El Espíritu Santo

Creencias Cristianas Básicas


Capítulo 5


 

El Espíritu Santo

 


Por Michael Morrison


El Espíritu Santo es Dios en obra; creando, hablando, transformando, viviendo dentro de nosotros, obrando en nosotros. Aunque el Espíritu Santo puede hacer esta obra sin nuestro conocimiento, es provechoso para nosotros saber más.

El Espíritu Santo es Dios

El Espíritu Santo tiene los atributos de Dios, es comparado a Dios y hace obras que sólo Dios hace. Como Dios, el Espíritu Santo es santo; tan santo que insultar al Espíritu es tan pecaminoso como pisotear al Hijo de Dios (Heb. 10:29). La blasfemia contra el Espíritu Santo es un pecado imperdonable (Mat. 12:32). Esto indica que el Espíritu es santo por naturaleza en vez de haberle sido asignada santidad tal como tenía el templo.

Al igual que Dios, el Espíritu Santo es eterno (Heb. 9.14). Al igual que Dios, el Espíritu Santo está presente en todas partes (Sal. 139:7-9). Al igual que Dios, el Espíritu Santo sabe todo (1ª Cor. 2:10-11; Juan 14:26). El Espíritu Santo crea (Job 33:4; Sal. 104:30) y habilita milagros (Mat. 12:28; Rom. 15:18-19), haciendo la obra o ministerio de Dios.

Varios pasajes hablan del Padre, Hijo, y Espíritu Santo como igualmente divinos. En una discusión de dones espirituales, Pablo pone al Espíritu, al Señor, y a Dios en construcciones paralelas (1ª Cor. 12:4-6). Él cierra una carta con una oración de tres partes (2ª Cor. 13:14). Pedro comienza una carta con una fórmula diferente de tres partes (1 Ped. 1:2).

La fórmula bautismal tiene una indicación más fuerte de unidad; «en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» (Mat. 24:19). Los tres tienen un nombre, indicando una esencia y un ser.

Cuando el Espíritu Santo hace algo, Dios lo está haciendo. Cuando el Espíritu Santo habla, Dios está hablando. Cuando Ananías le mintió al Espíritu Santo, le mintió a Dios (Hechos 5:3-4). como dijo Pedro, Ananías no sólo le mintió a los representantes de Dios, sino a Dios mismo. La gente no le «miente» a un poder impersonal.

En un pasaje, Pablo dice que los cristianos son el templo del Espíritu Santo (1ª Cor. 6:19); en otro dice que somos el templo de Dios (1ª Cor. 3:16). Un templo es para la adoración de un ser divino, no un poder impersonal. Cuando Pablo escribe «templo del Espíritu Santo», él implica que el Espíritu Santo es Dios.

El Espíritu Santo y Dios son también igualados en Hechos 13:2: «El Espíritu Santo dijo: “Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado». Aquí, el Espíritu Santo habla como Dios. Similarmente, el Espíritu Santo dice que los israelitas «me pusieron a gran prueba»; el Espíritu Santo dice que «me enojé…. ¡Jamás entrarán en mi reposo!» (Heb. 3:7-11).

Pero el Espíritu Santo no es meramente otro nombre para Dios. El Espíritu Santo es distinto del Padre y del Hijo, como se muestra en el bautismo de Jesús (Mat. 3:16-17). Los tres son distintos, pero uno.

El Espíritu Santo hace la obra de Dios en nuestras vidas. Somos nacidos de Dios (Juan 1:12), lo que significa lo mismo que ser nacidos del Espíritu (Juan 3:5). El Espíritu Santo es el medio por el cual Dios vive en nosotros (Ef. 2:22; 1 Juan 3:24; 4:13). El Espíritu Santo vive dentro de nosotros (Rom. 8:11; 1 Cor. 3:16); y porque el Espíritu vive en nosotros, podemos decir que Dios vive en nosotros.

