpo local de creyentes es el agente primario para cruzar las barreras culturales y experimentar la reconciliación en Cristo”.
Tus vecinos musulmanes o budistas pueden cuestionar tu religión, pero no pueden pasar por alto el hecho de que tu, el/la cristiano(a), eres diferente a las demás personas en la cuadra. O, cuando menos, lo deberías ser.
Es por eso que, en un tiempo cuando a los cristianos se les pide que consideren la importancia del evangelismo personal para la misión básica de la iglesia, necesitamos reencontrarnos con el libro de Jonás. Al buscar darle alcance al mundo en un nivel más personal, las experiencias de este profeta del Antiguo Testamento pueden, cuando menos, mostrarnos como no hacer la misión.
Llamados a la misión
[pullquote]La reacción de Jonás fue mucho menos que ejemplar—“¡buuuueno… yo no, Señor—encuentra a alguien más, por favor!”[/pullquote]
Romanos 15:4 nos dice que todo lo escrito en el pasado, es decir, en el Antiguo Testamento, “se escribió para enseñarnos, a fin de que, alentados por las Escrituras, perseveremos en mantener nuestra esperanza”.
Lo que inmediatamente es esperanzador en la historia de Jonás, es que nos muestra en marcados términos, que la fuente de la misión y el alcance genuinos surge de la bondad y la misericordia del gran corazón de Dios. Cerca del final del libro de Jonás, Dios le hace a Jonás la importante pregunta:“¿no habría yo de compadecerme de una ciudad tan grande?” (Jonás 4:11).
Eso llega al corazón de la misión efectiva y bíblicamente basada. Sí, en verdad. Dios estaba preocupado por las ciudades en los días de Jonás como lo está por las personas en nuestras ciudades hoy.
El testimonio bíblico es consistente. Abraham imploró por la vida de Sodoma (Génesis 18:23-32). Jeremías instó a sus compatriotas en Babilonia a “buscar la paz de la ciudad”. Jesús lloró por Jerusalén (Lucas 19:41-44), y Jonás… bueno, Jonás tuvo que aprender algunas lecciones.
Dios tenía una nueva asignación desafiante para Jonás, una que totalmente importunó la cómoda cosmovisión del profeta: “La palabra del SEÑOR vino a Jonás hijo de Amitay: Anda, ve a la gran ciudad de Nínive y proclama contra ella que su maldad ha llegado hasta mi presencia” (Jonás 1:1, 2).
La reacción de Jonás fue mucho menos que ejemplar—“¡buuuueno… yo no, Señor—encuentra a alguien más, por favor!”
Terror calculado
¿Qué está pasando aquí? Un poco de trasfondo ayudará. Hasta ahora Jonás había sido un profeta exitoso. Su ministerio había ido bien.
En algún tiempo en el largo y próspero reinado del rey Jeroboam II (c. 793-753 A.C.) Dios le había dado a Jonás la oportunidad de anunciar las buenas nuevas que Israel expandiría sus fronteras (2 Reyes 14:23-25).
Como nativo de Gat-Jefer, un pueblo en el área conocida más tarde como Galilea, Jonás se regocijó al proclamar que su nación se expandiría hacia el norte. Quizás esta expansión aseguraría una zona de distanciamiento entre Israel y los temidos asirios que estaban al norte.
Los asirios—ahora, tenían un nombre que considerar. Estos temibles practicantes del arte de la guerra ya se habían ganado su reputación con invasiones al territorio israelita en el siglo anterior.
El rey asirio Salmanasar III (858-824 A.C.) había recibido tributo de Israel cerca del 841 A.C., y Adad-Nirari estaba golpeando las puertas de Damasco en el 804 (Lasor, Hubbard y Bush, Old Testament Survey, página 207).
Astutas y crueles, las rápidas legiones asirias eran la fuerza militar más temida en los días de Jonás y ¡Nínive era la capital de Asiria!
