El evangelio según Sam

Por John Halford
A
lgunas personas le ayudan a usted a entender de qué se trata el evangelio. Ellas atraviesan todas nuestras ociosas discusiones teológicas, nuestros conflictos personales y rivalidades e inhibiciones denominacionales. Hacen cosas que nos muestran lo que Jesús quiso decir realmente con lo que dijo.
Ellas son personas como la viuda en el templo que donó «todo lo que tenía» para las ofrendas. O como el ladrón en la cruz que sólo quería ser perdonado. O como el padre preocupado que preguntó si Jesús podía sanar a su criatura a pesar de su propia incredulidad. Y como Sam Howard.
Sam es un hombre Afro-americano de edad media que ha pasado casi dos décadas en la lista de espera para morir en la prisión estatal Ely en Nevada. Mi esposa, Pat y yo, hemos conocido a Sam casi la mitad de ese tiempo.
Entorno lúgubre
Sam está encarcelado en la prisión de máxima seguridad Ely, una lúgubre fortaleza de concreto y hormigón en el centro de Nevada. Mientras esperamos por él en el sin sentido cuarto de espera sin ventanas, se me ocurre que en los más de 10 años de conocer a Sam, ni una sola vez hemos sido capaces de sentarnos al aire abierto. Las reglas son estrictas—ésta prisión alberga algunas personas peligrosas. Pero Sam ya no es más una de ellas.
Hace varios años, Sam se convirtió en cristiano. Para Él, ésta no fue sólo la aceptación de un argumento religioso, o una reacción emocional impulsiva. Significó el repudio de toda una forma de vida que le había ganado la reputación de ser uno de los presidiarios más peligrosos en el sistema carcelario en Nevada—su apodo era «Nitro». Hoy él es un calmado osito de peluche de hombre, viviendo una vida de servicio y humildad en circunstancias que la mayoría de nosotros no podría tolerar por 24 horas.
Hablar con Sam es refrescante. Nosotros que somos los discípulos más ricos y mejor educados en la historia, tendemos a complicar las enseñanzas de Jesús. Tenemos vastos recursos, pero parece que gastamos tanto tiempo hablando, discutiendo, planificando cómo actuar, acelerando nuestros motores en el punto de partida, poniéndolo todo en orden e interminablemente analizando, cuantificando, organizando y reorganizándonos en nuestros esfuerzos para ser luces y predicar al mundo. Sam sólo lo pone en práctica.
Su campo misionero es literal y espiritualmente un suelo pedregoso. La prisión Ely es un lugar duro e imperdonable, pero Sam ha encontrado una forma de traer compasión, empatía y bondad a un entorno donde las emociones usuales son la ira y el temor.
«Tu eres un tipo bueno»
Las horas que pasamos juntos no son dedicadas a hablar y hablar de puntos doctrinales controversiales ni problemas teológicos complicados. Sam nos habla de las personas que ha ayudado. Como acerca del joven presidiario sordo-mudo que fue víctima de la violencia y abuso racial. Sam se hizo amigo de él, y lo animó, hasta que eventualmente el traumatizado hombre profirió las palabras «tú eres un tipo bueno». «Pero yo no soy bueno», dice Sam. «Yo sé a quién darle el crédito». Para Sam el evangelio es un desafío 24 horas al día, 7 días a la semana, a vivir en contraste con lo que él llama su «situación». Todos los días provee oportunidades para servir, compartir lo poco que él tiene, poner la otra mejilla y hacer el bien a aquellos que abusarían de él.
Su «cuarto» en la lista de espera para morir se ha convertido en un lugar de esperanza. La correspondencia—vastas cantidades de ella—llega de todas partes del mundo. Incluso los miembros del personal, acostumbrados a la hostilidad y el abuso, saben que recibirán respeto y ánimo procedente de Sam Howard. «He podido lograr tanto aquí», nos dice él, sin ningún rastro de vanidad.
Hasta su conversión, todo y todos en quienes Sam confió en la vida lo defraudaron—su familia, sus amigos y su país. Él es un ex-marino al que rociaron con Agente Naranja mientras estuvo en el servicio activo en Vietnam. Pero él no guarda rencores. «Cometí errores—es culpa mía el estar aquí», dice él». Y en Jesús ahora tengo un amigo que nunca me traicionará».
Nosotros somos sus amigos también y nos gustaría ayudarlo. ¿Podemos hacer algo por él? No, gracias—él está bien. ¿Necesita él algo? No—él tiene todo lo que necesita, pero él promete que nos dejará saber si llegase a necesitar algo. Pero difícilmente lo llegará a necesitar.
Sam recibe una pequeña pensión por discapacidad procedente de una asociación de veteranos. Él nos dice cuán agradecido está por las pequeñas bendiciones—la oportunidad de animar a un presidiario solitario, una carta o tarjeta procedente de alguno de sus muchos amigos, o un nuevo colchón de aire para hacer la vida un poco más cómoda. Él nunca tiene una mala palabra para nadie. No está amargado, resentido o consumido por la codicia. Tiene esa profunda paz mental espiritual que, como Pablo escribió «sobrepasa todo entendimiento». Él también me recuerda lo que el encarcelado Pablo dijo al rey Agripa: «…le pido a Dios que no sólo usted, sino también todos a los que me están escuchando hoy, lleguen a ser como yo, aunque sin éstas cadenas» (Hechos 26:29).
¿Qué sigue?
El caso de Sam está bajo apelación y avanzando muy despacio a través del sistema legal. La mayoría de las personas que conoce los hechos cree que hay un argumento fuerte para otro juicio. Yo no tengo la pericia legal para comentar sobre esto, y de todas maneras, Sam no querría que yo lo hiciera. «John», dice él, simplemente y con convicción, «no me preocupa. Dios sabe que pasó. Me gustaría estar libre, pero para mí esa no es la cuestión principal. Las cuestiones principales de mi vida fueron contestadas cuando me arrepentí de mis pecados y acepté a Jesús como mi Salvador. El pecado es una prisión terrible en la cual estar—estoy libre de eso. La cuestión crítica ya no es que viva o muera. Dios tiene un plan para mí y nadie puede quitarme eso».
Demasiado pronto, son las 2:45—tiempo de irnos. Un grupo de oficiales aparece para escoltar a los presidiarios de regreso a sus celdas. «Los veo la próxima vez», dice Sam animadamente mientras nos decimos adiós. «Gracias por venir”. Gracias a ti, Sam. Una vez más nos has recordado de lo que realmente se trata ésta forma de vida que llamamos cristianismo.
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