El Espíritu es personal

La escritura describe al Espíritu Santo teniendo características personales. El Espíritu vive (Rom. 8:11; 1 Cor. 3:16) y habla (Hechos 8:29; 10:19; 11:12; 21:11; 1ª Tim. 4:1; Heb. 3:7; etc.), a veces utilizando el pronombre personal «yo» (Hechos 10:20; 13:2). Al Espíritu se le puede hablar, puede ser tentado, entristecido, ultrajado o blasfemado (Hechos 5:3, 9; Ef. 4:30; Heb. 10:29; Mat. 12:31). El Espíritu guía, intercede, llama y comisiona (Rom. 8:14, 26; Hechos 13:2; 20:28).

Rom. 8:27 se refiere al «intento» del Espíritu. Él juzga; una decisión le pareció «bien al Espíritu Santo» (Hechos 15:28). El Espíritu conoce y «designa» (1ª Cor. 2:11; 12:11). Este no es un poder impersonal.

Jesús se refirió al Espíritu Santo como el parakletos; traducido como el Consolador, el Abogado el Consejero. «Y yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre. Este es el Espíritu de verdad»(Juan 14:16-17). El Espíritu Santo enseña, recuerda, convence, guía y revela la verdad (Juan 14:26;16:26;16:8,13-14). Estas son funciones personales.

El Espíritu Santo tiene características personales. Él no es un poder impersonal, sino el Asistente inteligente y divino que vive dentro de nosotros.

El Espíritu en el Antiguo Testamento

La Escritura no tiene una sección titulada «El Espíritu Santo». Aprendemos acerca del Espíritu un poco aquí y un poco allá, a medida que la Escritura menciona lo que hace el Espíritu. El Antiguo Testamento solamente nos da unas pocas vislumbres.

El Espíritu estuvo involucrado en la creación y sostenimiento de toda vida (Gen. 1:2; Job 33:4; 34:14). El Espíritu de Dios llenó a Bezaleel con habilidad para construir el tabernáculo (Ex. 31:3-5). Estaba sobre Moisés y posó sobre los setenta ancianos (Num. 11:25). Llenó a Josué con sabiduría y llenó a líderes como Sansón con fuerza o la habilidad para pelear (Deut. 34:9; Jue. 6:34; 14:6).

El Espíritu de Dios fue dado a Saúl y después le fue quitado (1ª Samuel 10:6; 16:14). El Espíritu le dio a David planes para el templo (1ª Crón. 12:18; 2ª Crónicas 15:1; 20:14; Eze. 11:9; Zac. 7:12; 2ª Pedro 1:21).

En el Nuevo Testamento, de la misma manera, el Espíritu causó a personas que hablaran, incluyendo a Elizabet, Zacarías y Simeón (Lucas 1:41, 67; 2:25-32). Juan el Bautista estaba lleno del Espíritu aun desde su nacimiento (Luc.1:15). Su más importante obra era la de anunciar la llegada de Jesús, quien bautizaría a la gente no sólo en agua, sino «en el Espíritu Santo y fuego» (Luc. 3:16).

El Espíritu y Jesús

El Espíritu Santo estuvo involucrado a través de la vida de Jesús. El Espíritu causó su concepción (Mat. 1:20), descendió sobre Él en su bautismo (Mat. 3:16), lo llevó al desierto (Luc.4:1) y lo ungió para anunciar buenas nuevas (Luc. 4:18). Jesús echó fuera demonios por el Espíritu de Dios (Mat. 12:28). Fue mediante el Espíritu que se ofreció a sí mismo como sacrificio por el pecado (Heb. 9:14) y por ese mismo Espíritu fue resucitado de entre los muertos (Rom. 8:11).

Jesús enseñó que el Espíritu hablaría en sus discípulos durante los tiempos de persecución (Mat. 10:19-20). Les dijo que bautizaran a los seguidores en el nombre del Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo (Mat. 28:19). Dijo que Dios ciertamente les dará el Espíritu Santo a los que le pidan Luc.11:13).