Los asirios creían en una póliza de terror calculado. El rey asirio Ashur-Nasir-Pal II (883-859 A.C.) inscribió sus tácticas sobre un  monumento de piedra: “Caí como tormenta sobre las cimas de las montañas y las tomé… con la sangre de ellos teñí de rojo las montañas como lana.… Las cabezas de sus guerreros corté, y con ellas formé un pilar contra su ciudad, sus jóvenes y sus doncellas las quemé en el fuego” (Finegan,Light from the Ancient Past, páginas 202-203).
¡OH! ¡Qué espantoso puede llegar a ser! ¿Y Dios le estaba pidiendo a Jonás que predicase a esta gente? Imposible. ¡Inconcebible! Jonás, como cualquier otro en el antiguo cercano oriente, estaba muy familiarizado con los pecados de Nínive, sus “malos caminos y sus… hechos violentos” (Jonás 3:8). Esto era demasiado para Jonás. Casi podemos escuchar que Jonás dice: “¿Una misión hacia Nínive, a los asirios? Señor, debes estar bromeando”.
Confrontación o Huída
[pullquote]Será confrontado con el incómodo hecho de que el Dios al cual él servía amaba a todas las personas—sí, incluso a los temidos asirios.[/pullquote]
En tiempos de estrés, nos dicen los psicólogos, reaccionamos ya sea confrontando o huyendo. Quizás las palabras de Finegan nos dan una introspección parcial a la huída de Jonás en reacción al llamado de Dios: “Jonás se fue, pero en dirección a Tarsis, para huir del SEÑOR. Bajó a Jope, donde encontró un barco que zarpaba rumbo a Tarsis. Pagó su pasaje y se embarcó con los que iban a esa ciudad, huyendo así del SEÑOR” (Jonás 1:3).
Qué resultado de eventos tan extraño. ¡Un profeta tratando de escapar de la presencia de Dios abandonando el territorio de Israel! Y la ironía es que él zarpa del mismo puerto a donde Dios enviará al apóstol Pedro para poner a los gentiles en el camino a la salvación (Hechos 10:5-6).
Así que ahora las lecciones de Jonás empiezan a acumularse. Para los principiantes, el profeta parece haber tenido un concepto limitado de Dios. Ya sea proveniente de un temor o pánico hacia los asirios, ó del resquebrajamiento de su cómoda asunción que Dios estaba obrando sólo con Israel—él se fue a Tarsis, quizá en el Mediterráneo occidental.
Él estaba apunto de aprender que Dios era mucho más grande que el Mediterráneo. Será confrontado con el incómodo hecho de que el Dios al cual él servía amaba a todas las personas—sí, incluso a los temidos asirios.
La acción continúa: “Pero el SEÑOR lanzó sobre el mar un fuerte viento, y se desencadenó una tormenta tan violenta que el barco amenazaba con hacerse pedazos” (Jonás 1:4).
¿Dónde estaba Jonás durante ésta tormenta? Increíblemente, él estaba en el fondo del navío durmiendo (versos 5-6). ¿Qué estaba pasando por su mente? ¿Estaba totalmente desinteresado sobre el destino de la nave o —como parece más probablemente— estaba todavía en confusión, porque Dios había sacudido su clara y ordenada división del mundo, de chicos buenos y chicos malos?
Algunos exponentes pintan a Jonás en el fondo del navío en total confusión, quizá enrollado en una posición  fetal. Quizá era el miedo y odio hacia los asirios, o quizá fue el trauma de una cosmovisión destruida, pero Jonás estaba en una profunda confusión emocional.
Casi lo podemos escuchar preguntándose en la oscuridad del lugar de carga: “¿No es Israel el pueblo de Dios? ¿No es Su especial tesoro sobre todos los pueblos (Éxodo 19:5)? ¿Por qué Dios está enviándome a los malvados asirios? No, no, no puede ser… ¿o sí? … ¿Ama Dios a los enemigos de Israel tanto como ama a Israel?”
Muy en sus adentros, Jonás podía haber sospechado que ese era el caso (Jonás 4:2-3). Pero él tenía que hacer funcionar esta demoledora y nueva fórmula en su mente. Jonás había mal leído la historia de su nación. Dios había llamado a Israel a ser “un reino de sacerdotes” (Éxodo 19:6). Su fundador antepasado había sido comisionado para una misión internacional de misericordia—“por medio de ti serán bendecidas todas las familias de la tierra” (Génesis 12:3).
¡Perdieron el rumbo!
Israel debía ser un pueblo misionero (Isaías 49:6). Jonás estaba siendo desafiado a abrir su mente; a ser inclusivo, no exclusivo; a ser generosamente ecuménico, no religiosamente auto-satisfecho; a compartir la luz, no a menospreciar a los demás.
Jonás podría haber sabido todo esto, pero necesitaba tiempo para procesar el cambio. Podría haber estado en un navío pero estaba perdiendo el rumbo. No nos sorprende que esté demasiado distraído para notar que ¡ya están a punto de hundirse!
Y aquí es donde la narración se vuelve deliciosamente irónica. Los marineros gentiles están aterrorizados con la tormenta. Ellos han “hecho algo religioso”—han estado invocando a sus dioses, un procedimiento común cuando hay problemas (Salmo 107:23-37). El capitán despierta a Jonás diciéndole: “¿Cómo puedes estar durmiendo?” “¡Clama a tu dios! Quizá se fije en nosotros, y no perezcamos” (Jonás 1:6).
No. Jonás sigue obstinado. Cuando se hace evidente que todo es por culpa de él, se jacta auto-justificándose: “Soy hebreo y temo al SEÑOR, Dios del cielo, que hizo el mar y la tierra firme” (v. 9). Esto sonaría cómico si no hubiera tanto en peligro. Los marineros paganos bien podrían haber preguntado: “Si tu Dios creó el mar, ¿por qué pensaste que podías escaparte de Él en un barco?”
Ah—una pregunta lógica. Pero Jonás no está pensando lógicamente. Tampoco nosotros lo hacemos en tiempos de gran agitación mental y emocional. Casi podemos visualizar a Jonás pensando en su próximo movimiento, en su mente moviéndose a la velocidad de la luz. Él responde impulsivamente: “¡Láncenme al mar! ¡Es por mi culpa!”
Increíblemente, esos marineros paganos se rehusaron. Tenían más respeto por la vida humana que aquel así llamado hombre de Dios. Irónico, ¿verdad? Finalmente, los eventos los forzaron a hacerlo, pero con gran reticencia. Lo hicieron respetuosamente, reverentemente, invocando el nombre de Dios (v. 14). Así que, ¡miren quiénes eran los religiosos!
Además, cuando la tormenta se aplacó ellos ofrecieron sacrificios a Dios (v. 16). Qué buen potencial para conversos podrían haber sido estos marineros. Pero Jonás está inconsciente a tales pensamientos. Es lanzado al mar. Trágicamente, él escoge la auto-extinción en vez de aceptar la misión de Dios.
Todos sabemos lo que pasa después. Misericordiosamente, Dios todavía no había terminado con Su siervo. Un gran pez devoró a Jonás, el hombre de Dios. Un hombre de Dios, sí, pero un hombre que tenía conocimiento intelectual sin el correspondiente conocimiento del corazón.
Pero Jonás todavía era un siervo del SEÑOR y, estando atrapado, dentro del gran pez, elevó una bella oración de arrepentimiento (Jonás 2:1-9). Note las lecciones aquí presentes. Su “muerte” en el mar reconcilió a los marineros con Dios (Jonás 1:16). Su “resurrección” del vientre del pez resultaría en la salvación de Nínive (Jonás 3:10). En todo esto, el hebreo recalcitrante fue una sorprendente prefiguración del Mesías, de Jesucristo, también de Galilea (Mateo 12:40).