Las más importantes enseñanzas de Jesús sobre el Espíritu Santo vienen en el Evangelio según Juan. Primero, las personas deben nacer «de agua y del Espíritu» (Juan 3:5). Las personas necesitan una renovación espiritual, y esto no viene de dentro de ellos mismos: es un don de Dios. Aunque el espíritu no se puede ver, el Espíritu Santo hace una diferencia en nuestras vidas (v. 8).

Jesús enseñó también, «En el último y gran día de la fiesta, Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» (Juan 7:37-38). Juan añade esta explicación: «Esto dijo acerca del Espíritu que habían de recibir los que creyeran en él» (v. 39). El Espíritu Santo satisface una sed interna. Él nos da la relación con Dios para la que fuimos creados. Recibimos el Espíritu al venir a Jesús, y el Espíritu puede llenar nuestras vidas.

Juan nos dice también, «Todavía no había sido dado el Espíritu, porque Jesús aún no había sido glorificado» (v. 39). El Espíritu ya había llenado a varios hombres y mujeres antes de Jesús, pero el Espíritu pronto vendría en una manera nueva y más poderosa; en Pentecostés. El Espíritu es ahora dado en gran escala: a todos los que llame el Señor (Hechos 2:38-39).

Jesús prometió que sus discípulos recibirían el Espíritu de verdad, quien viviría en ellos (Juan 14:16-18). Esto es equivalente a Jesús mismo viviendo en sus discípulos (v. 18), porque Él es el Espíritu de Cristo al igual que el Espíritu del Padre; enviado por Jesús al igual que el Padre (Juan 15:26). El Espíritu hace a Jesús disponible para todos y continúa su obra.

El Espíritu enseñaría a los discípulos y les recordaría de lo que Jesús les había enseñado (14:26). El Espíritu les enseñó las cosas que no podían entender antes de la resurrección de Jesús (16:12-13).

El Espíritu da testimonio de Jesús (15:26; 16:14). Él no se eleva a sí mismo, sino que lleva a las personas a Jesucristo y al Padre. No habla por su propia cuenta, sino sólo lo que el Padre quiere (16:13). Y porque el Espíritu puede vivir en millones de personas, es para nuestro bien que Jesús se fue y nos envió el Espíritu (16:7).

El Espíritu obra en evangelismo, convenciendo al mundo de pecado, de su culpabilidad, su necesidad de justicia, y la certeza del juicio (v. 8-10). El Espíritu Santo lleva a las personas a Jesús como la solución para la culpabilidad y la fuente de la justicia.

El Espíritu y la iglesia

Juan el Bautista dijo que Jesús bautizaría a las personas en el Espíritu Santo (Marcos 1:8). Esto sucedió en el día de Pentecostés después de su resurrección, cuando el Espíritu dramáticamente les dio nuevo poder a sus discípulos (Hechos 2). Esto incluyó el hablar y ser entendidos por personas de otras naciones (v. 6). Milagros semejantes ocurrieron en algunas otras ocasiones a medida que la iglesia crecía (Hechos 10:44-46; 19:1-6).

Como historiador, Lucas registra los eventos raros así como los más típicos. No hay ninguna indicación de que estos milagros le acontecieron a todos los nuevos creyentes. Pablo dice que todos los creyentes son bautizados en el Espíritu Santo en un cuerpo; la iglesia (1ª Cor. 12:13). Todo el que tenga fe recibe el Espíritu Santo (Rom. 10:13; Gál. 3:14). Si suceden milagros o no, todos los creyentes han sido bautizados con el Espíritu Santo. No es necesario buscar un milagro en particular como prueba de esto.

La Biblia no recomienda que ningún creyente busque el bautismo del Espíritu Santo. En cambio, cada creyente es animado a estar continuamente lleno con el Espíritu Santo (Efe. 5:18); a ser completamente sensible a la dirección del Espíritu. Este es un deber constante, no un evento de solamente una vez.

En vez de buscar un milagro, debemos buscar a Dios, y dejar a Dios tomar la decisión si van a acontecer milagros. Pablo frecuentemente describe el poder de Dios no en términos de milagros, sino en fuerza interna; esperanza, amor, paciencia, servicio, comprensión, sufrimiento y predicación audaz (Rom. 15:13; 2ª Cor. 12:9; Efe. 3:7, 16-18; Col. 1:11, 28-29; 2ª Tim. 1:7-8).