La pequeña y calmada voz
Pero el arrepentimiento de Nínive hizo brotar lo peor en este profeta colérico. Los hábitos de toda una vida no son fáciles de vencer. A él le disgustó la gracia y la misericordia de Dios (Jonás 4:1-3) y explotó en una de las peticiones irónicas jamás hecha en una rareza bíblica…por un profeta exitoso: “Así que ahora, SEÑOR, te suplico que me quites la vida. ¡Prefiero morir que seguir viviendo!” (Jonás 4:3).
Dios no le responde de la misma manera (¡qué bueno para Jonás!). Durante esta experiencia y en el incidente con el gusano y la planta (versos 5-8), Dios se acercó dos veces a Jonás con la voz tranquilizante de un habilidoso consejero: “Jonás, amigo mío, ven aquí, sé razonable. ¿Tienes derecho a enojarte por todo esto? ¿No te das cuenta de lo que estoy haciendo aquí?” (Jonás 4:9-10).
Qué grandes lecciones hay para nosotros hoy, para nosotros los cristianos del Nuevo Testamento que estamos continuamente desafiados a seguir creciendo, a seguir abriendo un nuevo camino en nuestra relación con Dios. Quizá todos podamos relacionarnos con Jonás —un sincero siervo de Dios con un récord exitoso que todavía tenía tanto que aprender sobre la profundidad de la bondad y gracia de Dios.
Sí, necesitamos mantenernos humildes ante el abrumadoramente inimaginable amor de Dios. La misión misericordiosa de Dios es para todo aquel que quiera oír —incluyendo a los asirios. Ella es espléndidamente toda inclusiva.
Este supremo recordatorio del libro de Jonás fue establecido más poderosamente por otro profeta, Isaías. Él también entregó un mensaje sobre la grandeza de Dios, sobre Su amoroso interés por toda la gente, por todas las naciones. Y dijo: “Mis caminos y mis pensamientos son más altos que los de ustedes; ¡más altos que los cielos sobre la tierra!” (Isaías 55:9).
Dios va adelante de nosotros
Quizá Jonás estaba tan ocupado siendo profeta para Israel que olvidó el propósito de la existencia de su nación —ser una nación de sacerdotes para todo el mundo, sin importar el color, el credo o el lugar de nacimiento.
Quizá su envolvimiento en la liturgia y servicio de su propio país —la verdadera religión de Dios— lo había cegado al hecho de que Dios mira el corazón.
Los asirios pecadores, idolatras, no guardadores de los mandamientos, hallaron que Dios podía ser alcanzado mediante actitudes de arrepentimiento y fe, en vez de rituales religiosos. Sí, incluso los marineros paganos podrían volverse a Dios si se les daba una oportunidad. Tú nunca sabes dónde Dios podría estar trabajando.
Estas son lecciones profundas para considerar mientras se desenvuelve el desafiante siglo 21. Dios quiere que expandamos nuestros horizontes, que estemos siempre listos para nuevas oportunidades que están a nuestro alrededor. De Jonás aprendemos que Dios nos lleva la delantera—el Creador de todo quiere ser el redentor de todos (Efesios 1:9-10).
En esa esperanza podemos re-comprometernos a la misión de hacer discípulos—“de todas las naciones” (Mateo 28:18-20). Dios ya está ahí adelante de nosotros así como ya estaba listo trabajando con la antigua Nínive antes que Jonás apareciera, y así como también más tarde, preparó el camino para Felipe (Hechos 8:26-40).
Dios quiere que tengamos éxito en nuestra misión, porque realmente la misión es de Él. Él quiere usarnos para que ayudemos a esparcir más de Su luz, hacia un mundo entenebrecido… y así evitar el síndrome de Jonás.

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