Como podemos ver de un estudio de Hechos, el Espíritu es el poder detrás del crecimiento de la iglesia. El Espíritu le dio el poder a los discípulos para ser testigos de Jesús (1:8). Le dio a los discípulos gran osadía al predicar a Cristo (4:8, 31; 6:10). Le dio instrucciones a Felipe y después lo transportó (Hechos 8:29, 39).

El Espíritu consoló a la iglesia y puso los líderes en ella (9:31; 20:28). Habló a Pedro y a la iglesia en Antioquía (10:19; 11:12; 13:2). Inspiró a Agabo a predecir una gran hambre y a Pablo a pronunciar una maldición (11:28; 13:9). Guió a Pablo y a Bernabé en sus viajes (13:4; 16:6-7) y ayudó a la asamblea en Jerusalén arribar a una decisión (15:28). Envió a Pablo a Jerusalén y le advirtió de lo que iba a pasar (20: 22-23; 21:11). La iglesia existió y creció solamente a través del Espíritu Santo obrando en los creyentes.

El Espíritu y los creyentes de hoy

Dios el Espíritu Santo está íntimamente involucrado en la vida de los creyentes de hoy en día. Nos guía al arrepentimiento y nos da vida nueva (Juan 16:8; 3:5-6). Vive en nosotros, nos enseña y nos guía (1 Cor. 2:10-13; Juan 14:16-17, 26; Rom. 8:14). Nos guía por medio de la Escritura, oración y otros cristianos. Es el Espíritu de sabiduría,ayudándonos a ver las opciones con confianza, amor y dominio propio (Ef. 1:17; 2 Tim. 1:7).

El Espíritu circuncida nuestros corazones, nos sella y santifica, apartándonos para el propósito de Dios (Rom. 2:29; Ef. 1:14). Produce en nosotros amor y el fruto de la justicia (Rom. 5:5; Ef. 5:9; Gál. 5:22-23). Nos pone en la iglesia y nos ayuda a saber que somos hijos de Dios (1ª Cor. 12:13; Rom. 8:14-16).

Debemos adorar a Dios «en espíritu», con nuestras mentes fijas en lo que el Espíritu quiere (Fil. 3:3; 2ª Cor. 3:6; Rom. 7:6; 8:4-5). Nos esforzamos por complacerlo (Gál. 6:8). Si somos controlados por el Espíritu, Él nos da vida y paz (Rom. 8:6). Nos da acceso al Padre (Ef. 2:18). Nos ayuda en nuestras debilidades, intercediendo por nosotros (Rom. 8:26-27).

El Espíritu Santo también nos da dones espirituales, incluyendo a líderes para la iglesia (Ef. 4:11), funciones básicas dentro de la iglesia (Rom. 12:6-8), y algunas habilidades para propósitos extraordinarios (1ª Cor. 12:4-11). Nadie tiene todos los dones, ni tampoco hay un don que todos tengan (v. 28-30). Todos lo dones, ya sean espirituales o «naturales», deben ser utilizados para el bien común, para ayudar a la iglesia entera (12:7; 14:12). Todo don es importante (12:22-26).

Ahora, solamente tenemos los primeros frutos del Espíritu, sólo una garantía de mucho más en el futuro (Rom.8:23; 2ª Cor. 1:22;5:5; Ef.1:13-14).

El Espíritu Santo está obrando en nuestras vidas. Todo lo que Dios hace, lo hace a través de su Espíritu. Por lo tanto Pablo nos anima: andemos en el Espíritu”…“no entristezcáis al Espíritu Santo de Dios”…“No apaguéis el Espíritu» (Gál. 5:25; Ef. 4:30; 1ª Tes. 5:19). Pongan atención a lo que dice el Espíritu. Cuando Él habla, Dios está hablando.

Escribe tu comentario:

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.